John Berger me espera sentado en los escalones del vestíbulo del CBA jugando con el hijo de Marisa Camino. Me cuesta un triunfo llevármelo de allí, arrancarlo del ambiente extrañamente familiar que logra crear a su alrededor. Sin ir más lejos, el día antes, durante la concesión de la Medalla, consiguió borrar de un plumazo toda la solemnidad de este tipo de ceremonias. Berger hizo una emocionante lectura de fragmentos de su nuevo libro y, a pesar de la gran afluencia de público y de que fue una actuación seria y rebosante de amor por las cosas bien hechas, el ambiente fue casi casero: Berger le plantó un par de besos al Presidente del CBA cuando le impuso la medalla, agradeció sinceramente su colaboración a todo el personal con el que había trabajado durante el montaje de la exposición -cuyos nombres recordaba perfectamente-, y en todo momento rebosó buen humor.
Me lo llevo a un lugar tranquilo para hacer la entrevista. Nos sentamos, y veo que mira con curiosidad mi despliegue de grabadoras digitales y analógicas. Le explico que he tenido algunos problemas en el pasado y que prefiero ser precavida. Me dice que lo entiende. En cierta ocasión, lo llevaron a uno de esos cementerios de caídos en la I Guerra Mundial sembrados de pequeñas cruces blancas que abundan en Francia, con la intención de grabar material para un programa de radio. «La idea era que paseara por el cementerio yo solo y que fuera grabando lo que me venía a la cabeza mientras caminaba por entre las tumbas. Era febrero y hacía un viento y un frío espantosos, estaríamos a unos dieciocho grados bajo cero. Llegamos allí en un Jeep y el ingeniero de sonido y mi amigo, que estaba haciendo el programa, se quedaron en el coche y me dijeron "Venga. Toma el micrófono y habla cuando quieras". Yo me fui alejando. Era un lugar encantado. A veces decía alguna cosa, otras caminaba en silencio. Continué hasta que ya no pude más. No llevaba guantes y se me estaban congelando las manos de sostener el micrófono. Volví al cabo de media hora. Ellos seguían en el coche con el motor en marcha y la calefacción encendida; me abrieron la puerta y les dije: "Sois unos cabrones" y ese tipo de cosas... Cuando ya nos alejábamos de allí, el ingeniero de sonido hizo algunas comprobaciones y descubrimos que no se había grabado nada. El frío había inutilizado la batería. En fin, tampoco fue grave; en realidad, no había mucho que decir».
En sus novelas y, en concreto, en la trilogía De sus fatigas, tanto el mundo del trabajo como la idea de unas fuerzas económicas que moldean la vida de la gente tienen una presencia fundamental, algo que llama poderosamente la atención en el panorama de la literatura actual, poblado de personajes que no parecen trabajar para vivir. ¿Se siente solo en el mundo literario contemporáneo?
No, no me siento solo, aunque lo que dice es bastante cierto. Pero hay mucha gente que está intentando crear cosas diferentes, y hay personas que, aunque pertenezcan al pasado, hicieron obras muy contemporáneas. Si entra en el estudio de un pintor y ve una reproducción de un cuadro de Velázquez colgada en la pared, puede estar segura de que para ese pintor Velázquez es su contemporáneo. En ese sentido, yo, que soy inglés, considero a Dickens un contemporáneo. Y si hablamos de Rusia, Chéjov y Gorki son mis contemporáneos. Por lo demás, en la actualidad también hay escritores con los que siento que tengo mucho en común. El primero que me viene a la mente es Eduardo Galeano. Tiene unos cuentos fantásticos: Las palabras andantes es un libro muy hermoso y muy contemporáneo. En España también tienen a Manuel Rivas, quien, por cierto, demuestra tener un gran sentido de la historia.
Sí, cierto, y también habla del campesinado, como usted, pero su obra no produce esa misma sensación de ser, por decirlo groseramente, una obra marxista sin pretenderlo, como la suya.
Y, ¿qué me dice de Italo Calvino?
No sé, no lo veo muy claro...
Lo que sí está claro es que, en general, los escritores no son muy conscientes, o incluso no lo son en absoluto, de lo que han hecho. Cuando me comenta la presencia de esas fuerzas económicas de la historia en mis novelas, las veo y creo que tiene razón, que están ahí. Pero no es una característica en la que haya pensado hasta que me ha hablado de ella.
El tiempo que transcurre entre que Berger oye una pregunta y comienza a responder es inusitadamente largo, a veces pasan varios minutos en silencio y en ocasiones gruñe y resopla con los ojos cerrados antes de empezar a hablar... Al principio temo que mi inglés esté a punto de causarle un ataque de ira o de apoplejía. Pero no. Simplemente se toma en serio la entrevista y trata de elegir sus palabras.
Otro aspecto destacable de sus novelas y, en especial, de nuevo, de la trilogía De sus fatigas, es la construcción de los personajes, llamativamente realistas aunque la trama pueda no serlo. En Lila y Flag , por ejemplo, los protagonistas son jóvenes marginados, y da la sensación de que realmente sabe de lo que está hablando. ¿De dónde proceden esos personajes? ¿Son fruto de su experiencia personal?
Cuando un narrador de historias inventa personajes, muy poco es realmente inventado. Es decir, de la experiencia de observar y de escuchar -sobre todo de escuchar- a muchas personas distintas, surge, quizás, un solo personaje. De modo que, en vez de hablar de invención, sería más apropiado hablar de síntesis. Para responder a su pregunta no me queda otra opción que recurrir a una experiencia personal. No deja de ser una gran contradicción pero, cuando hablo con la gente o leo en público, soy consciente de que mi presencia personal impone bastante. Sin embargo, mi sentido de identidad propia, comparado con el de la mayoría de las personas que conozco, es muy débil. Me he sentido así desde siempre, desde que tenía cuatro o cinco años. Ésa es, creo, la razón por la que me resulta tan fácil, e incluso necesario, identificarme con los demás. No sólo porque me esté documentando, o porque sea un humanista o un tipo muy amable, sino porque realmente lo necesito. Una consecuencia evidente de esta peculiar condición es que no soy muy introspectivo, pero, a cambio, soy un gran observador. Observo a la gente y me entrego a ella con rapidez. Digamos que no puedo ponerme en sus zapatos, pero sí puedo seguir sus huellas.
Por lo general, sus libros utilizan un lenguaje fácilmente comprensible y, de hecho, parece que la claridad es uno de sus objetivos. Además, muchos de ellos tratan temas cotidianos. Sin embargo, suelen ser obras formalmente muy complejas: hay cambios constantes de narrador, mezcla de realidad y ensoñaciones, de prosa y verso... ¿Qué efecto pretende conseguir? ¿Encuentra limitaciones en el realismo formal más tradicional?