Los cafés fijaron entonces su imagen clásica. Además de los espejos y los apliques para la iluminación, tenían a lo largo de todos sus muros, los divanes de peluche, por regla general rojo. Además de los veladores rectangulares o redondos, de hierro y mármol, hay que señalar las sillas, a partir de un momento, del vienés Thonet. Las bolas para las servilletas, sujetas a las columnas, el mostrador rutilante, con su frente de botellas, la máquina registradora de la caja, el armarito del cerillero y la caja del limpiabotas completarán la imagen del café clásico. De su conjunto no se sabe si son más importantes los cansados espejos, empañados, velados y polvorientos, especie de oscuros estanques de aguas quietas o el bosque de sus columnas, que con sus verticales y sus capiteles se impone en medio del ambiente cargado del humo de los cigarrillos, destacándose rotundamente entre los difuminados contornos de los clientes. Su presencia es esencial. Son como afirmaciones que rompen el adormecedor murmullo de los parroquianos, que rompen el silencio de la sala vacía.
(Continúa...)