La gran diferencia en cuanto a las tasas de natalidad entre los individualistas seculares y los conservadores religiosos o culturales augura un enorme cambio demográfico en las sociedades modernas. Analicemos los datos demográficos de Francia, por ejemplo. Entre las mujer mujeres es nacidas a principios de los 60, menos de un tercio tienen tres o más hijos. Pero esta clara minoría de francesas (la mayoría de ellas supuestamente católicas y musulmanas practicantes) engendraron más del 50% de todos los niños nacidos de su generación, en buena medida por porque que demasiadas de sus coetáneas tuvieron un solo hijo o ninguno.
Muchas personas de mediana edad sin descendencia pueden acabar arrepintiéndose de una opción de vida que está conduciendo a la extinción de su línea familiar, y, sin embargo, no tienen hijos o hijas con quienes compartir esa revelación. Los ciudadanos que sólo tienen un hijo pueden invertir muchos recursos en su educación, pero un niño sólo sustituirá a uno de los progenitores, no a los dos. Entretanto, los descendientes de los padres que tienen tres o más hijos serán mayoría en las generaciones subsiguientes, y también lo estarán los valores y las ideas que llevaron a sus padres a fundar una familia numerosa.
Se podría aducir que la historia, y en particular la historia de Occidente, está plagada de hijos que se sublevan contra sus padres. ¿No podrían mañana los europeos, incluso si son criados mayoritariamente en hogares patriarcales de mentalidad religiosa, convertirse en otra generación del 68?
La diferencia clave es que, durante la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, casi todos los segmentos de las sociedades modernas se casaban y engendraban hijos. Algunos tenían más que otros, pero la disparidad en cuanto al tamaño de las familias entre los religiosos y los laicos no era tan acusada, y la ausencia de hijos era algo raro. Hoy día, por el contrario, no tenerlos es común, e incluso las parejas que se animan suelen tener sólo uno. Por eso, los niños del mañana, a diferencia de los miembros de la generación del baby boom de la posguerra, serán, en su mayoría, descendientes de un relativamente limitado segmento de la sociedad conservador desde el punto de vista cultural. Lo cierto es que algunos miembros de la generación que está creciendo pueden rechazar los valores de sus padres, como ocurre siempre. Pero cuando miren alrededor en busca de compañeros secularistas y contraculturales con quienes hacer causa común, se encontrarán con que la mayoría de sus potenciales compañeros de viaje, casi literalmente, nunca llegaron a nacer.
Las sociedades desarrolladas están haciéndose cada vez más patriarcales, les guste o no. Además de la gran natalidad de los segmentos conservadores de la sociedad, la reducción del Estado de bienestar, como consecuencia del envejecimiento y el descenso de la población, concederá a estos elementos una ventaja de supervivencia adicional y, por tanto, estimulará aún más la natalidad. A medida que los gobiernos restituyan las funciones que una vez arrebataron a las familias, especialmente el apoyo a la tercera edad, la gente se dará cuenta de que necesita más niños para asegurar su vejez, y tratará de mantener los lazos con sus hijos inculcándoles valores religiosos tradicionales afines al mandamiento bíblico de honrar al padre y a la madre.
Las sociedades que hoy día son las más seculares y las más generosas con sus Estados de bienestar carentes de fondos serán las más proclives al renacimiento religioso y de la familia patriarcal. La población total de Europa y Japón puede descender de manera drástica, pero la restante, mediante un proceso similar al de la supervivencia del más fuerte, se adaptará a un nuevo entorno en que nadie pueda apoyarse en el gobierno para reemplazar a la familia, y en que un dios patriarcal imponga a los miembros de la familia eliminar su individualismo y someterse al padre.
¿Algo más?
La combinación de demografía, fertilidad y cultura ha generado un conjunto creciente de escritos e investigaciones. Para conocer cómo la evolución cultural puede afectar a la natalidad, se puede consultar la obra de Peter J. Richerson y Robert Boyd Not by Genes Alone: How Culture Transformed Human Evolution (University of Chicago Press, Chicago, 2005). Sarah Blaffer Hrdy ofrece datos sobre por qué el patriarcado puede ser necesario para mantener un buen nivel de nacimientos en Mother Nature: Maternal Instincts and How They Shape the Human Species (Ballantine, Nueva York, 1999).
Johan Surkyn y Ronny Lesthaeghe son dos destacados investigadores de la relación entre los valores culturales modernos y el descenso de la natalidad. Se puede consultar, por ejemplo, su artículo ‘Value Orientations and the Second Demographic Transition (SDT) in Nothern, Western and Southern Europe: An Update' (Investigación demográfica, abril de 2004). Para obtener información sobre el descenso de la fertilidad entre las élites en la historia, consultar ‘Fertility Control in the Classical World: Was There an Ancient Fertility Transition?' (Journal of Population Research, mayo de 2004).