En efecto,
El gallo ciego (Barral Editores, Barcelona, 1975), obra de la que Soto Vergés había ofrecido ya un adelanto en la importante colección «Poesía para todos»
(1970)
, representa la culminación y síntesis de sus dos libros anteriores. Aquí estamos ante una extensa alegoría que toma como base el rico y complejo simbolismo del gallo y la ceguera, ante una visión alucinada y onírica que traduce una concepción desgarradora y agonística, en el sentido unamuniano, de la existencia humana. Como ocurre siempre en los libros de Soto Vergés, se trata de una obra unitaria, estructurada en este caso en cuatro extensos apartados, a lo largo de los cuales el «gallo», esto es, el poeta, el hombre -definido como «un animal en el azul»- levanta, en medio de ese «corral nocturno», poblado de brujería y muerte, que es el mundo, su canto herido, su grito de pelea (I) y su «canción del fuego fatuo» (II) contra «las campanas del negro amanecer» (III). El libro se cierra con «El reñidero» (IV), dividido en cinco cantos, una especie de apoteosis final, bajo un cielo negro, cuyo tema simbólico es la pelea de gallos.
Como era de esperar, en esta obra el lenguaje resulta más irracional y críptico, tremendamente expresionista y hasta distorsionado (y en esto se revela continuador de la estirpe del mejor Valle-Inclán), surrealista a veces, visceral casi siempre (« Una canción no se dice con la boca. / Se dice con las entrañas palpitantes, con aquella traición de la amiga que te saca la vida, como un forro vuelto, latiendo y sollozando», leemos en este sentido) . Por otro lado, parece como si las palabras se unieran y separaran según una cierta «lógica de la magia», de la que en alguna ocasión habló el propio poeta, dando lugar a insólitos acoplamientos, acumulaciones verbales y violentos contrastes y juegos antitéticos, propios de un conceptismo neobarroco. En concordancia con todo ello, está también el mágico poderío del ritmo, con su exacerbada tensión y dinamismo, y el hecho de que las estrofas y metros clásicos alternen con el verso libre de gran andadura, el extenso versículo y hasta el poema en prosa.
Después de un larguísimo paréntesis de doce años, publica
Viento oscuro lejano (Madrid, Libertarias, 1987), en el que es perceptible una extraordinaria voluntad de depuración y acendramiento expresivos. Tras la constatación, en su anterior libro, del
ciego destino del hombre, al poeta sólo le queda, según sus palabras, «la musicalización/poetización de su aciaga incertidumbre». De ahí los numerosos motivos musicales que vertebran la obra, sobre todo en torno a la guitarra. El libro, cuyo tema central no es otro que la relación dialéctica entre la vida y la muerte, aparece estructurado en cuatro partes con un poema prologal y otro de cierre. Según Francisco Lucio, se trata de una «estructura un tanto sinfónica», dado que la
guitarra , el
viento y
lo oscuro , elementos que aparecen anunciados en el primer poema, irán apareciendo de forma recurrente a lo largo del libro
. De tal modo que la función simbólica desempeñada en su libro precedente por el «gallo ciego» ahora va a ser desempeñada por el «guitarrista ciego». Y, en justa correspondencia con todo ello, la fuerte carga plástica de obras anteriores da paso aquí a una extraordinaria acentuación de los valores musicales del verso, entre los que destacan las abundantes y expresivas aliteraciones (he aquí un ejemplo significativo: « ¡Penumbras en la incertidumbre lúgubre del ser!»), y la cuidada factura rítmica de los versos, fundamentalmente endecasílabos, aunque siga cultivando el verso libre.
Por último, además de los libros de poesía mencionados, conviene recordar también el estreno, en 1962, y la posterior publicación de una farsa poética titulada El recovero de Uclés (Madrid, Escelicer, 1963), en la que el autor intenta, según dice en una «Autocrítica» de la obra, «trasladar a las tres dimensiones de la escena las esencias principales de mi poesía: la insatisfacción de los deseos, la sensación de una existencia oscura, misteriosa, y la salvación espiritual e histórica del hombre, gracias a la solidaridad, al amor de los seres y de las cosas». En efecto, en ella se dan cita diversos elementos que luego desarrollaría en Epopeya sin héroe y en El gallo ciego. Una prueba más de que nos encontramos ante un corpus poético excepcionalmente unitario en el que lo oscuro, el misterio y lo mágico constituyen el principal elemento unificador. He ahí la razón última del título de su Antología mágica (Madrid, Libertarias, 1987); en ella, se incluye una buena muestra de su obra hasta ese momento, presidida por un poema de Viento oscuro lejano, «Taller de magia», que en su comienzo encierra toda una declaración de intenciones:
Ahora ya sé por qué
canto a la vida oscura y sus ensalmos,
le arrebato a la muerte este destello:
cosa, idea, que sube hasta mi mente como tórtola blanca. Esto es la magia
o, acaso, el infeliz descubrimiento
de ese fervor que acerca nuestra mano
a la profunda realidad.