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El hombre tranquilo. Entrevista con John Berger

por Carolina del Olmo
Minerva nº 5, Otoño 2007

Número de páginas: 3
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A veces, la gente habla de mí como si fuera lo que llaman un novelista. Casi siempre lo niego, porque me considero, más bien, un narrador de historias. Para mí hay una gran diferencia entre una cosa y la otra. Para explicarme debo antes hablar del Reino Unido y, en particular, de Inglaterra. En cierto sentido, la novela, al menos al comienzo, fue una invención inglesa de finales del siglo XVIII y principios del XIX cuyo tema principal eran las historias de familias y clases propietarias, aunque hay excepciones, por supuesto. Suelen ser historias maravillosas, fascinantes. Henry James hizo lo mismo en Estados Unidos. Cuando comencé a escribir, me parecía que ese tipo de perspectiva histórica, con su conexión con la propiedad y la familia, estaba totalmente desfasada. En cierto sentido, este tipo de novelas inglesas, cuando uno piensa en términos de clase o de entorno social, aparecen como confesiones de dicho entorno, confesiones entre iguales. Sin embargo, las historias, las narraciones que, por supuesto, son mucho más antiguas, tratan siempre sobre extraños. O, más bien, diría que tratan sobre misterios. Por ejemplo, los marineros cuentan historias sobre los barcos y el mar, y son narraciones que, al mismo tiempo, hablan sobre el misterio del mar. Del mismo modo, los campesinos cuentan historias sobre la tierra. Son historias misteriosas que se cuentan cuando ya no se puede trabajar porque es de noche, o porque es invierno y hay demasiada nieve. Y muchas hacen referencia al misterio de la procreación. Creo que las historias difieren de las novelas en que el misterio se funda en aquello que uno conoce muy bien.
Por otro lado, creo que la forma que elijo para mis libros surge del tema. En King quería hablar de las personas que se ven obligadas a vivir en la calle, sin nada, así que pasé mucho tiempo con gente que se encontraba en esa situación. Empecé a escribir sobre el tema pero el resultado no me convencía en absoluto. De repente, tras meses intentando escribir con otra voz, se me ocurrió que la historia tenía que contarla un perro, un animal del que es muy habitual que se acompañen. Así que la extraña forma de esta novela, dictada por el hecho de que se trata de la voz de un perro -o de la voz de un hombre que se cree un perro-, deriva del tema. El libro que estoy escribiendo ahora tiene el formato de un conjunto de cartas, porque se trata de un hombre encarcelado, de un preso político.
Hablando de ese libro; si no me equivoco, la historia no se desarrolla en ningún lugar concreto. ¿Por qué esa indefinición respecto del país o del conflicto político?
En primer lugar, porque se trata de presos políticos, acusados ahora en todo el mundo, justa o injustamente, de ser terroristas. Es un fenómeno global, no local. En segundo lugar, la historia está muy inspirada por la profunda amistad que mantengo con palestinos que residen en Palestina. Sin ellos no habría podido escribir este libro, que les debe mucho. Pero lo curioso es que los palestinos a los que conozco, e incluyo en este grupo al poeta Mahmoud Darwich, hablan de Palestina como metáfora. No se debe perder de vista el enorme contraste entre Israel y Palestina, entre la enorme riqueza y la sofisticación de medios de Israel, y la gente, en su mayoría desposeída, que habita en Palestina. El muro, al igual que ocurre en el resto del mundo, se ha construido para separar a los ricos de los pobres. Así que, de hecho, Palestina es una metáfora de lo que está sucediendo en todo el mundo. Pero si me situara en Palestina y lo expresara explícitamente, el libro no funcionaría, de modo que creí mejor no localizarlo en ninguna parte y dejar que la gente piense que se trata de Palestina, de Turquía o de algún país de Latinoamérica. Y si he de ser franco, creo que para poder situar la historia en Turquía o en Palestina, yo debería ser turco o palestino. Supongo que se trata de una especie de inhibición o algo semejante, no estoy seguro. Creo que me parecería una impostura por mi parte.
Resulta llamativa la fluidez con la que pasa de un medio artístico a otro: Marisa Camino aparece como personaje en algunas de sus historias, sus ensayos más periodísticos incluyen poemas, sus novelas dibujos... ¿Es una estrategia deliberada? ¿Qué tienen en común estas distintas intervenciones artísticas?
Pues no lo sé con certeza. No es algo que haga de manera consciente ni que planee de antemano. Creo que tiene que ver con cómo funcionan el corazón y las emociones. Existe una extraña continuidad en el corazón. Por ejemplo, una tristeza leve, debida a una pequeña pérdida, está íntimamente conectada con todas las demás pérdidas que se han sufrido. Y lo mismo ocurre con el placer. Hasta el placer más pequeño está, de alguna forma, ligado a todos los demás placeres, incluso a los grandes. Cada vez que uno dice no, ese no está conectado con los demás noes, y con los síes sucede igual. Quizá esas continuidades por las que me pregunta tengan que ver con estas otras vinculaciones del corazón.
Hablando de vinculaciones, en alguna ocasión ha dicho que su poeta favorito es Nazim Hikmet.
No tengo un solo poeta favorito, sino, quizá, ocho. Pero sin duda alguna Hikmet se encuentra entre ellos. Creo que es porque en su poesía -y es algo que considero muy difícil de lograr-, se gana el derecho a decir «nosotros» y no «yo». Otro escritor, no poeta, que también logra lo mismo es Victor Serge. No sé si es muy conocido en España. Escribió un libro magnífico sobre la Guerra Civil y la Barcelona del 36 y tiene otro aún mejor, El caso Tuláyev, sobre la Unión Soviética y el estalinismo. Él era trotskista y murió asesinado por la KGB.
Es usted uno de los pocos autores que se ha preocupado del campesinado desde un punto de vista no nostálgico sino explícitamente político. ¿Cree que la izquierda ha descuidado el mundo rural?
Es una cuestión complicada. Cuando, hace treinta años, empecé a escribir sobre el campesinado, muchos de mis amigos, muy comprometidos políticamente y todos de izquierdas, me decían que estaba loco, que era demasiado joven para retirarme al campo. Pero si miramos ahora al mundo, y retomando lo que decíamos antes sobre los muros para mantener a los pobres separados de los ricos, ¿a quién nos encontramos del otro lado del muro? Precisamente a los campesinos o a personas que lo fueron y que ahora no tienen tierra. Uno de los fenómenos globales más importantes que está teniendo lugar es la eliminación intencionada y planificada del campesinado. Se trata de un asunto político de primer orden que ahora muchos pensadores están empezando a comprender. El primero que me viene a la mente es el Subcomandante Marcos y los zapatistas. Marcos ha inventado un vocabulario completamente nuevo para hablar de la política mundial debido, en parte, a su preocupación por el campesinado. Y es bastante lógico que haya sido así porque el mismo Marx era un pensador eminentemente urbano, y pese a ser una persona de buen corazón, siempre se refiere al campesinado como a una clase que se ha quedado atrás, y a la que habría que salvar del pasado. Ésta es una de las principales lagunas del marxismo, aunque, sin duda, hay otras más...
Es curioso cómo el campesinado ha pasado de considerarse una fuerza social esencialmente conservadora a convertirse en una de esas «bolsas de resistencia», como usted las llama en El tamaño de una bolsa.
Sí, exacto. Esto me trae a la memoria un capítulo oculto de la historia soviética que supongo que no tardará en difundirse: durante el régimen soviético, hubo gente que intentó resistir la colectivización forzada del campesinado. Mantuvieron una lucha increíble que, al final, perdieron. Hay un libro magnífico, escrito por un economista ruso, Theodor Shanin, que cuenta todo lo que pasó durante las décadas de 1920, 1930 y 1940, un conflicto t reme ndo íntimamente relacionado con ese malentendido presente en la teoría marxista.
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