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El triunfo de la justicia poética. Entrevista con Antonio Gamoneda

por Amalia Iglesias
Minerva nº 4, Verano 2007

Número de páginas: 6
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El tiempo se encargará de poner la palabra en su sitio. La utilización del término «experiencia» para aludir a un modelo de poesía que durante mucho tiempo fue predominante en España y que, hasta cierto punto, ha sido oficializado como tal, ha provocado que todo un sector de poetas se refiera a esa experiencia, pero reduciéndola a sus dimensiones anecdóticas. Quienes comulgan con esta actitud suelen entenderla como una forma de realismo. Salvo los casos importantes, que se deben simplemente a la calidad del poeta, ese realismo no me parece históricamente oportuno. Además, se refiere únicamente a la anécdota, es un realismo menor. Sin pretender ofender a nadie, yo he utilizado la palabra «minirrealismo» para referirme a esta forma de entender la poesía. Las anécdotas, aunque estén cargadas de emoción o certeramente ornamentadas, no coinciden con la necesidad o conveniencia histórica del lenguaje poético. Permanecen en unos términos informativos que pudieron ser socialmente necesarios en la Edad Media, pero ya no lo son. Ahora de la información se ocupan los potentísimos medios de comunicación. No creo que ese tipo de realismo pueda ser parte fundamental del pensamiento poético contemporáneo. Tenemos que pensar en otras experiencias, quizá en la gran experiencia de existir, de transitar de la inexistencia a la existencia. En ese interesante intervalo es donde se da la gran experiencia, la experiencia en el sentido de valor, de peso, de carga moral, de voluntad vivencial, y no en las denotaciones anecdóticas. Estoy en seria discrepancia con estos amigos que entienden la poesía de otra manera.
Tras muchos años de silencio, de escritura a contracorriente, incluso de marginación, en los que usted seguía fiel a sus propios criterios estéticos, sin plegarse a las tendencias de moda, parece que por fin se reconoce su obra, de hecho, con los premios más importantes, como los recientes premio Cervantes y premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. ¿Cómo ha vivido el cambio de actitud con respecto a su poesía en las dos últimas décadas?
Es cierto que ese cambio se ha producido, pero yo nunca, ni en el antes ni el después, he sido demasiado sensible a la consideración que pudieran tener los demás de mi escritura. No es que no me importe, me importa, y si la consideración es favorable resulta reconfortante, pero pienso que, quizá, tenemos que simplificar un poco las cosas. Contamos con los paquetes generacionales -la llamada generación del cincuenta, por ejemplo- y con la notoriedad que se desprende de ese empaquetamiento. Me parece oportuno recordar aquí que, en una entrevista de Jesús Fernández Palacios, Gil de Biedma, con gran sinceridad, le dijo que el montaje de la generación del cincuenta, es decir, el ascenso del grupo de Barcelona a generación, había sido una operación de marketing. Yo no estaba en esas cosas. Es posible que eso haya restado conocimiento, y reconocimiento en caso de que lo merezca, a mi escritura. Pero hay cosas más sencillas. Yo vivo en una provincia. No soy muy dado a relacionarme con los medios de difusión ni a establecer puentes de intercambio. Soy muy partidario de la amistad, pero de la amistad que se produce en mi barrio de una ciudad pequeña de provincias. Ese hecho, que pertenece al padrón municipal, es suficiente para explicar que haya sido menos recordado hasta llegar a un momento en que me siento, sí, más atendido.
Usted siempre ha hablado con orgullo de esa condición de poeta aislado en la provincia. ¿No cree que, a la larga, incluso le ha beneficiado esa condición, que le ha hecho más personal e independiente?
Puede ser. Por las razones que sea -la creación de una revista, de un grupo, de un manifiesto, etc.- los poetas tratan de hacer coincidentes sus poéticas individuales en un determinado sentido. Tratan de parecerse (quizás sea una manera fea de decirlo), de una forma interna, participan de unos postulados y de unas intenciones poéticas que tienen que ver entre sí. Pero yo, por el hecho que comentaba antes de vivir en León, en mi barrio, nunca he entrado en ese juego de voluntades. Si mi escritura poética se ha hecho más «independiente», menos relacionada con movimientos, desde luego no es a causa de ningún mérito mío, sino de una situación de alejamiento físico y de escasez de relaciones que, por otra parte, también es cierto que no he procurado demasiado. Aunque insisto, sí he procurado y sí necesito mucho de la amistad.
En otro lugar me he referido a su relación estrecha con los clásicos españoles, a su diálogo, por ejemplo, con el Jorge Manrique de las Coplas, veo el canto a la vida retirada de Fray Luis, el sentido de la naturaleza de San Juan de la Cruz... Me gustaría saber cómo se relaciona su personal voz con los clásicos españoles.
Digo esto con gran sinceridad, y subrayo la palabra «sinceridad»: yo pienso, o al menos deseo, quiero, procuro, estar en la tradición de Jorge Manrique, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, etc. Pero esto necesita una pequeña aclaración, que ya hemos rozado antes, cuando dije que la poesía medieval era necesaria en términos sociales, como si se tratase de un elemento mediático equivalente a los actuales. Era informativa y, en ese sentido, tenía que ser necesariamente realista. Hay una gran poesía realista medieval históricamente justificada. Pero durante el siglo xv, con la llegada de Garcilaso y la aparición simultánea de la tipografía, surge un nuevo medio de comunicación e información. Entonces la poesía entra en otro campo de interés, y lo que se entendía por tradición poética sufre una torsión, una reorientación muy fuerte: el realismo ya no es más que una opción estilística, y es entonces cuando podemos encontrarnos a un San Juan de la Cruz, que cree que está en la experiencia mística, pero que en lo que realmente está es en la experiencia poética. Y habla de ella diciendo que se trata de un «no saber sabiendo», de un «entender no entendiendo». En ese momento la poesía ya está ocupándose de lo oculto, de lo invisible, de lo desconocido. Y no digamos en el Barroco, en Góngora y, luego, en la generación del 27, hasta llegar a nuestros días. Para mí, estar en la tradición no consiste en adoptar una postura retroactiva, es decir, de recuperación de formas anteriores, sean realistas o no; para mí estar en la tradición consiste en hacerla avanzar. Pienso que ser tradicional es tratar de estar en la punta de la tradición. Y claro, esto quizás no lo comparten otros poetas.
Se ha aproximado usted a la obra de ciertos autores extranjeros de una manera peculiar, no a través de la lengua, sino a través de ese otro idioma que es la poesía. Usted habla de «mudanzas» y «versiones» más que de «traducciones». ¿Puede hablarme de este peculiar acercamiento a otros textos?
Número de páginas: 6
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