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Lars, cultura y ciudad 9 Lars, cultura y ciudad

Los Cafés Históricos

por Antonio Bonet Correa
Lars, cultura y ciudad nº 9, Otoño 2007

Número de páginas: 4
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(Fragmento del artículo publicado en el número 9 de Lars, Cultura y Ciudad ).
La Edad Contemporánea no se entiende sin la existencia de los cafés. La Revolución francesa y sus secuelas encontraron su campo de acción en los cafés. En el siglo XIX el liberalismo y los conspiradores en España, los carbonarios italianos, los combatientes de la libertad en Grecia, los escritores románticos, o los pintores impresionistas no se explican sin sus cenáculos y reuniones en estos locales públicos. Tampoco los movimientos literarios o las revoluciones estéticas finiseculares como el modernismo y las vanguardias artísticas que en los cafés encontraban un camino para manifestarse y formar capillas de fieles adeptos a un ideal o tendencia.
El café es un lugar de reunión y de encuentro, de conversación e intercambio social. Es un espacio público y ciudadano. Ágora y Plaza Mayor cubierta, con un nuevo carácter cívico, en el que igual transcurren lentas las aguas de lo cotidiano que se desbordan las riadas históricas. Los periodos de calma y de agitación, los sucesos callejeros y las sacudidas sociales repercutían en su ámbito neutral y público. Su vitalidad ha sido siempre la de un lugar de comunicación, a mitad entre lo privado y lo público, de comunicación de espacios y comunicación de personas, que por igual es un paraíso artificial de meditación y soledad, de cita íntima, de tertulia y tribuna libre de un grupo. Ramón Gómez de la Serna, tan conocedor de la materia, dijo que "el café no nació como Ateneo, sino como andén de la Vida". También el dicho de Josep Pla de que "el hombre, además de hijo de sus obras, es un poco hijo del café de su tiempo" es cierto en lo que toca sobre todo a una época ya pasada.
El primer café de Europa, al igual que el primer museo público, se abrió en Oxford en 1650. Su influencia fue grande en la literatura y el periodismo de la época. En Francia el café, con la Ilustración, adquirió un auge extraordinario. Los cafés han ido desapareciendo, como fue el caso del célebre Malibran, pero todavía se conserva en París, en muy buen estado, el Procope, fundado por el siciliano Procopio di Coltello en 1702. Con sus espejos, lámparas de cristal y veladores de mármol y su aire de pastelería, cambió el aspecto antes más sobrio de los cafés franceses. En el siglo XVIII los salones de estos establecimientos públicos fueron diseñados por arquitectos tan notables como Nicolás Ledoux, cuya primera obra, en 1762, fue la decoración con revestimientos de madera o "boiseries" del café Militaire, situado en el ángulo de las concurridas calles de Saint-Honoré y de Valois. Según un testimonio de la época "tout Paris s'y porte et l'admire". Desaparecido el local en el siglo XIX, estos paneles tallados hoy se conservan en el museo Carnavalet. Anterior al estilo revolucionario, esta obra es precursora del estilo Imperio, creado bajo Napoleón, aficionado y propulsor de los cafés.
En Italia en el siglo XVIII fue Venecia la primera ciudad de los cafés. Se agrupaban en especial en la plaza de San Marcos. El Florián, creado en 1720, con el magnífico nombre de Caffè della Venezia Trionfante, es todavía un cosmopolita centro de reunión de artistas y viajeros cultos. Los demás, como el Caffè degli Specchi han desaparecido o han sido sustituidos por otros del siglo XIX. En Roma, Il Caffè Greco, en via Condotti, se ha calificado de "umbiculus urbi". Punto de referencia, de encuentro en la ciudad, ha sido un lugar frecuentado por poetas, escritores y artistas. También por reyes e incluso por futuros papas. Goethe, Schopenhauer, Andersen, Lord Byron, Shelley, Chateaubriand, Stendahl, Leopardi, Henry James, Mark Twain, Gabriel d'Annunzio, Ingres, Corot, los pintores nazarenos, Thorvaldsen, Rossini, Berlioz, Listz, Gounod, Wagner, Toscanini, y tantos otros fueron asiduos clientes. Tan pronto llegó a Roma el novelista Pedro Antonio de Alarcón, acudió al caffè Greco para encontrar a los artistas españoles que se reunían en uno de sus salones particulares. Fortuny, Palmaroli, Rosales, Gisbert, Casado del Alisal y tantos otros, durante sus estancias en Roma, frecuentaron este café, declarado por el italiano Ministerio de Bienes Culturales, en 1953, monumento nacional. En Italia, donde aún se conservan interesantes cafés históricos en Milán, Nápoles, Florencia, allí estuvo el Caffè Michelangelo de los Macchiaioli, tenemos el café más hermoso y completo de los históricos, el café de los cafés por antonomasia, el Caffè Pedrocchi de Padua. Sobre el solar de un viejo café del siglo XVIII, su propietario Antonio Pedrocchi hizo levantar, en 1816, al arquitecto Giuseppe Jappelli el bellísimo edificio neoclásico -recuerda en pequeño al museo del Prado- que todavía hoy se conserva en su integridad. Después de un viaje por Francia e Inglaterra, en 1837, Jappelli agregó un ala neogótica al café. En marzo de 1985, se celebró en el Pedrocchi el Congreso Internacional La civiltà del caffè , en el que estudiosos europeos demostraron cuán importantes habían sido para la política, la cultura, el arte y la literatura de Occidente "estas máquinas o estructuras abiertas puestas al servicio de la ciudad y la comunidad desde el siglo XVIII hasta el siglo XX". Sin los cafés decimonónicos o modernistas de Viena, Budapest, Praga, Cracovia, Berlín, Bruselas, Ámsterdam o París no se comprenden los movimientos estéticos contemporáneos. Balzac, Baudelaire, Verlaine y Apollinaire, los pintores impresionistas, cubistas y surrealistas están ligados a los cafés parisinos de los grandes Bulevares, de Montmartre y Montparnasse, y Sartre, Camus y Giacometti a los del Boulevard Saint-Germain, Les Deux Magots y el Café de Flore. Cada café tiene su literatura. En la provincia francesa del Café de los Deux Garçons de Aix-en-Provence, con su terraza en el dieciochesco Cours Mirabeau, ha sido evocado por escritores de la categoría de Jean Giraudoux. De Lisboa podría establecerse una nómina muy completa de cafés modernistas y art-decó. La Brasileira do Chiado con sus filiales en Oporto y Coimbra, el Martinho d'Arcada, frecuentado por Fernando Pessoa, la Suiça del Rossio, etc. Por desgracia no ocurre lo mismo en España. Desde hace años he visto, desaparecer uno a uno, una larga lista de viejos cafés históricos. En Madrid, Pombo, el Varela y el Teide. En Barcelona, el Canaletas. En Santiago de Compostela, el Español. En Lugo, el Méndez Núñez, y en Murcia, el Santos. Podría enumerar muchos más. Los españoles siempre estamos a la última. En materia de desprecio y destrucción de nuestro patrimonio cultural nadie nos gana.
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