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Terrorismo y religión

por Zygmunt Bauman
Minerva nº 6, Invierno 2007

Número de páginas: 4
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De esta concatenación peculiar de circunstancias se sigue otro efecto, aparentemente opuesto: es posible que la facción selectivamente "occidentalizada" de la élite de los países islámicos ricos logre dejar atrás su complejo de inferioridad. Gracias a su "poder para fastidiar", a su potencial control sobre la riqueza que Occidente necesita pero no posee, puede sentirse lo suficientemente fuerte como para dar un paso más: reivindicar un estatus superior al de aquellos que tan obviamente dependen para su supervivencia de los recursos que ellos, y sólo ellos, controlan. Nada nos dice tanto sobre nuestro poder como el hecho de ser sobornados por los poderosos...
El cálculo no podría ser más sencillo: si nosotros logramos un control sin fisuras del carburante que alimenta sus motores, su camión de carga pesada se parará en seco. Ellos tendrán que comer de nuestras manos y seguirnos el juego con nuestras propias reglas. Sin embargo, la estrategia a seguir no es simple ni evidente por sí misma. Aunque nosotros tenemos medios para comprar más y más armas, todo el dinero con el que nos sobornan y con el que financiamos esas compras no será suficiente para igualar su poder militar. La alternativa, aunque no sea la primera opción, es desplegar otra arma que nosotros poseemos en mayor cuantía que ellos: nuestra capacidad de fastidiar, el poder de lograr que la lucha de poder sea demasiado costosa para continuar o directamente imposible de proseguirse. Teniendo en cuenta la obvia vulnerabilidad de sus países, de sus sociedades, es posible que la capacidad destructora de nuestro poder de fastidiar pueda superar el potencial ciertamente pavoroso de sus armas. Después de todo, hacen falta menos recursos, hombres y esfuerzos para paralizar Nueva York o Londres que para sacar a un comandante terrorista de su cueva en las montañas o para hacer salir a sus secuaces de los sótanos y los áticos de las chabolas urbanas.
Cuando se han probado todos los reme dios que existen para la disonancia cognitiva y todos ellos han quedado lejos del resultado esperado, uno se encuentra en la condición agónicamente patética de las ratas de laboratorio que han aprendido que los bocados apilados al otro lado en del laberinto pueden llegar disfrutarse, pero sólo pasando por los horrores de los shocks eléctricos. ¿Traerá algún día la escapada del laberinto (una opción no permitida a las ratas de laboratorio) todas las satisfacciones que jamás nos dará ni el aprendizaje diligente ni la cartografía de los giros y vueltas de sus corredores? Pero ni el hecho de buscar o no una salida de la opresión, ni el hecho de confiar o no en hallar un camino de huida a este lado de los muros del laberinto alteran en lo más mínimo su drama. Los premios a la obediencia llegan con atormentadora lentitud, mientras que el castigo aparece a diario por no haberlo intentado lo suficiente, o por haberlo intentado demasiado (¿y cómo podría haber un intento que no fuera demasiado y al que no se condenara inmediatamente por ser insuficiente?).
Convertirse en terrorista es una elección; también lo es dejar que te cieguen los celos, el resentimiento o el odio. Ser castigado por enfrentarse -legítima o putativamente- a tales elecciones no es, en cambio, cuestión de elección, puesto que tal enfrentamiento es el veredicto del destino. El hecho de que unos cuantos "como tú" eligieran el camino equivocado basta para despojarte del derecho a elegir correctamente; y si tú mismo elegiste erróneamente, ello te impedirá convencer a aquellos a quienes corresponde juzgar -o que usurpan el derecho a emitir veredictos- de que fue tu elección, tu elección sincera.
Algunos asesinos suicidas sueltos son suficientes para convertir a miles de inocentes en "sospechosos habituales". En poquísimo tiempo, un puñado de elecciones individuales inicuas pueden reprocesarse como atributos de una "categoría"; una categoría fácilmente reconocible, por lo demás, como, por ejemplo, la piel sospechosamente oscura o una mochila sospechosamente voluminosa -las cámaras de seguridad están destinadas a observar estos objetos y se pide a los transeúntes que estén pendientes de su presencia, tarea a la que se prestan con gusto-. Desde las atrocidades del metro de Londres, el volumen de incidentes clasificados como "ataques racistas" ha crecido sobremanera por todo el país. En muchos casos ni siquiera medió la presencia de una mochila. Una docena de conspiradores islámicos preparados para matar bastó para crear una atmósfera de fortaleza asediada y de "inseguridad generalizada". La gente que se siente insegura tiende a buscar febrilmente un blanco sobre el que descargar la ansiedad acumulada para recuperar así la confianza perdida aplacando el sentimiento desagradable, espeluznante y humillante de la impotencia. Los terroristas y sus víctimas comparten lugar de residencia: las fortalezas asediadas en las que se están convirtiendo las ciudades multiétnicas y multiculturales. Cada parte contribuye al miedo, la pasión, el fervor y la obcecación de la otra, cada parte confirma los peores miedos de la otra, así como sus prejuicios y odios, y entre todas, encerradas en una especie de versión moderna y líquida de danza macabra, no dejarán que descanse el fantasma del asedio.
En su estudio sobre la tecnología de vigilancia masivamente instalada en las calles tras el 11-S, David Lyon [ 6 ] destaca sus "consecuencias no intencionadas": "una ampliación de la red de vigilancia y un riesgo creciente de control de la gente en su vida diaria". Pero entre estas "consecuencias no intencionadas", la palma se la lleva el efecto "el medio es el mensaje" que tiene esta tecnología de vigilancia. Puesto que esta tecnología está destinada a vigilar y grabar objetos externos, visibles y registrables, por fuerza ha de ser ciega a los motivos y elecciones individuales que subyacen a las imágenes grabadas, de forma que, con el tiempo, refuerza la idea de "categorías sospechosas", que sustituye a la de malhechores individuales. Tal como lo describe Lyon,
la cultura del control colonizará más áreas de la vida, con o sin nuestro permiso, debido al deseo comprensible de seguridad combinado con los efectos de la adopción de un cierto tipo de sistemas de vigilancia. Los habitantes de los espacios urbanos, ciudadanos, trabajadores y consumidores -esto es, gente sin ningún tipo de ambición terrorista- verán cómo sus opciones de vida quedan cada vez más limitadas por las categorías a las que pertenecen. Para algunos estas categorías son particularmente perjudiciales, ya que les restringen determinadas opciones de consumo por evaluación de crédito o, lo que es peor, los relegan a un estatus de segunda por su color o su etnia. Es una historia vieja con ropa nueva de alta tecnología.
El detective anónimo que se disculpó ante Girma Belay, el desventurado ingeniero naval etíope refugiado en Londres, después de que la policía entrase brutalmente en su piso, le arrancase la ropa, lo golpease, lo mantuviese contra la pared y lo arrestase seis días sin cargo con las palabras: "Lo siento, tío; estabas en el sitio equivocado en el momento equivocado" [ 7 ] podría (y debería) haber añadido: "y bajo la categoría equivocada". Y así es cómo Belay resume las consecuencias de esa experiencia categorial, padecida individualmente: "Tengo miedo; no quiero salir de casa". Y culpabiliza de su drama a esos "terroristas hijos de puta" que "actuaron de tal forma que para gente como yo la dulzura y la libertad quedaron destruidas" (cursiva mía).
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NOTAS
  • [ 6 ]

    Véase David Lyon, "Technology vs. ‘Terrorism'; Circuits of City Surveillance Since September 11, 2001", en Stephen Graham, ed. Cities, War and Terrorism: Towards an Urban Geopolitics , Oxford, Blackwell, 2004, pp. 297-311.

  • [ 7 ]

    Citado por Sandra Lavikke, "Victim of Terror crackdown blames bombers for robbing him of freedom", The Guardian , 4 de agosto de 2005, p. 7.


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