En el sistema patriarcal no se puede aceptar a los bastardos y a las madres solteras porque minan la inversión masculina en la generación siguiente. Un hijo ilegítimo no adopta el nombre de su padre, y así éste tiende a no asumir ninguna responsabilidad. Por el contrario, los hijos legítimos se convierten en motivo de honor o vergüenza para sus padres y la línea familiar. La tesis de que los descendientes del matrimonio pertenecen a la familia del padre y no a la de la madre, aunque carece de base biológica, da a muchos hombres poderosas razones para querer hijos y para desear que éstos perpetúen su legado. El patriarcado también lleva a los hombres a seguir teniendo hijos hasta que nazca un varón. Otra clave de su ventaja evolutiva es que penaliza a las mujeres que no se casan y tienen hijos. Hace pocas décadas se las llamaba solteronas y se les tenía lástima por su infertilidad o se las condenaba por su egoísmo. El sistema hacía muy noble el incentivo de tomar esposo y convertirse en madre a tiempo completo, a falta de alternativas deseables.
Una sociedad organizada sobre esos principios puede degenerar en misoginia, y finalmente en infertilidad, como ocurrió en las antiguas Roma y Grecia. Pero mientras el sistema evite sucumbir a estas amenazas, producirá una cantidad cada vez mayor de niños, y supuestamente mejor criados que en las sociedades que siguen otros principios, que es lo único importante para la evolución.
Esta afirmación es polémica. Después de todo, hoy día asociamos el patriarcado con el abominable abuso de mujeres y niños, con la pobreza y los Estados fallidos. Los rebeldes talibanes o las lapidaciones de adúlteras en Nigeria nos vienen a la mente. Sin embargo, éstos son ejemplos de sociedades inseguras que han degenerado en tiranías masculinas y no representan la forma de patriarcado que ha logrado la ventaja evolutiva en la historia. En un verdadero sistema patriarcal, como en la Roma de los primeros siglos o en la Europa protestante del siglo XVII, los padres contaban con poderosas razones para tener un profundo interés en los hijos a los que sus mujeres daban a luz, porque cuando los hombres se ven a sí mismos, y son vistos por los demás, como defensores de una línea patriarcal, la forma en que esos hijos se conducen afecta a su propio honor y categoría.
Además, también aumenta la inversión maternal en los hijos. Como ha observado la economista feminista Nancy Folbre, "el control patriarcal sobre las mujeres tiende a aumentar su especialización en la función reproductiva, con importantes consecuencias, tanto para la cantidad como para la calidad de sus inversiones en la generación siguiente". Supuestamente, entre esos efectos se encuentra la existencia de más niños que reciben más atención de sus progenitoras, quienes, disponiendo de muy pocas otras vías para dar sentido a su vida, pueden dedicarse más de lleno a mantener a sus hijos seguros y sanos. Sin por ello insinuar la adhesión a esta estrategia, hay que reconocer que una sociedad que ofrece a las mujeres básicamente tres opciones -hacerse monja, convertirse en prostituta o casarse y tener hijos- tiene una forma muy efectiva de reducir el riesgo del declive demográfico.
EL PATRIARCADO Y SUS DESCONTENTOS
El patriarcado puede disfrutar de ventajas evolutivas, pero nada ha podido garantizar la supervivencia de ninguna sociedad de este tipo en concreto. Una razón de ello es que los hombres pueden hartarse de las exigencias de ese sistema. Los aristócratas romanos, por ejemplo, a la larga se mostraron tan reticentes a aceptar las cargas de sacar adelante una familia que César Augusto se vio obligado a aprobar unos gravosos "impuestos para los solteros" o a castigar a aquellos que no se casaran. El patriarcado puede tener sus privilegios, pero éstos pueden desvanecerse ante las alegrías de la soltería en una sociedad deslumbrada por el lujo: noches amenas en banquetes con amigos hablando de deportes, de historias de guerra o filosofía, o con seductoras amantes.
Las mujeres, por supuesto, también tienen motivos para hartarse del patriarcado, sobre todo cuando los propios hombres ya no respetan sus obligaciones. La historiadora Suzanne Cross señala que, en el transcurso de las décadas de las guerras civiles romanas, las mujeres de todas las clases tuvieron que aprender a vivir sin los hombres durante periodos prolongados, y desarrollaron un nuevo sentido de individualismo e independencia. Pocas jóvenes de las clases más altas accedieron a casarse con un marido maltratador. El adulterio y el divorcio proliferaron.
A menudo, lo que sustenta a la familia patriarcal es la idea de que sus miembros mantienen el honor de una dinastía noble y dilatada. Sin embargo, una vez que una sociedad se hace cosmopolita, vertiginosa y se llena de nuevas ideas, nuevas gentes y nuevos lujos, ese sentido del honor y de relación con los ancestros comienza a desvanecerse, y con ello toda necesidad de reproducción. "Cuando en el pensamiento común de las personas muy cultivadas tener hijos comienza a plantearse como una cuestión de pros y contras", señaló una vez el historiador y filósofo alemán Oswald Spengler, "se produce el gran punto de inflexión".
EL RETORNO DEL PATRIARCADO
Sin embargo, ese punto de inflexión no significa necesariamente la extinción de una civilización, sólo su transformación. A la larga, por ejemplo, las familias nobles, seculares y estériles de la Roma imperial fue ron desapareciendo, y con ellas la idea de Roma de sus ancestros. Pero lo que un día fuera el Imperio Romano siguió poblado. Lo único que cambió fue la composición de la sociedad. Casi por defecto, quedó compuesta por nuevas unidades familiares muy patriarcales, hostiles al mundo secular y cuya fe les imponía, bien extenderse y multiplicarse, bien ingresar en un monasterio. Con estos cambios, nació una Europa feudal, pero éste no fue ni el final de Europa ni el final de la civilización occidental.
Podríamos ser testigos de una transformación similar durante este siglo. Hoy en Europa, por ejemplo, el número de hijos y las circunstancias en que se tienen son aspectos profundamente ligados a las creencias individuales respecto a una amplia variedad de actitudes políticas y culturales. Por ejemplo, ¿no confía usted en el Ejército? Entonces, de acuerdo con los datos de un estudio, recabados por los demógrafos Ronny Lest-haeghe y Johan Surkyn, usted tiene menos posibilidades de estar casado y tener hijos -o de llegar a hacerlo- que aquellos que dicen no tener ninguna objeción. ¿Le parecen aceptables las drogas blandas, la homosexualidad y la eutanasia, y va poco a la iglesia (si es que ha ido alguna vez en su vida)? Quienes contesten afirmativamente a estas preguntas tienen muchas más posibilidades de vivir solos o cohabitar sin tener hijos que quienes contesten "no".