No hace falta decir que esa misma idea es la que, de manera más o menos consciente, persiguieron nuestros sorprendentes sesentayochistas . Su objetivo era reclamar a la represiva sociedad de sus padres una nueva forma de liberación que ellos intuían posible. De ahí que la liberación política se diera la mano con la sexual y de costumbres.
SIN PALACIOS DE INVIERNO
El objetivo a batir era la autoridad, una autoridad a la que había que oponerse casi por principio para liberar lo soterrado; aquello que ansiamos pero que se nos impide imaginar como realizable. El poder que sostiene esa autoridad carece, sin embargo, de un Palacio de Invierno que tomar. Lo característico de las sociedades modernas complejas, y aquí suenan los ecos de Adorno y Horkheimer, es que las promesas emancipadoras de la ciencia y la tecnología nos han permitido acceder a un mejor control del mundo, pero han revertido después en una nueva forma de poder anónimo e inaprensible. El desarrollo del proceso de racionalización moderna no ha acabado de satisfacer algunos de los atributos fundamentales de lo humano y su organización en sociedad. Y puede que los movimientos sesentayochistas fueran la primera manifestación explícita de este fracaso civilizatorio.
Hundidas las ilusiones en la revolución socialista, los satisfechos hijos de la sociedad opulenta gritaron al mundo su insatisfacción, sus esperanzas por acceder a lo "completamente otro" (Adorno) que, decían, les era negado bajo las condiciones actuales. Todavía sólo tenían a mano el instrumental de las revueltas de la tradición marxista y un buen acopio de textos -¿quién no los recuerda?- de frankfurtianos, Sartre, toda la retahíla del neomarxismo, pero su movimiento apuntaba a algo más profundamente nuevo. Fue una especie de fogonazo que en nombre de la revolución consiguió vacunar a las sociedades occidentales frente a ella, pero que a la vez no se disolvió como el humo de los botes de la policía.
La rebelión no sería integrada con facilidad. Es bien cierto que el movimiento en seguida encontraría su cierre thermidoriano con las elecciones anticipadas a la Asamblea Nacional que convocara De Gaulle a finales de junio de ese mismo año, y que derivaron en una apoteósica derrota de la izquierda. Previamente, el 29 de mayo, el movimiento estudiantil ya tuvo que acusar otro golpe simbólico importante en la espontánea manifestación en defensa del orden de la V República que convocó a cientos de miles de personas. El espacio estudiantil por antonomasia, las calles de París, era ocupado ahora en su contra por aquellas masas a las que supuestamente habían decidido liberar . Abandonados por el Partido Comunista y huérfanos en seguida del inicial apoyo sindical, la rebelión se acabaría por disolver como un azucarillo. Con ello se puso de manifiesto la solidez del blindaje de las sociedades opulentas frente a las veleidades revolucionarias. De la democracia burguesa no se transitaría ya, ni en Francia ni en ningún otro lugar, hacia una democracia popular o a un nuevo tipo de socialismo. Fin de ciclo también para toda esperanza en la espontaneidad revolucionaria neoespartaquista.
Pero aquellas sociedades no saldrían del todo incólumes de este insolente movimiento de rebeldía. Por seguir en Francia, De Gaulle apenas conseguiría sobrevivirlo al perder el referéndum del año siguiente, y el Estado y la sociedad francesa comenzarían un proceso de reformas que iban desde un espectacular aumento de los salarios más bajos hasta una nueva forma de gobernar, menos rígida y más abierta a los nuevos desafíos sociales; menos susceptible de dejarse someter por el diktat de los políticos y más propensa a la crítica y la deliberación dialógica. Pronto se fue más o menos consciente de que había empezado un proceso de renovación de la anquilosada democracia liberal. A decir de Luc Ferry, una de las principales consecuencias de Mayo del 68 fue la incorporación directa a la vida política de los jóvenes y las mujeres. En seguida se unirían a ellos otros grupos hasta entonces marginales, y los así llamados nuevos movimientos sociales comenzarían pronto a sembrar la alarma en los partidos, que ahora no podían dejar de ser receptivos a muchas de las demandas de estos grupos sociales a la búsqueda de su reconocimiento.
Con todo, puede que éstos no fueran los efectos más profundos y a largo plazo de la revuelta. El más hondo y perdurable seguramente tiene que ver con su rasgo más acentuado: la desconfianza hacia el poder, hacia toda forma de poder; su veta antiautoritaria, en el sentido más amplio de autoridad.
OBSESIÓN ‘NEOCON'
El triunfo de los sesentayochistas -los franceses y los de otros lugares- no fue en las calles ni, necesariamente, en la vida política. Su impacto se percibió sobre todo en el cuestionamiento radical de la autoridad que poco a poco se fue trasladando al ámbito educativo, ya fuera la familia, la escuela o la universidad. Seguramente fuera esto lo que Nicolas Sarkozy tenía en mente cuando durante pasada la campaña presidencial hiciera un llamamiento a "acabar con la herencia del 68". Éste ha sido también el principal temor que desde entonces han manifestado los neoconservadores de todo el mundo hacia esa nueva sociedad permisiva.
Pero no sean optimistas. Esa permisividad que tanto preocupa a los conservadores tiene los pies de barro. Por decirlo en términos marcusianos, no es sino un subterfugio más del sistema para facilitar las nuevas condiciones objetivas del capitalismo en ésta su nueva fase. Sin el hiperconsumo y el consiguiente impulso interior en los individuos para satisfacer unos casi patológicos deseos de compra no sería posible sostener el nuevo sistema productivo. No hay "contradicciones culturales del capitalismo" (Daniel Bell). La cultura de la permisividad y la ruptura de los controles puritanos sobre la libidinosidad no sólo no son un peligro para el nuevo orden sino su presupuesto necesario. Y uno no puede dejar de sentir un cierto punto de tristeza cuando observa cómo la famosa emancipación de las pasiones se traduce al final en términos de una mera capacidad de consumo. Aún queda una rebelión pendiente, aunque esta vez es mucho más difícil señalar el objetivo. En unos momentos en los que ya ni siquiera creemos en el progreso y el futuro se nos muestra cargado de temores, parece como si ya tuviéramos bastante con conservar lo existente. ¡Ironías de la historia!