El otro cambio ha sido más reciente: en los años sesenta se produjo una invasión de la vida pública por las categorías socioculturales y, desde hace cuarenta años, las cosas no han cambiado demasiado. En principio, estas nuevas categorías aparecen envueltas en una fraseología de tipo antiguo -muchos siguen diciendo que la revolución la hará la clase obrera, lo cual es totalmente falso-. Pero lo cierto es que estamos hablando constantemente de problemas puramente culturales; imagino que en el parlamento español se habla de las mismas cosas que en los demás parlamentos europeos: aborto, eutanasia, minorías étnicas o religiosas, matrimonio homosexual, etc.
Usted, siguiendo una tradición muy francesa, se declara anticomunitarista. ¿Dónde comienza el comunitarismo? ¿Cuál es su relación con las categorías culturales?
El comunitarismo comienza en el momento en que se plantea que el sistema de organización y decisión política se desarrolla dentro de una comunidad. El comunitarismo es lo contrario de la noción de ciudadanía, que implica la universalidad de los derechos individuales y la creación de individuos libres e iguales. Esta es nuestra opción frente a la amenaza -que quizá no sea tan importante- del comunitarismo. Yo siempre he sido partidario de la diversidad cultural, pero me parece una cuestión secundaria frente a la defensa de los derechos individuales de tipo universalista. A principios del siglo pasado, en el marco de las categorías socioeconómicas que imperaba entonces, se produjo un debate similar cuando se quiso escapar de la abstracción de los derechos individuales para definir los derechos en términos de clase obrera, es decir, sustituir los derechos burgueses por una sociedad basada en las clases. La clase ocupaba entonces el mismo papel que la comunidad hoy. El resultado fue el leninismo y el maoísmo, que constituyen la gran catástrofe del siglo xx. Mientras, también a principios del siglo pasado, algunos sindicalistas ingleses plantearon la cuestión en términos de democracia industrial y unos años después nos encontramos con que el leninismo se había derrumbado, mientras el estado del bienestar seguía gozando de buena salud. Al final han sido estos damned ingleses los que han tenido razón. El comunitarismo representa para la sociedad cultural el mismo peligro que representó la dictadura del proletariado para la sociedad industrial.
¿Cómo pueden articularse entonces los derechos ciudadanos individuales universalistas con el reconocimiento de los vínculos sociales que evitan la atomización de la sociedad?
El problema no se puede plantear como una alternativa radical entre el individuo kantiano y el tejido social y cultural. El individuo y el grupo existen encerrados en la comunidad. En este punto el movimiento obrero fue muy claro: la acción colectiva es imprescindible para conseguir ciertos derechos individuales (contratos laborales, protección social...). La dificultad consiste en saber definir un sujeto individual de derecho que sea simultáneamente social, político y cultural.
En Inglaterra, aunque en estos momentos esta tendencia está en retroceso, los paquistaníes, por ejemplo, se comunican con el Estado a través de un representante paquistaní. Los ingleses han mantenido mucho tiempo esta idea de que la comunidad debe ser un instrumento de integración por el que hay que pasar necesariamente, pero ahora se están encontrando con un exceso de comunitarismo que les ha llevado a abandonar progresivamente este tipo de políticas.
Sin embargo, usted ha hablado del individuo en la era de la globalización como «alguien solo frente a lo global»; parece fácil intuir en esa frase el deterioro de las relaciones sociales de cercanía y el «mal individualismo», ¿no es así?
En uno de mis libros más recientes, El fin de lo social, me he referido a la crisis evidente de las instituciones sociales: de la democracia representativa, de la ciudad, de los tribunales, de la familia, de la escuela... Esta crisis es el producto de la concentración del poder económico en las clases más altas a escala mundial. Ninguna institución social puede ponerse en este nivel. Lo social se va destruyendo y tiende a proliferar el individualismo consumista, el tipo de individuo que cree que su libertad se expresa en el supermercado. Lo dramático de la situación es que el individualismo puede conducir al comunitarismo. La única salida a la obsesión de la identidad es la del individuo que quiere construirse como sujeto en un mundo de masas a la manera de Walter Benjamin. En realidad, no hay tantas soluciones: o se va hacia un comunitarismo de tipo leninista o se va hacia un concepto de sujeto cultural global capaz de articular una lucha colectiva por los derechos universales. Es decir, el equivalente de lo que fueron las luchas obreras hace cien años.
Cuando usted habla de globalización siempre alude a la antigüedad del fenómeno, situándolo en la perspectiva de los ciclos largos de Braudel y de los sistemas-mundo, pero también señala sus efectos novedosos.
A principios del siglo XX, sobre todo en Alemania, ya se hablaba de globalización y de predominio del capital financiero, sólo que a este fenómeno se le solía llamar imperialismo. Como sociólogo, para mí lo importante no son tanto los procesos económicos cuanto su desvinculación de los procesos sociales y políticos. Tampoco este aspecto de la globalización es nuevo, no ha habido fase de progreso que no haya implicado una reorganización social. Sostengo la hipótesis de que dentro de poco vamos a salir de este periodo de capitalismo puro y, entonces, será necesario inventar una nueva socialdemocracia en la que el tema central será la educación que es, hoy por hoy, el mayor factor de desigualdad en el mundo. La nueva socialdemocracia, en lugar de ser redistributiva, deberá apoyarse en un sistema educativo que realmente produzca una igualdad de oportunidades, a diferencia del sistema actual, que reproduce las desigualdades.
El aumento del nivel educativo y la promoción de las nuevas tecnologías parecen estar en el centro de las políticas de desarrollo de la Unión Europea, de las que dependen las políticas sociales. ¿No cree usted que este tipo de políticas nos llevan al extremo más simplón del determinismo tecnológico?