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Terrorismo y religión

por Zygmunt Bauman
Minerva nº 6, Invierno 2007

Número de páginas: 4
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Tal vez miremos en direcciones radicalmente diferentes para no mirarnos directamente a los ojos, pero estamos en el mismo barco y no disponemos ni de una brújula fiable ni de un timonel. Aunque nuestro remar es cualquier cosa menos coordinado, nos parecemos de una forma llamativa en un aspecto: ninguno de nosotros, o casi ninguno, cree (ni mucho menos declara) que persigue sus propios intereses, que defiende intereses adquiridos, o que reivindica su parte de unos privilegios que hasta el momento le han sido negados. Es como si hoy todas las partes luchasen por valores eternos, universales y absolutos. Irónicamente, a nosotros, los habitantes de la sección moderna y líquida del globo, nos dan un codazo y nos instruyen para que ignoremos tales valores en nuestras actividades diarias y nos dejemos guiar en su lugar por proyectos a corto plazo y deseos efímeros, pero incluso entonces -o tal vez precisamente entonces- tendemos a sentir de una manera todavía más acuciante su ausencia cada vez que intentamos (si es que lo hacemos) distinguir una melodía en la cacofonía, una figura en la niebla o un camino entre las arenas movedizas.
Los musulmanes no son los únicos propensos a dejarse seducir por los cantos de sirena. Y si se entregan a la seducción, no lo hacen porque sean musulmanes; ser musulmán sólo explica por qué prefieren el canto de los mulás o los ayatolás al de las sirenas de otras denominaciones. Quienes, sin ser musulmanes, escuchen con tanto entusiasmo, hallarán igualmente a sus pies un rico y variado surtido de cantos de sirena, en el que sin duda encontrarán una voz reconocible y familiar. Los cantos de sirena de cualquier religión pueden encontrar sostén en sus sagradas escrituras. Ni es la excepción el Corán ni lo son los libros del Antiguo Testamento, inspiración tanto del judaísmo como del cristianismo. Las tropas de Josué, así está escrito, a veces mataban a doce hombres, otras veces a diez mil, como en Canaán. El mismo Josué sacó en esta ocasión su daga y no bajó su brazo hasta que hubo acabado con todos (J 8, 25-7) y se aseguró de que "todo ser viviente fuera pasado por la espada" y la matanza se llevó a su fin (J 10, 28-32).
A comienzos del siglo XXI, sin embargo, muchos jóvenes musulmanes consideran que ser musulmán significa ser víctima de múltiples privaciones, tener bloqueadas las rutas públicas de salida y escape de la opresión, y estar excluido de las vías de emancipación personal y la consecución de la felicidad, unas sendas que son asombrosa e irritantemente fáciles de recorrer para los no musulmanes. Los jóvenes musulmanes tienen muchas razones para sentirse así: pertenecen a una población clasificada oficialmente como rezagada con respecto al resto "avanzado", "desarrollado" y "progresista" de la humanidad. Lo que los mantiene atrapados en esa situación nada envidiable es la colusión existente entre sus crueles y tiránicos gobiernos y los gobiernos de la parte "avanzada" del planeta, que los aleja sin piedad de la anhelada tierra prometida de la felicidad y la dignidad. La elección entre dos variedades de destino cruel o, más bien, entre las dos caras de la crueldad del destino, los sitúa entre la espada y la pared. Los jóvenes musulmanes intentan pasar a escondidas o abrirse camino a la fuerza por entre las "espadas de fuego y los querubines" que custodian la entrada del paraíso moderno, para luego darse cuenta (si logran engañar a los vigilantes) de que allí no son bienvenidos, de que no se les permite alcanzar aquellos fines cuya consecución, según les censuran permanentemente, no persiguen con suficiente entusiasmo.
Están, en efecto, atados de ambas manos: rechazados por la comunidad de origen como desertores y traidores, y con la entrada prohibida en la comunidad de sus sueños debido a una presunta incompletud y falta de sinceridad, o lo que es peor, por la perfección y la patente ausencia de culpa de su traición/conversión. La disonancia cognitiva, una experiencia angustiosa y dolorosa de un drama que no permite una solución racional, en su caso se da por partida doble. Su realidad niega los valores hacia los que se les inculcó respeto y estima, al tiempo que rechaza la oportunidad de adherirse a esos otros valores que ahora se les exhorta insistentemente a abrazar, aun cuando los mensajes que les llegan son, como es tristemente sabido, muy confusos: ¡integraos!, ¡integraos! Pero caerá sobre vosotros la desgracia si lo intentáis y seréis condenados si tenéis éxito, vergüenza y venganza en vuestras casas (recordemos que entre las víctimas de los terroristas islámicos de los últimos años el número de "hermanos -y hermanas e hijos- musulmanes" ha superado con creces el de todos los demás). Si ni Satán ni sus secuaces son quisquillosos, ¿por qué habrían de serlo sus detractores y presuntos conquistadores?
Lo que vuelve esta situación aún más oscura, ambivalente e irracional es que el mundo musulmán, por un azar geográfico, parece estar situado del otro lado de una barricada, de tal manera que la economía de los países ricos y "avanzados" se basa en un consumo de petróleo extraordinario (debido no sólo a la gasolina de los coches, sino también a los derivados del petróleo necesarios en la industria) y prospera gracias a que su precio se mantiene artificialmente bajos, mientas que los suministros más abundantes de crudo, los únicos que seguirán siendo económicamente viables a mediados de siglo, están bajo el control de gobiernos árabes. Los árabes controlan las arterias de Occidente, los grifos por los que fluye la energía vital y opulenta del poderoso Occidente. Podrían -sólo "podrían"- cortar su suministro, con consecuencias prácticamente inimaginables, pero ciertamente dramáticas (catastróficas desde el punto de vista de los poderes occidentales) sobre el equilibrio de poder global.
Esta concatenación de circunstancias tiene dos efectos, que se añaden a la ambigüedad aparentemente incurable del drama musulmán. El hondo y predecible interés que tiene la "parte moderna" del planeta en asegurarse el control exclusivo de los suministros de crudo la enfrenta directamente a una gran parte del mundo islámico. Desde el encuentro (probablemente apócrifo) de Franklin D. Roosevelt y el rey Saud a bordo de un crucero norteamericano, en el que el presidente estadounidense garantizó que la dinastía saudí mantendría su poder sobre una península casi vacía aunque fabulosamente rica en petróleo y el recién nombrado rey prometió por su parte un suministro ininterrumpido de petróleo a las empresas norteamericanas, y desde que la CIA organizó hace medio siglo un golpe de estado para derrocar al gobierno del Mossadeg, elegido democráticamente en Irán, los países occidentales, y en primer lugar EE UU, no han dejado de interferir en los regímenes islámicos de Oriente Medio usando como armas cuantiosos sobornos, sanciones económicas o intervenciones militares directas. Con la única condición de que dejen abiertos los grifos del petróleo, los países occidentales también contribuyen al mantenimiento de regímenes reaccionarios (e incluso extremistas fundamentalistas, como en el caso del reino saudí, dominado por los Wahabí) cuyas fechas de caducidad expiraron hace tiempo y que con toda probabilidad no sobrevivirían si no fuera por la protección occidental, principalmente americana. A través de su enviado especial de la época, Donald Rumsfeld (Secretario de Defensa hasta hace bien poco), EEUU prometió apoyar la dictadura del Sadam Husein en Irak con miles de millones de dólares en créditos para la agricultura y en tecnología militar puntera, incluida la inteligencia por satélite que podría usarse para dirigir armas químicas contra Irán. Y mantuvieron su promesa.
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