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FP, Foreign Policy edición española 14 FP, Foreign Policy edición española

El retorno del patriarcado

por Phillip Longman
FP, Foreign Policy edición española nº 14, Abril/Mayo 2006

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Las familias con un solo hijo están más expuestas a la extinción. Un hijo único sustituye a uno de sus progenitores, pero no a los dos. Y esos hogares tampoco contribuyen mucho a la población futura. El 17,4% de las mujeres del baby boom sólo tuvieron un hijo. Sus descendientes constituyen sólo el 7,8% de los niños nacidos en la siguiente generación. Mientras, casi una cuarta parte de este grupo desciende de las mujeres que tuvieron cuatro o más hijos (el 11% del total).
Estas circunstancias están conduciendo al surgimiento de una nueva sociedad cuyos miembros descenderán, en su gran mayoría, de padres que rechazaron las tendencias sociales que hicieron norma la ausencia de hijos y las familias pequeñas. Entre estos valores se encuentran la adhesión a una religión tradicional y patriarcal, y una pronunciada identificación con la nación o el pueblo.
Esta dinámica contribuye a explicar, por ejemplo, el acercamiento gradual de los estadounidenses a los fundamentalismos religiosos. Entre los Estados que votaron a Bush en 2004, las tasas de natalidad son un 12% más elevadas que en los que votaron a Kerry. Esto también puede contribuir a explicar la creciente resistencia popular al baluarte del liberalismo secular que es la UE. Resulta que los europeos con más posibilidades de definirse como "ciudadanos del mundo" son también aquellos con menos posibilidades de tener hijos.
¿Significa esto que las sociedades progresistas, pero de lenta reproducción, se enfrentan a la extinción? Probablemente no, pero sólo porque están ante una espectacular transformación de sus culturas por motivos demográficos. Como ha ocurrido muchas veces antes en la historia, se trata de un cambio que se produce cuando los elementos seculares y libertarios de la sociedad no consiguen reproducirse, y cuando las personas que observan unos valores más tradicionales y patriarcales heredan la sociedad por defecto.
Remontándonos como mínimo a la Grecia clásica, muchos miembros sofisticados de la sociedad acabaron convenciéndose de que invertir en los hijos no traía ninguna ventaja. Por el contrario, éstos llegaron a considerarse como un oneroso impedimento para la realización personal. Pero, aunque estas actitudes motivaron la desaparición de muchas familias, no condujeron a la extinción de toda la sociedad: mediante un proceso de evolución cultural, resurgió un conjunto de valores y normas que pueden definirse, en líneas generales, como patriarcado.
POBLACIÓN ES PODER
En casi todas las sociedades de cazadores-recolectores que sobrevivieron el tiempo suficiente como para ser estudiadas por los antropólogos, tales como los esquimales y los bosquimanos de Tasmania, se pueden encontrar costumbres que, de una u otra manera, no estimulaban el crecimiento de la población. En sus varias combinaciones, entre ellas han estado el matrimonio tardío, el infanticidio y el aborto. Algunas sociedades primitivas de cazadores-recolectores también podrían haber limitado el crecimiento poblacional concediendo a las mujeres una posición social destacada. Permitir por lo menos a cierto número de ellas asumir funciones como las de sacerdotisa, hechicera, oráculo, artista o guerrera podría haber puesto a su alcance alter alternativas significativas a la maternidad y, de ese modo, haber reducido la fertilidad general hasta dentro de unos límites sostenibles.
Durante los miles de años antes de que surgiera la agricultura, había pocas razones militares, o apenas ninguna, para promover la elevada natalidad. La guerra y las conquistas podían traer pocas ventajas. No había graneros que saquear ni ganado que robar ni utilización de la esclavitud excepto para cometer violaciones. Pero con la llegada de la revolución agrícola del Neolítico todo cambió. El cultivo de plantas y la domesticación de animales condujeron a un enorme aumento de las reservas alimentarias. El excedente hizo posible la aparición de las ciudades y permitió a más personas trabajar en proyectos como la construcción de las pirámides y el desarrollo de un lenguaje escrito. Pero el cambio más fatídico que trajo la revolución agrícola fue que convirtió a la población en un instrumento de poder. Dada la relativa abundancia de alimentos, cada vez más sociedades descubrieron que la mayor amenaza demográfica para su supervivencia ya no era la superpoblación, sino la despoblación.
En ese punto, en lugar de morir de inanición, las sociedades con una elevada fertilidad crecieron en fortaleza y número, y comenzaron a suponer una amenaza para aquellas con una natalidad más baja. Las tribus que se reprodujeron con rapidez se transformaron en naciones e imperios y arrasaron cualquier reducto de sociedad de cazadores-recolectores de lenta reproducción. Era muy importante que los guerreros fueran fieros y valientes, y, aún más, que hubiera muchos.
Ésa fue la lección que el rey Pirro aprendió en el siglo III a. C., cuando marchó con sus tropas griegas sobre la península Itálica y trató de vencer a los romanos. En un primer momento, ganó una gran batalla en Asculum. Pero fue "una victoria pírrica" y el monarca no tuvo más remedio que concluir: "Otra victoria así sobre los romanos y estamos acabados". Por parte de éstos, que por aquel entonces estaban reproduciéndose mucho más rápido que los griegos, no cesaron de llegar refuerzos, "como si manaran de una fuente, continuamente fluyendo de la ciudad", cuenta el historiador Plutarco. Ante la irremediable superioridad numérica de los romanos, Pirro acabó perdiendo, y Grecia, tras caer en una larga era de declive demográfico, finalmente se convirtió en una colonia de Roma. Al igual que las sociedades modernas y bien nutridas de hoy, tanto la antigua Roma como la Grecia clásica terminaron dándose cuenta de que sus élites habían perdido interés por las, a menudo, monótonas tareas de la vida familiar. "En nuestro tiempo, toda Grecia se vio azotada por la escasez de niños y por una disminución general de la población", se lamentaba el historiador griego Polibio hacia el año 140 a. C., justo cuando Grecia se rendía ante la dominación romana. "Ese mal fue creciendo sobre nosotros rápidamente y sin llamar la atención cuando nuestros hombres se dejaron pervertir por la pasión de la ostentación y el dinero, y los placeres de una vida disoluta". Pero, como con las civilizaciones de todo el mundo, el patriarcado, durante el tiempo que pudo subsistir, fue la clave para el mantenimiento de la población y, por ende, del poder.
¿PAPÁ SABE LO QUE TE CONVIENE?
Las sociedades patriarcales se presentan de varias formas y evolucionan. Lo que tienen en común son las costumbres y las actitudes que sirven para maximizar la natalidad y la inversión de los padres en la generación siguiente, entre ellas, la estigmatización de los hijos ilegítimos. Una muestra de cuánto terreno ha perdido el patriarcado en las sociedades desarrolladas es la creciente aceptación de los nacimientos fuera del matrimonio, que se han convertido en la norma, por ejemplo, en los países escandinavos.
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