Siempre quiso verse en ellos a meros estudiantes de izquierda, contestatarios frente al poder y solidarios con movimientos como los de la guerra de Vietnam y el nuevo colonialismo en el Tercer Mundo. Nada que, en apariencia, los hiciera muy diferentes de otros muchos jóvenes revolucionarios salidos de la matriz marxista. Había algo en ellos, sin embargo, que los unía a otros muchos grupos que por esas mismas fechas se manifestaban en otros lugares del mundo desarrollado y que ya no encajaba en los movimientos marxistas tradicionales o en la izquierda radical al uso. Qué fuera ese algo es lo que nunca ha sido explicado de una manera contundente. Del mismo modo que esta revolución encontró en seguida su Thermidor y quedó como un bello estallido utópico preñado de ingeniosos esloganes y de una bella épica anti autoritaria, el discurso y las condiciones de fondo que lo originaron han quedado también sepultadas bajo el peso de la evolución política de las democracias avanzadas. Lo pintoresco y novedoso del movimiento acabaría predominando sobre su influencia efectiva.
Es curioso que a la celebración de los 40 años de la rebelión estudiantil de Mayo del 68 se una el 50º aniversario de la publicación de La sociedad opulenta, de Kenneth Galbraith. Son dos acontecimientos que, en principio, no tienen una relación demasiado directa. Sólo en principio. Si profundizamos un poco, en seguida percibimos que el dibujo que en aquel libro nos hacía el economista canadiense conformaba el paisaje de fondo que acabaría por dotar de sentido a la fascinante revuelta parisina. No en vano, el mensaje fundamental del libro de Galbraith fue el haber alertado del error de considerar el crecimiento económico como un fin en sí mismo y como el núcleo de las políticas económicas, sin atender a otros factores más extensos. Si nos dejamos llevar, decía, por este mito de la "sabiduría convencional", perderemos de vista muchas de las importantes consecuencias no deseadas de esta ciega confianza en el crecimiento económico, como el deterioro del medio ambiente, el aumento de la desigualdad y la obsesión por un irresponsable hiperconsumo. De ahí que, para Galbraith, sólo fortaleciendo al raquítico Estado frente a una sociedad autorregulada en torno a un ethos puramente economicista sería posible recobrar el timón del cambio social para dirigirla hacia objetivos más humanos y más pendientes de la verdadera autorrealización del individuo.
Galbraith, a quien la revista Time le dedicaría la portada -¡precisamente en 1968!- bajo el título de ‘El gran mogol', supo anticipar con claridad lo que después preocuparía a los hijos más inquietos de esa sociedad opulenta. En un perfecto juego dialéctico propio del más dilecto marxista, la condición objetiva necesaria de la rebelión de mayo fue el asentamiento de la sociedad opulenta, la so ciedad del crecimiento económico ilimitado y el consumo de masas. Una nueva sociedad que, sin embargo, llevaba su antítesis, sus contradicciones, gravadas en sus genes. Aunque éstas sólo empezaran a ser perceptibles a través de la mirada y los sentimientos de esos nuevos jóvenes.
Lo que los sesentayochistas empezaron a intuir eran los límites de las condiciones en las que se organizaba el sistema. Sus promesas de mayor justicia y libertad chocaban con su experimentación de una realidad bien alejada de esos ideales, hipócrita y tozudamente autolegitimada en su superioridad frente al gran adversario socialista oriental. De ahí que su crítica fuera directa a la yugular del orden tardocapitalista, su casi exclusiva justificación a partir del bienestar económico. Y que se negaran a aceptar lo dado como lo único posible -"seamos realistas, pidamos lo imposible".
Frente al crecimiento puramente cuantitativo y el despilfarro, y ésta es otra idea del economista canadiense, reclamaron una nueva e imprescindible valoración de los elementos cualitativos que nos son negados por un sistema capitalista únicamente atento al beneficio y a la productividad. Fueron, pues, posmaterialistas sin saberlo, antes de que el sociólogo Ronald Inglehart diera con el término y el concepto. Del mismo modo que hoy los grupos antiglobalización, con su eslógan de "otro mundo es posible", ignoran que en gran medida son también posmayistas .
Desde luego, todo este discurso se fue enhebrando a partir de un molde intelectual marxista al que iban añadiendo nuevos tintes de gran originalidad. Es casi seguro que muy pocos de ellos habían leído a Galbraith. Lo habrían desechado como un mero reformista. Tampoco está claro que, contrariamente a sus correligionarios alemanes, hubieran conocido las provocadoras tesis de Herbert Marcuse o las de otros miembros de la Escuela de Frankfurt, aunque muchas de éstas encajaran como un guante en sus críticas y aspiraciones. Puede que, a pesar de sus farragosos escritos, los frankfurtianos estuvieran más cerca de la realidad de lo que muchas veces les hemos reconocido. Porque, en definitiva, gran parte de sus reflexiones giraban en torno a la imposibilidad de reconstruir dignamente el concepto de emancipación en la nueva sociedad tardocapitalista. En El hombre unidimensional (1964) y otros de sus escritos, Marcuse había dejado clara la imposibilidad de acceder a procesos revolucionarios en la nueva sociedad opulenta.
Sobre todo por la carencia ya de un sujeto revolucionario una vez transformado el proletariado en un objeto más de los supuestos beneficios consumistas.
Sin sujeto revolucionario y, fundamentalmente, sin capacidad para imaginar una firme base de oposición al sistema, éste se reproduce sin necesidad de tener que recurrir a la represión. Su capacidad para digerir cualquier oposición o disidencia revierte luego, a la postre, en un refuerzo de las normas sociales dominantes.
Cohn-Bendit y otros líderes sesentayochistas confiaron, no obstante, en que una alianza entre clase trabajadora y movimiento estudiantil sí podría romper la espina dorsal del sistema capitalista y alumbrar una nueva sociedad. El propio Marcuse, en medio de las revueltas estudiantiles que o bien anticiparon o siguieron a Mayo del 68, llegó a cobrar esperanzas en la posible aparición de un nuevo sujeto revolucionario, constituido esta vez por estudiantes e intelectuales. Los acontecimientos posteriores acabarían por dar la razón a su diagnóstico inicial. Esto ya lo sabemos. Lo que quizá más merece ser destacado de la influencia marcusiana reside ante todo en su curiosa combinación de elementos marxistas y freudianos. Como es sabido, el Freud de El malestar en la cultura ya había llamado la atención sobre la inexorabilidad de establecer dispositivos represores sobre nuestro patrimonio libidinoso. Parafraseando de forma casi literal a Hobbes, había establecido que la vida en sociedad sólo es posible a partir de la represión de nuestra líbido, de nuestras pasiones, mediante diferentes mecanismos de sublimación.
Pero que siempre habría que saber establecer un equilibrio entre la represión necesaria y la superflua. Marcuse recoge esta distinción para afirmar que en una sociedad como la nuestra, tecnológicamente desarrollada, se nos vende como represión necesaria lo que en realidad no es sino un mecanismo de legitimación del orden existente. Bajo las condiciones objetivas de una sociedad opulenta las posibilidades para la libertad y para una vida más plena y libidinosa están abiertas. El problema no reside tanto en dichas condiciones cuanto en nuestra propia capacidad para tomar conciencia de dicha posibilidad. Y ahí es donde los mecanismos del sistema tendrían una asombrosa eficacia, fundamentalmente a través de una cultura de masas manipuladora.