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Trama & TEXTURAS 9 Trama & TEXTURAS

Tres crisis en una: el periodista cultural (y 2)*

por Esteban Hernández
Trama & TEXTURAS nº 9, Octubre 2009

Número de páginas: 4
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* La primera parte de este ensayo apareció en Texturas 8, mayo de 2009.
«Las generaciones jóvenes, formadas más en la imagen que en la palabra y más en Internet que en la tele, tienden a pensar que toda la información está en la red. Están menos familiarizadas con la prensa. Eso puede tener diversas consecuencias. Y la más importante será la desaparición de las publicaciones en soporte papel, incluidos los periodistas culturales que lleve a bordo en el momento del naufragio». La afirmación de Llàtzer Moix, periodista de La Vanguardia, resume uno de los extremos, probablemente el más creído, de los cambios que están generando las nuevas tecnologías.
Y es que, en ese contexto de transformación acelerada, aparecen con insistencia, revistan o no tonos apocalípticos, imágenes de lo viejo y lo nuevo, de las dificultades de adaptación, del peso de la herencia y de las rigideces de la tradición. En ese sentido, el bloguero Martín Gómez (http://elojofisgon.blogspot.com) nos señala que los periodistas, individualmente y como gremio, han reaccionado tarde a los cambios, «probablemente porque la formación que tuvieron estaba orientada hacia el papel, pero también por las inercias del oficio y por las enormes estructuras en las que trabajan, que apenas les dejan margen de maniobra. Por eso no detectan los cambios y, cuando lo hacen, no reaccionan, ya sea por falta de voluntad o porque la estructura del medio no se lo permite». Martín Gómez contrapone ese ámbito rígido con la flexibilidad de lo digital, donde sólo hacen falta dos o tres personas para que todo funcione con la eficacia y rapidez necesaria. Por eso, «los periodistas culturales han perdido su monopolio frente a la capacidad de reacción de los blogs y de los nuevos medios, que también ofrecen información confiable pero con mucha más rapidez».
Desde esta perspectiva, hay dos problemas que deben afrontarse. El primero se refiere a los modos de relación del periodismo cultural con sus lectores, enraizados en un esquema unidireccional, en el que el periodista posee el monopolio de la información y de la opinión y el receptor debe asumir un papel pasivo. Como afirma Nacho Fernández, director/editor de www.literaturas.com, «La crítica ha muerto porque no es capaz ni de marcar ni de detectar tendencias. La forma de dar la información y las fuentes han cambiado: la comunicación es distinta desde la llegada de Internet. Es cierto que el papel de prescriptor que tenía el crítico jugaba a favor de su trabajo. Eran la elite informada, le llegaban las novedades, las «exclusivas », los adelantos editoriales... su poder era el medio donde trabajaba y su trono el mensaje en una sola dirección».
Algo que nunca más será así, nos dice, en tanto la llegada de las nuevas tecnologías posibilita que el lector busque y participe, reciba y aporte. Y esa será la línea que separe el pasado del futuro, los viejos y los nuevos circuitos. Así, el crítico ya no formará más parte de un conglomerado de poder que pontifica a través de los medios de masas y que impone sus gustos a una audiencia que, como carece de acceso a la información, se ve dominada por la oferta. El modelo contemporáneo, el que proponen los partidarios de lo digital, es horizontal: el antiguo crítico, un participante más de las redes, se sitúa en una igualdad de condiciones que hace posible la conversación, ofreciendo así una información no impositiva. Ya sea asumiendo su posición de francotirador en un blog o formando parte de colectivos de tamaño reducido, el periodista digital se encuentra con quienes lo leen para conversar con ellos.
Así lo subrayan Javier Jiménez y Manuel Gil, blogueros (http://paradigmalibro.blogspot.com), editores y autores de El nuevo paradigma del sector del libro (Trama editorial), para quienes «la actual fase de la revolución de Internet ha propiciado la primacía de la 'relación y la interacción' sobre la información plana. El periodista cultural tiene una oportunidad de oro en este medio, que le permite un contacto más directo y personal con sus lectores. Su función dejará de ser directamente prescriptiva, y su tarea diaria, gracias a los nuevos soportes, será la de relacionarse e interactuar con sus distintas comunidades».
En este contexto, los modos de funcionamiento habituales tendrán mucha menor validez: «No debemos olvidar que Internet posibilita dos cosas esenciales. En primer lugar, cada usuario se convierte en un generador nato y neto de contenidos y, en segundo, que ante la avalancha descomunal de contenidos en el futuro, el valor de los mismos puede tender a cero». Así, los periodistas se verán obligados a buscar nuevas formas de influencia que ya no estarán relacionadas con tareas prescriptoras. Los libros no se venderán porque las reseñas sean muy favorables, ni las películas porque unos cuantos críticos hablen bien de ellas. El factor esencial será su capacidad de penetración en las redes, la sustitución del viejo boca a boca por el bocaoreja digital. Estaríamos sufriendo, pues, una transformación que nos llevaría de un modelo en el que el periodista cultural, como parte de los medios de masas, imponía el canon, las formas de justificarlo y los modos comunicativos, a otro en el que el periodista no ejercerá ya como mediador único y donde serán los consumidores quienes elijan a su conveniencia.
Desde esta perspectiva, asegura Nacho Fernández, «la industria cultural no necesita periodistas culturales. Necesita buenos gestores y activistas culturales que avancen propuestas, que reflexionen o que provoquen. La industria cultural necesita innovadores culturales y personas que empoderen las obras y trabajos de los que no pueden estar en los medios de masas y en la mesa de novedades». Por eso, señala Martín Gómez, «las editoriales están bombardeando con sus adelantos a las publicaciones digitales y a los blogueros especializados; saben que si un libro no suena en la Red, será difícil su promoción».
En definitiva, que en las críticas al periodismo tradicional volveríamos a encontrar algunas de las metáforas habituales de estos tiempos, muy ligadas a planteamientos liberales, y que cifran el problema en esas autoridades rígidas e impositivas que se resisten a los cambios y que pretenden que sigamos anclados en las tradiciones en lugar de acoger las ventajas que nos trae el progreso tecnológico; autoridades que en lugar de colocarse a la altura de sus receptores, como demandarían los tiempos, pretenderían continuar en una situación de privilegio. Pero que esta crítica eche mano de imágenes sociológicas muy habituales en la posmodernidad no implica que, más allá de su acierto, no esté señalando transformaciones que han de tenerse en cuenta.
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