En un círculo vicioso, la amenaza de terrorismo se convierte en inspiración de más terrorismo, derramando por el camino todavía más terror y una cantidad cada vez mayor de gente aterrorizada, los dos productos que busca el terrorista, cuyo nombre deriva precisamente de esta intención. Se podría decir que las personas aterrorizadas son los aliados más fieles del terrorista, aunque lo sean involuntariamente. El "deseo comprensible de seguridad", siempre a disposición de cualquier aprovechado hábil y astuto que quiera manipularlo, avivado ahora por los actos dispersos y aparentemente imprevisibles del terror, acaba siendo el principal recurso del terror para cobrar fuerza.
Incluso en el poco probable caso de que se cierren las fronteras para los viajeros no deseables, la posibilidad de otro atentado terrorista no se reducirá a cero. Las injusticias generadas a escala global fluyen en el espacio global tan fácilmente como las finanzas o la última moda; también fluye el deseo de vengarse de los criminales de verdad o, en el caso de que sean inaccesibles, de los cabezas de turco más apropiados. Cuando los problemas globales toman tierra, se asientan localmente y pronto echan raíces, y si no han alcanzado una solución global, buscan blancos locales para descargar la frustración resultante. Hussain Osman, uno de los sospechosos principales del ataque en el metro de Londres, escapó de la detención y llegó a Italia, aunque, según Carlo De Stefano, un oficial jefe de la policía antiterrorista italiana, no se encontrase ningún vínculo entre él y los grupos terroristas locales. "Parece que estamos frente a un grupo improvisado que actuó de manera aislada", concluyó Stefano
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Las injurias infligidas por el poder desbocado de los dirigentes en un planeta globalizado para mal, son incontables y ubicuas, además de dispersas y difusas. Por todas partes, el terreno para las semillas del terrorismo está abonado y las "inteligencias" de los ataques terroristas pueden esperar razonablemente encontrar alguna parcela fértil en cualquier lugar en el que se detengan. Ni siquiera les hace falta diseñar, construir o mantener una estricta estructura de mando. No hay ejércitos terroristas, tan sólo enjambres sincronizados más que coordinados, con poca o nula supervisión, y únicamente comandantes ad hoc . A menudo, para que nazca ab nihilo un "grupo de operaciones", basta con poner un ejemplo adecuadamente espectacular que será forzosa y prontamente torpedeado en millones de hogares gracias a las redes de televisión, constantemente hambrientas de espectáculo, y a través de las autopistas de la información por las que hacen circular sus mensajes.
Nunca como ahora la vieja noción antropológica de "difusión del estímulo" (los prototipos e inspiraciones que viajan a través de distintos territorios y culturas sin, o con independencia de, sus practicantes o mediadores originarios o sin su "hábitat natural") había captado tan bien el carácter de la comunicación entre culturas y el potencial epidémico y contagioso de las innovaciones culturales. En un planeta entrelazado por autopistas de la información , los mensajes encontrarán y seleccionarán sin ni siquiera buscarlos a sus destinatarios agradecidos; o, más bien, serán sus potenciales destinatarios quienes los encuentren y seleccionen, asumiendo las tareas de búsqueda.
El encuentro entre mensaje y destinatario es enormemente fácil en un planeta convertido en un mosaico de diásporas étnicas y religiosas. En un mundo así ya no cabe defender la antigua separación entre "dentro" y "fuera" o, por añadidura, entre "centro" y "periferia". La "externalidad" del terrorismo que amenaza la vida es tan teórica como lo es la "internalidad" de los capitales que la sustentan. Palabras extranjeras se hacen carne en el país de acogida, supuestos outsiders resultan ser en la mayoría de los casos nativos inspirados o convertidos por ideas sin fronteras. No hay línea del frente, tan sólo campos de batalla dispersos y cambiantes; no hay tropas regulares, tan sólo civiles convertidos en soldados por un día y soldados de permiso civil indefinido. Los "ejércitos" terroristas son todos ellos "caseros" y no necesitan cuarteles, ni desfiles, ni plazas de armas.
A la maquinaria del estado-nación, inventada y diseñada para proteger la soberanía territorial y para separar sin ambigüedades los de dentro de los de fuera, la "interconexión" del planeta la ha cogido por sorpresa. Un día tras otro, una atrocidad terrorista tras otra, las instituciones estatales de la ley y el orden se dan cuenta de su ineptitud a la hora de enfrentarse a los nuevos problemas, que echan por tierra con desfachatez las categorías y distinciones ortodoxas, consagradas y fiables.
Nada de esto permite presagiar una pronta disolución de la ambivalencia, esa fuente profusa de ansiedad, inseguridad y miedo que padecen por igual quienes vienen arrojados a ella y quienes viven su vida en su molesta presencia. Una solución rápida no es concebible, no digamos ya disponible. Con la creciente diasporización de la población mundial y con la jerarquía ortodoxa de culturas casi completamente desmontada, es probable que cualquier sugerencia de sustitución sea combatida acaloradamente. Una vez que se ha eliminado del vocabulario "políticamente correcto" las nociones mismas de superioridad e inferioridad cultural, ya no es aceptable ni probable que se adopte esa manera tradicional y antaño universalmente válida de fijar y solidificar los resultados de las sucesivas resoluciones de la ambivalencia en forma de "asimilación cultural" (hoy cortésmente rebautizada como "integración", aunque permanezca fiel a la estrategia del pasado).
Traducción Sonia Arribas