
Olaf Metzel. Auf Wiedersehen, Nuremberg, 2006.
Foto: Wolfgang Günzel |
Eso es lo que parecen pensar cantidad de gestores culturales, comisarios, artistas y todo tipo de personajes que se dedican a llenar nuestras calles, parques, montes y rotondas de objetos más o menos artísticos, más o menos interesantes, y de llenar nuestros calendarios de encuentros, simposios, congresos, etc., sobre arte público. Realmente es una situación curiosa, es como si no supiéramos qué hacer con unas ciudades en las que, tal vez, el urbanismo y la arquitectura no han sabido completar su círculo de habitabilidad. Algo falta, al parecer. O tal vez sea la añoranza del monumento, de esos héroes que ya no pueden existir pues no hay más tierras que conquistar, ni más países que liberar, ni más guerras que ganar. Después de miles de esculturas al soldado desconocido, pasamos a ver otras tantas en homenaje a la democracia, a la constitución, y más recientemente, a las víctimas. Testimonios que la sociedad no reclama más allá de un círculo relativamente pequeño de afectados o interesados. Por qué las ciudades se empeñan en decorar las rotondas de entrada con esculturas inapropiadas que a nadie interesan y que nadie puede ver mientras conduce preocupado por otras cosas, sigue siendo un misterio solamente aclarado parcialmente por los espléndidos presupuestos que se destinan a ello y de los que viven no solamente los artistas, los talleres de producción y los comisarios, sino, al parecer, bastante más gente. Pero esa función no es la del arte público, al menos, en su origen. De hecho, esas aberraciones del gusto, esos hijos bastardos del arte, no se pueden considerar arte público, sino arte privado pues privado es el beneficio que generan.
El concepto de arte público está vinculado íntimamente a las relaciones con la configuración del espacio urbano, a la expansión de ciertas zonas de nueva creación, a nuevos lugares de habitabilidad, a nuevos paisajes en los que la historia del lugar no parece estar presente, donde se está reescribiendo una historia social nueva. Cada lapso de tiempo, cada década, define un perfil diferente y característico de lo que venimos a denominar arte público, en una evolución que tiene mucho que ver con la diferente percepción del hecho artístico y su vinculación con un desarrollo social dispar incluso en una misma ciudad. Si la idea de belleza y adecuación nos remite rápidamente a la de decoración en el más puro estilo burgués, y la idea del parque de esculturas ha quedado ligada a las mansiones de los ricos coleccionistas, que de públicas tienen bastante poco, ese otro aspecto más radical, de carácter abiertamente social y reivindicativo se ha quedado obsoleto, al parecer, como la revolución de Mayo del 68, que se ha convertido en una suerte de festival dominguero cada vez más cercano al concurso de pintura rápida de verano o a las verbenas del patrono. Las reivindicaciones urbanísticas hechas instalaciones efímeras han asumido últimamente un papel que hasta cierto punto no les corresponde, haciendo buena aquella máxima de Beuys de que todos somos artistas, algo que no se justifica en sí mismo ya que siempre los invitados a participar en eventos como el Proyecto Escultórico de Münster son artistas de reconocida trayectoria, no siempre vinculados con la escultura.
La libertad y la salud de la creación artística parece ser que ha inundado el terreno del arte público, con instalaciones sonoras (que rara vez se oyen con los ruidos de la urbe), con proyecciones de vídeo (que difícilmente se pueden ver entre la luminosidad de la ciudad) o con intervenciones relacionales que el transeúnte rara vez relaciona. Y es la ciudad un territorio salvaje para una actividad artística tradicionalmente protegida por la sala del museo o la galeria, incluso por el silencio del taller. Desde la idea a la realidad, el proyecto de obra pública va deshaciéndose, perdiendo su intención, sus facultades, y al final, la imposibilidad de transmitir, de involucrar a la ciudad y a sus habitantes la transforma en un simple encargo que pocos pueden dotar de significado.
Y para dotar de significado a estas intervenciones, para explicar que el arte público no sólo es un género sino algo más que una evolución fallida, para saber que hay miles de ejemplos en lejanos lugares del planeta, la bibliografía, los textos críticos, las propuestas conceptuales de los autores que llenan las páginas de este EXIT BOOK de verano, dedicado exclusivamente a la idea de arte en espacios públicos y a la relación de estos con los diversos modelos de ciudad a lo largo de la historia resulta inexcusable. Opiniones de teóricos y también de comisarios que han aportado sus ideas en la práctica con la realización de proyectos de diversa fortuna. Todos tratamos de poner al día el estado de la cuestión de unas fórmulas artísticas en permanente evolución, que están siendo revisadas continuamente. Una bibliografía que en las más de las ocasiones no está generada por los propios eventos, al estilo del catálogo de exposición, dando la idea de que es mejor resaltar ese carácter efímero de la actuación, destacando que muchas veces la teoría y la investigación van por un lado, y la practica curatorial por otro de muy diferente destino. En cualquier caso queda claro, al final de este volumen, que la calle siempre será de todos y para todos. Como el arte.