Zygmunt Bauman (Poznam, Polonia, 1925), uno de los principales teóricos sociales de la actualidad, llama la atención en este texto inédito sobre el desembarco de la religión en la arena política, un fenómeno que en absoluto se restringe al mundo islámico. Asimismo, analiza la reacción de las sociedades occidentales frente al problema del terrorismo, y su peligrosa imbricación con los mecanismos tradicionales de exclusión.
Mark Juergensmeyer
[ 1 ] ha analizado la compleja mezcla de religión, nacionalismo y violencia en las hostilidades que se están cociendo a fuego lento, estallando en ocasiones, entre las distintas tribus del Punjab. Cuando se concentró en el terrorismo sikh, responsable de la muerte de miles de víctimas y, entre otros crímenes, del asesinato de la primera ministra Indira Ghandi, encontró justamente lo que él y cualquier otro investigador esperaría encontrar antes de embarcarse en un trabajo de campo así: "Los jóvenes sikhs del mundo rural tenían razones de sobra para ser infelices", razones económicas, políticas y sociales. Sus productos de cultivo se vendían a precios inferiores a los del mercado, su capacidad de hacerse valer había sido reducida prácticamente a cero por las políticas opresivas del congreso, y se sentían humillados frente a las clases urbanas mejor situadas. Juergensmeyer también esperaba encontrar muestras de la "politización de la religión", pero cuando estudió las enseñanzas del líder espiritual de los jóvenes militantes sikhs -Sant Jarnail Singh Bhindranwale, venerado como un santo mártir por sus innumerables seguidores-, tan sólo halló referencias residuales y superficiales a la economía, la política y la clase. El predicador,
al igual que la legión de oradores protestantes evangelistas que circulan penosamente por el mundo rural del Medio Oeste americano [...] hablaba de las luchas entre el bien y el mal, la verdad y la falsedad, que anidan en las almas atormentadas, y clamaba renuncia, dedicación y redención. Parecía que se dirigía en particular a los hombres jóvenes que habían transigido fácilmente ante los engaños de la vida moderna.
Los sermones de Bhindranwale, por lo demás, aparecían plagados -en mayor medida aún que los de los predicadores del "cinturón bíblico" americano- de referencias a líderes políticos contemporáneos. Bhindranwale quería que su guerra espiritual tuviera una clara dimensión "externa": sugería que las fuerzas satánicas habían descendido a la tierra y vivían en la residencia oficial del jefe de estado de la India... Intrigado, Juergensmeyer se decidió a investigar numerosos otros lugares, como Cachemira, Sri Lanka, Irán, Egipto, Palestina o los asentamientos israelíes -en donde las fronteras se trazan atendiendo a la religión y se derramaba sangre en nombre de los valores sagrados de una vida virtuosa, piadosa y santa- y encontró por todas partes un patrón llamativamente similar; no tanto la politización de la religión, cuanto la " religionización" de la política . Las reivindicaciones no religiosas, como las relacionadas con la identidad social y la participación en la vida colectiva, que antes se expresaban con vocabularios marxistas o nacionalistas, tienden a traducirse en el lenguaje del renacimiento religioso: "la expresión ideológica secular de la rebelión ha sido reemplazada por formulaciones ideológicas de índole religiosa. Pero las quejas -el sentimiento de alienación, la marginalización, la frustración social- son frecuentemente las mismas".
Charles Kimball
[ 2 ] también percibe un fenómeno semejante de "religionización" de la política en el vocabulario del gobierno norteamericano actual. Desarrollando creativamente el lenguaje que Ronald Reagan introdujo en la vida política norteamericana, al presidente Bush le gusta hablar del "dualismo cósmico" entre las naciones buenas dirigidas por Estados Unidos y las fuerzas del mal. Considera las aventuras militares norteamericanas como parte de una "cruzada", una "misión" emprendida bajo mandato divino. Henry A. Giroux
[ 3 ] cita a John Ashcroft, ex fiscal general de EE UU -"Única entre las naciones, América reconoció que la fuente de nuestro carácter era divina y eterna, no cívica y temporal [...]. No tenemos otro rey que Jesús" -y prosigue alertando de la entrada masiva de "
apparatchiks morales" en la escena política estadounidense: políticos que "creen que Satán influye en todo, desde los medios de comunicación liberales hasta al modo en que Barbra Streisand aprendió a cantar".
Tal y como ha escrito el periodista Bill Moyers, para esta "política del éxtasis" que lee la Biblia como si fuera literalmente verdadera, el disenso es una señal del Anticristo y los "pecadores serán condenados al fuego eterno del infierno". Cuando la religión de derechas se asocia con la ideología política conservadora y el poder corporativo, no sólo legitima la intolerancia y formas antidemocráticas de corrección política, sino que también sienta las bases de un autoritarismo creciente que tiende a burlarse de los llamamientos a la razón, el diálogo y el humanismo secular.
En el exasperantemente multívoco y confuso tejido de mensajes -muchas veces mutuamente incompatibles- cuyo propósito principal parece ser el de cuestionar y minar la fiabilidad de los demás, las formas de fe monoteístas acompañadas de visiones del mundo maniqueas se yerguen como las últimas plazas fuertes de lo "mono" -
una verdad,
una vía,
una fórmula de vida-, de un tipo de
certidumbre y
confianza en uno mismo inflexible y beligerante. Son los últimos refugios de los que buscan claridad y pureza y huyen de la duda y la indecisión. Prometen los tesoros que el resto del mundo descarada y obstinadamente niega -sentirse bien con uno mismo, la comodidad de no temer el error y estar siempre en lo cierto- como hace Jamiat Ahli Hadith, un predicador "estrictamente ortodoxo" afincado en Birmingham que "practica una forma de Islam que demanda la separación estricta del resto de la sociedad. Su sitio web describe las costumbres de los ‘incrédulos' en tanto que ‘basadas en ideas enfermas y pervertidas en lo que se refiere a sus sociedades, el universo y su existencia misma'".
[ 4 ] O como los enclaves judíos ortodoxos en Israel que, según los describe Uri Avnery,
[ 5 ] tienen "su propia lógica" y "nada que ver con el resto del mundo".
Viven en una sociedad teocrática completamente cerrada y que no recibe ninguna influencia de lo que ocurre fuera. Creen en su propio mundo [...]. Se visten y comportan de un modo diferente. Son, sin más, un tipo distinto de gente. Hay poca comunicación entre ellos y nosotros. Hablan otro idioma. Tienen una forma de ver el mundo completamente distinta. Están sujetos a leyes y reglas completamente diferentes [...]. Son gente que vive separada, en sus propias comunidades, ciudades y vecindarios religiosos en Israel. No mantienen ningún contacto con la sociedad israelí común y corriente.
En efecto, los ayatolás islámicos no son los únicos que imponen una visión maniquea del mundo ni los únicos que hacen un llamamiento a las armas en una guerra santa contra las fuerzas satánicas que amenazan con arrasar el universo, reduciendo la caja de Pandora de los conflictos económicos, políticos y sociales a una visión apocalíptica de la última batalla a vida o muerte entre el bien y el mal. En nuestro planeta rápidamente globalizado crece la "religionalización" de la política, de las reivindicaciones sociales y de las batallas identitarias y por el reconocimiento.