El etnomusicólogo Simha Arom, gran experto en música centroafricana y responsable de numerosos desarrollos en los métodos de grabación, transcripción y análisis de las músicas polifónicas tradicionales, estuvo conversando con el compositor y director Fabián Panisello y con el etnomusicólogo Polo Vallejo acerca de las asombrosas complejidades que esconden las músicas no occidentales.
Comencemos hablando del vínculo que existe entre la música africana y la música de György Ligeti, un vínculo que nos puede servir de símbolo o metáfora de la relación que se establece entre músicas de diferentes culturas. ¿Cómo cree que tiene lugar la transferencia de un mundo a otro y, en particular, de la música africana a la música de un compositor como Ligeti, y qué es lo que permite esta transferencia?
Los compositores contemporáneos siempre han estado a la búsqueda de nuevas ideas que les permitieran ampliar el lenguaje que manejan, una ampliación que cada vez resulta más difícil ya que es mucho lo que se ha dicho y hecho desde que, en la Edad Media, se desarrollara la escritura musical: ha desaparecido la tonalidad, ha nacido la música concreta... en fin, se han producido una infinidad de novedades que hacen que cada vez queden menos territorios musicales por explorar. En cierto momento, se cobró conciencia de que las músicas tradicionales no sólo empleaban instrumentos diferentes a los europeos, sino que funcionaban sobre principios muy distintos de los que rigen las músicas occidentales. Por supuesto, y teniendo en cuenta los avances informáticos que permiten desarrollar cualquier tipo de sonoridad, la cuestión de los instrumentos me parece secundaria. Lo relevante es que en Occidente no se ha sabido ir tan allá como ciertas culturas en aspectos como la concepción del tiempo. No creo que fueran los instrumentos africanos lo que despertó el interés de Ligeti, sino esa exploración de nuevos terrenos rítmicos. Ligeti se interesó también por la música balinesa y otras músicas asiáticas, así como por algunas músicas populares europeas, como la húngara. Las músicas africanas las descubrió gracias a uno de sus alumnos, Roberto Sierra, y una buena parte del material africano al que tuvo acceso procedía precisamente de las grabaciones que yo mismo había realizado sobre el terreno. En definitiva, yo diría que lo que le atrajo en primer lugar fue la "extrañeza" de esa música -su lado, digamos, "exótico"- y muy especialmente de su proceso de composición.
¿Y en qué consiste ese "exotismo" que cautivó a Ligeti?
Cuando uno se aproxima a este tipo de músicas y las analiza, se da cuenta de que, a pesar de la impresión de gran complejidad que producen, lo cierto es que están elaboradas con elementos que, tomados de uno en uno, no son en absoluto complejos. Este tipo de paradoja fascinó enormemente a Ligeti. Otro aspecto que llamó especialmente su atención fue la organización del tiempo en estas músicas. Ligeti llevaba años queriendo elaborar una música que produjera la sensación de contener diversos tempos desarrollándose simultáneamente, pero no terminaba de estar contento con los resultados. Cuando nos conocimos le mostré algunos de los artículos que yo había escrito sobre la organización del tiempo en la mayor parte de las músicas de África negra, en las que todo se basa en una única pulsación que se subdivide de manera binaria o ternaria de modo que, a partir de la agrupación, combinación y superposición de las duraciones más breves procedentes de tal subdivisión, pueden crearse campos rítmicos sorprendentes. A partir de este procedimiento es posible, por ejemplo, contraponer 11 valores mínimos (procedentes de la subdivisión del pulso) contra 13 o contra 12, organizados de manera regular o irregular y generando una especie de polirritmia interna.
Esto es lo que Ligeti llamaba -a semejanza de la micropolifonía- la micropolirritmia. La duda radicaba en saber qué era lo que percibía el oyente, que siempre es muy distinto del proceso teórico de elaboración musical. Personalmente, nunca he tenido la sensación de que en ese tipo de música haya tempos diferentes simultáneos, aunque sí percibo superposiciones de estructuras asimétricas variadas que se encuentran en una relación polirrítmica porque son antagonistas unas de otras. En cualquier caso, lo cierto es que existe un debate abierto en el que no quisiera tomar partido; simplemente, me limito a decir lo que yo siento al escuchar esta música, y lo que corroboro a partir de su transcripción y análisis. Lo que ocurre es que, al escuchar por vez primera las músicas africanas, se tiene esa impresión de "caos" que a menudo se siente como punto de partida y que, lógicamente, lleva a preguntarse qué es lo que está ocurriendo en su estructura interna. Sin duda, Ligeti quedó hondamente impresionado al descubrir que tras ese caos aparente subyace un orden superior. En el prefacio que el compositor escribió para mi libro Polifonías y Polirritmias instrumentales del África Central: estructura y metodología (Paris, Selaf, 1985), decía:
"Mi interés por las músicas que Arom ha grabado surge de la proximidad que me parece percibir entre éstas y mi propia manera de entender la composición: a saber, la creación de estructuras que son al mismo tiempo increíblemente simples y altamente complejas. La simplicidad formal de la música subsahariana, con su repetición inmutable de períodos de igual duración, contrasta fuertemente con la estructura interna de esos períodos que, debido a una superposición simultánea de diferentes patrones rítmicos, posee un extraordinario grado de complejidad".