Es posible, aunque no lo había pensado nunca, que en la poesía se encuentre implicado un aprendizaje de la vida que lleva consigo la contemplación de la muerte y que, por eso, simultáneamente, sea también aprender a morir. Sin embargo, no creo que sea ésa la causa, ni siquiera la finalidad, de la escritura poética. No hablo sólo de la mía, sino de la escritura poética en general. En bastantes ocasiones he dicho y, una vez más, dejo a la interpretación del lector lo que voy a decir, que la poesía existe porque sabemos que vamos a morir. No se trata exactamente de una defensa de tipo anímico ni moral, ni de la ilusión de que la escritura poética te vaya a proporcionar una falsa eternidad. No es eso, es que el saber que vamos a morir es lo que hace que en nuestra vida sea importante la memoria. La memoria nos proporciona la noción de temporalidad y, simultáneamente, de consunción de esa temporalidad y, por tanto, lleva consigo la noción de aproximación a la muerte. En cuanto al aprendizaje, si la finalidad de los objetos estéticos es la creación de alguna forma de placer y ese placer intensifica nuestras vidas, en la medida en que la poesía es también creación de objetos estéticos cuya materia es el lenguaje, podría convertirse en una fórmula «defensiva». Me estoy contradiciendo con lo que he dicho hace un momento, pero la contradicción está en la médula del poeta, por lo menos del poeta que yo pudiera ser. Además, esa intensificación de la vida lleva consigo algo que no es una salvación en relación con la muerte, pero que lo parece. Y es muy importante ser sensibles a este parecido.
La poesía es quizá la única de las artes que, en estos momentos, tiene valor pero no precio. ¿Esto es bueno o malo para la poesía?
No tengo duda: es bueno. Las artes de la ficción, perfectamente legítimas y que, en sus mejores casos, comportan una creación realmente grandiosa de la humanidad, tienen un valor de mercado. ¿Qué ocurre? Que al tener un valor de mercado tienen que obedecer las leyes de ese mercado. Se da entonces la posibilidad de que, bien porque lo dice el marchante, o el editor, o bien porque se lo dice el autor a sí mismo, si éste encuentra una veta de éxito, trate de seguirla para colocarse en el mercado de una forma más ventajosa que si la abandonara. ¿Y por qué es radicalmente bueno que la poesía tenga un valor pero no tenga un precio? Porque al no estar sujeta a las leyes de mercado es quizá la única actividad creativa libre que existe en estos momentos.
© Amalia Iglesias, 2007. Entrevista publicada bajo una licencia Creative Commons. Reconocimiento - No comercial - Sin obra derivada 2.5. Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente por cualquier medio, siempre que sea de forma literal, citando la fuente y sin fines comerciales.