Tras un verano en el que han llegado más cayucos que nunca a las costas europeas, una avalancha que ha obligado a España, Italia y, por desgracia en menor medida, a la Unión Europea a tomar medidas de emergencia, la inmigración ilegal (en especial la subsahariana), que deja cientos, quizás miles de víctimas sin nombre cada año en el Atlántico y el Mediterráneo se ha convertido, como ustedes saben muy bien, en uno de los mayores problemas para el Viejo Continente. El Gobierno español, el más afectado por el fenómeno, presentó hace poco el Plan África, cuyo objetivo es trabajar con la UE y los propios países africanos para fortalecer la democracia y la seguridad en esta parte del mundo. Pero se lucha contra el tiempo. El reto es a corto plazo y la mayor parte de las soluciones, a largo. Ya en 2005 el Ejecutivo británico fijó unas prioridades similares en su Comisión para África. Los europeos hacemos bien en preocuparnos por lo que sucede al sur del Sáhara: tenemos el poder de influir en las oportunidades de la región para bien o para mal, y lo que ocurre allí acaba afectando a Europa.
Hasta la fecha, África no ha sido un entorno productivo. Ni el capital ni la mano de obra han sido capaces de generar rendimientos satisfactorios. ¡Hubieran preferido estar en cualquier otro lugar! El dinero ha sido mucho más volátil que los trabajadores, así que ha huido. Ya en 1990, casi el 40% de la riqueza privada de África se encontraba en el extranjero. Piensen en lo que esto significa. Esta fuga de capitales superó incluso a la de Oriente Medio, que debido a sus ingresos petroleros, colocaba mucho dinero fuera de sus fronteras. Los propietarios de la riqueza de África votaban con sus bolsillos en contra del entorno económico existente.
Los trabajadores no han tenido las mismas oportunidades para fugarse. Se quedaron en el continente en parte por los controles de inmigración en Europa y Estados Unidos, pero también por otros serios impedimentos. Uno de los obstáculos fue la ausencia de contactos en las sociedades de destino. La gente tiene más probabilidades de emigrar si algunos miembros de su familia lo han hecho antes. De ahí que el flujo migratorio actual dependa del volumen de la emigración en el pasado. Sin embargo, a los movimientos de capital no les afecta lo que haya ocurrido en etapas anteriores: los dólares no necesitan que otros dólares les envíen información y les ofrezcan acogida. Así, aunque se produjo una hemorragia de capital, hubo tan sólo un pequeño chorro de emigración porque no había un número suficiente de emigrantes previos para ayudar a los nuevos. Un segundo impedimento es que África ha sido la región con menos formación y aptitudes. En cierto modo, contra lo que pudiera parecer, la educación es uno de los mayores incentivos para que los trabajadores abandonen su país. La disparidad de ingresos entre África y Europa es más grande para los pocos africanos con aptitudes que para los muchos que carecen de ellas.
Estos impedimentos se han suavizado. El pequeño goteo de inmigrantes subsaharianos ha ido adquiriendo una fuerza y una dimensión considerables en nuestro suelo, creando una red de contactos. Además, tienen una mejor preparación y de este modo obtendrán más beneficios por ir a trabajar al Viejo Continente. Estos efectos se han visto agravados por otros cambios. La evolución económica de África ha seguido a la zaga de la europea, de manera que las desigualdades han crecido aún más. La incapacidad de las economías africanas para crear nuevos puestos de trabajo ha entrado en colisión con el rápido inc reme nto de su población, el mayor del planeta. Además, la globalización de la información ha expuesto a los jóvenes subsaharianos a un mundo de posibilidades que no pueden encontrar en sus países. La consecuencia es que la mano de obra intentará emigrar a escala masiva.
GANADORES Y PERDEDORES
Los más favorecidos por este fenómeno son los propios emigrantes. Al trasladarse desde sociedades empobrecidas a otras ricas, disfrutan de un fuerte inc reme nto de su renta, beneficiándose del capital acumulado y de las instituciones de los países de destino. El impacto sobre la sociedad de acogida puede ser desigual. En general, a los ciudadanos más ricos les viene bien la afluencia de trabajadores baratos, pero puede que los más pobres pierdan en términos de competencia salarial y en los servicios de protección social.
Los inmigrantes pueden mejorar el equilibrio demográfico en sociedades envejecidas, pero su presencia también tiene contrapartidas problemáticas: por ejemplo, a escala global suele asociárseles con un aumento de la delincuencia. Pero, ¿qué hay del efecto de la emigración en las comunidades que dejan atrás? Uno de los más positivos es que los trabajadores envían reme sas de dinero que tienden a elevar el nivel de vida y proporcionan un colchón a la economía frente a sacudidas adversas como una caída de los precios de las exportaciones. Sin embargo, también hay costes. Las sociedades africanas son pequeñas: el continente está mucho más fragmentado que otras regiones en desarrollo. Por ello, tienen serias carencias de personas con formación. Además, falta la masa crítica de élites educadas necesaria para diseñar e implantar reformas económicas. Sus pobres políticas son uno de los factores que explican el fuerte éxodo humano y financiero que se avecina. Esto genera una tensión entre el individuo y las consecuencias sociales de la emigración. Colectivamente, los africanos que poseen una educación, con toda probabilidad, preferirían quedarse en su país y transformarlo en un entorno productivo donde todos se ganen la vida con dignidad. Pero nadie con un cierto nivel de formación se plantea esta elección. La decisión individual es más simple: quedarse en un paisaje sin salidas o emigrar. Aunque si los que poseen mayor bagaje y recursos se van en masa, la presión política para que se produzcan las reformas podría no darse nunca. De hecho, las reme sas de divisas llegarían a debilitar aún más el empuje necesario para que se acometan esos cambios en la sociedad, dado que el nivel de vida se desvincula de la productividad.
ALGO MÁS QUE AYUDA
¿Cuáles son las consecuencias para Europa en general y para España en particular? La distancia es un factor importante en la emigración: por razones obvias la gente prefiere ir al lugar más cercano en el que los ingresos sean altos. Europa es la región rica más próxima a África, de modo que los subsaharianos tienden a ir a ella de forma desproporcionada. Este mismo argumento coloca a España en primera línea.