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Lars, cultura y ciudad 9 Lars, cultura y ciudad

Los Cafés Históricos

por Antonio Bonet Correa
Lars, cultura y ciudad nº 9, Otoño 2007

Número de páginas: 4
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París era entonces el modelo de las artes y la moda. Los nuevos cafés españoles eran un reme do de los parisienses. Su recuerdo nos hace pensar en el rutilante café que describe Baudelaire en su poema en prosa Los ojos de los pobres . Ocupando una esquina en un gran boulevard abierto por Haussmann, con sus grandes ventanales, su sala de deslumbrantes espejos y el derroche de luz de sus innumerables globos de gas, atraía la atención de los transeúntes. Todo en él era lujoso: sus paredes, cegadoras de blancura, sus doradas cornisas y policromados frescos y pinturas que exaltaban a través de la mitología la gula y el placer de los sentidos. La burguesía acomodada encontraba en el café un marco adecuado para su gusto por la ostentación y riqueza, la nueva abundancia de bienes nacidos del trabajo y de la industria humana. De ahí que al igual que el teatro, en especial el de la Opera y en España el de la Zarzuela, los nuevos cafés se convirtieran a partir de la segunda mitad del siglo XIX, en los lugares preferentes de la sociedad burguesa. Cambio esencial en las costumbres. El café no es ya el lugar frecuentado por escritores y revolucionarios sino por las gentes bien pensantes. Hacia 1850 los cafés dejan de ser locales exclusivos de los hombres. En Madrid en la mano , Monlau advierte que "mucho hemos ganado, sin embargo, de veinticinco años a esta parte; ya se puede ir al café con su señora, sin que nadie se escandalice". El café de las familias, el café con leche y media tostada, había nacido.
Sin duda la Edad de Oro del café en España fue la de los años de la Restauración y de la Regencia de María Cristina durante el último tercio del siglo XIX y los primeros años del siglo XX. Entonces los lujosos, cómodos y fastuosos cafés de Madrid, Barcelona y demás provincias conocieron momentos estelares. Frecuentados por políticos, funcionarios, aristócratas, toreros, cómicos, escritores, los cafés de los centros urbanos eran lugares de cenáculos y tertulias de todo género. Ejemplo de ese tipo de café fue el Fornos de Madrid, fundado por un doméstico del marqués de Salamanca. Instalado en la estratégica esquina en chaflán de las calles de Alcalá con Peligros, en el solar que fue de la iglesia de Nuestra Señora de la Piedad, de monjas bernardas las Vallecas después de su cierre fue reemplazado por la Cafetería Riesgo. Hoy es una zapatería. Café y restaurante, con elegantes gabinetes reservados y salas que como acordeones se ampliaban para los banquetes, era un local "solemne, patricio y serio", de cocina y tono europeizantes. Decorado con pinturas de Sala, Mélida, Rico, Gomar y Plasencia, tenía muebles de caoba y sus muros estaban recubiertos por grandes espejos que Emilio Carrere calificó de "largas y misteriosas galerías por donde se fueron alejando los hombres y mujeres más interesantes de una época". Allí tuvo su tertulia Vital Aza. Cerrado en 1908, resume, al igual que el Teatro Apolo, la vida finisecular del Madrid anterior al desastre de 1898.
En todas las ciudades españolas de la época se abrieron grandes y vistosos cafés. Todavía hasta hace muy poco se conservaba íntegro el Café Español en la Plaza del Zocodover en Toledo. En la Bajada de San Francisco de Valencia, ciudad que a lo largo del siglo XIX tuvo numerosos e importantes cafés, se encontraba el moderno y suntuoso Café de España, que según Azorín "no lo había en París". Instalado en 1885 era un establecimiento magnífico con una gran sala de estilo árabe iluminada con luz cenital. Su decoración se debía al artista José Aixa, que supo combinar con los muebles del café los policromados zócalos de azulejos, el pavimento de mármol, las ligeras columnitas y los arcos polilobulados, con los amplios espejos, las blancas yeserías y los cortinajes de damasco rojo. Obras de Pinazo, Sala, Peiró, Cortina, Cotanda, Agrasot y otros artistas valencianos daban al café un valor de verdadero museo viviente de la ciudad. Como tantos otros cafés, su extensa superficie es hoy una entidad bancaria. Al otro lado del Atlántico, en lo que entonces era España, antes de la pérdida de Cuba en 1898, en La Habana se encontraba una serie de cafés de "primer orden" en el Paseo del Prado, que se había ordenado en los terrenos de los antiguos fosos y murallas.
A partir de los años setenta del siglo XIX cambió lo esencial de la arquitectura del café. El uso, cada vez más frecuente, del hierro en la construcción hizo posible que las salas fueran más amplias y diáfanas. Todos los cafés de la Restauración y época de la Regencia de María Cristina tienen esbeltas y delgadas columnas de hierro fundido y altos techos con artesonados de escayola. Los grandes espejos y la abundante luz de gas, sustituida a fines del siglo por los arcos voltaicos del alumbrado eléctrico, todavía dilataban más el espacio virtual de la sala. Se acabaron los viejos cafés de gruesos pilares y bajas bóvedas, de laberíntica planta y angostos compartimentos escasamente iluminados. Al igual que los grandes almacenes, los bancos y las oficinas de las compañías comerciales y entidades públicas, los cafés tienen un ámbito interior unitario, capaz de ser abarcado en un solo golpe de vista al traspasar el umbral. Por otra parte sus ventanales, con enormes lunas de cristal, permiten que desde el exterior se vea la sala y viceversa, que los parroquianos, cómodamente sentados pueden contemplar sin impedimentos el tráfago urbano de la calle. Es la clásica y translúcida "pecera".
Irónicamente, el periodista González de Tejada opinaba que nadie se atrevería: "A sostener que la decoración arquitectónica de una plaza es más artística rodeándola de cafés que cercándola de iglesias; nada de columnas, nada de granito, nada de esculturas, nada de torres que se pierdan entre las nubes: al café le basta tener buenos cristales o persianas de cortina, según la estación, y cuando quiera proteger las artes viste la piedra en portada de madera y luego pinta ésta de color de piedra, más fina y propia que la que hay debajo". Aparte de constatar que pensaba que el café era un refugio de holgazanes, es interesante recalcar su idea de la nueva fachada de los cafés. Los cafés no eran los únicos establecimientos públicos que empleaban estos grandes ventanales, hay que recordar que fue en esta época cuando los comercios hicieron uso de los escaparates para mostrar sus mercancías y a la vez atraer a posibles clientes. La ciudad burguesa, con anchas avenidas, bulevares y paseos despejados, se transformó y modernizó renovando su arquitectura por igual en el antiguo centro que en los nuevos barrios del ensanche.
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