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FP, Foreign Policy edición española 14 FP, Foreign Policy edición española

El retorno del patriarcado

por Phillip Longman
FP, Foreign Policy edición española nº 14, Abril/Mayo 2006

Número de páginas: 4
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La gente está optando en todo el mundo por tener menos niños, o ninguno. Los gobiernos están desesperados por frenar el proceso, pero su influencia termina en la puerta de la alcoba. ¿Están algunas sociedades destinadas a extinguirse? No. Lo más probable es que los conservadores hereden la Tierra. Nos guste o no, una creciente proporción de la generación venidera nacerá en el seno de familias que creen que "papá sabe lo que nos conviene".
Phillip Longman
Phillip Longman es investigador de la New America Foundation de Washington. Es autor de The Empty Cradle (La cuna vacía) , publicado por Basic Books (Nueva York, 2004).
Si pudiéramos vivir sin una esposa, ciudadanos de Roma, todos nosotros prescindiríamos de ese incordio", afirmó en el año131 a. C. el general, estadista y censor romano Quinto Cecilio Metelo, El Macedonio. Sin embargo, añadía, la caída del índice de natalidad exigía que los hombres cumplieran con su obligación de reproducirse, con independencia de lo irritantes que pudieran resultar las mujeres. "Dado que la naturaleza ha dispuesto que no podamos vivir cómodamente con ellas ni vivir de ninguna manera sin ellas, debemos velar por nuestra preservación en lugar de por nuestro placer personal", sentenció.
Con una población que se ha multiplicado por más de seis en los últimos 200 años, la mente moderna da por sentado que los hombres y las mujeres siempre engendrarán suficientes vástagos como para aumentar la especie, por lo menos hasta que se desencadene una plaga o se declare una hambruna. Es ésta una suposición que no sólo se ajusta a nuestra dilatada experiencia de una población mundial que crece cada vez más, sino que también se ve avalada por pensadores tan influyentes como Thomas Malthus y sus numerosos acólitos contemporáneos.
Pese a todo, durante más de una generación, las sociedades bien nutridas, sanas y pacíficas de todo el mundo han traído al mundo tan pocos hijos que no han podido evitar que la población disminuya. Esto es así a pesar de los espectaculares avances en cuanto a la mortalidad infantil, gracias a los cuales hoy día se necesitan muchos menos niños (sólo unos 2,1 por mujer en las sociedades modernas) para evitar la pérdida de población. Los índices de natalidad están disminuyendo muy por debajo de los niveles de sustitución en China, Japón, Singapur, Corea del Sur, Canadá, el Caribe, Europa, Rusia e incluso algunas partes de Oriente Medio.
Temerosos de un futuro en que los ancianos superen a los jóvenes, muchos gobiernos están haciendo lo posible para animar a la gente a tener hijos. Singapur está patrocinando eventos para facilitar los "contactos rápidos" entre hombres y mujeres, con la esperanza de que los ocupadísimos profesionales se conozcan para casarse y procrear. Francia ofrece generosos incentivos fiscales a aquellos que deseen fundar una familia. En Suecia, el Estado financia el cuidado diario de los niños para disminuir la tensión entre el trabajo y la vida familiar. Sin embargo, aunque esas políticas tan explícitas para fomentar la natalidad pueden animar a las personas a ser padres a una edad más temprana, existen pocas pruebas de que consigan que la gente tenga más hijos de los que había pensado. Cuando las condiciones culturales y económicas no estimulan la paternidad, ni siquiera un dictador puede obligar a nadie a optar por ella y multiplicarse.
La caída de la fertilidad es una tendencia recurrente de la civilización humana. ¿Por qué, entonces, no se ha extinguido la especie hace mucho tiempo? La respuesta es muy sencilla: por el patriarcado.
El patriarcado no significa simplemente que los hombres manden. De hecho, es un sistema de valores particular que no sólo exige que los hombres se casen, sino que lo hagan con una mujer de buena condición. Compite con muchas otras visiones masculinas de la buena vida, y sólo por esa razón tiende a producirse por ciclos. Sin embargo, antes de que degenere, es un régimen cultural que sirve para mantener unos índices de natalidad elevados entre la clase acomodada, y, al mismo tiempo, para maximizar la inversión de los padres en sus hijos. Ninguna civilización avanzada ha aprendido todavía a perdurar sin él. A través de un proceso de evolución cultural, las sociedades que adoptaron este sistema -que implica mucho más que la simple dominación masculina- ampliaron su población y, por ende, su poder, mientras que aquellas que no lo adoptaron fueron invadidas o absorbidas. Este ciclo en la historia de la humanidad puede ser abominable para los progresistas, pero está llamado a resurgir.
EL ‘BABY BOOM' CONSERVADOR
La histórica relación entre patriarcado, población y poder tiene profundas repercusiones para el momento actual. Como EE UU está constatando hoy en Irak, la población sigue siendo poder. Las bombas inteligentes, los misiles guiados por láser y los aviones no tripulados pueden extender hasta el infinito el violento alcance de una potencia hegemónica. Pero, en última instancia, suele ser el número de soldados sobre el terreno lo que da un giro a la historia. Incluso con una tasa de fertilidad cercana al nivel de sustitución, EE UU carece de la cantidad de personas necesarias para seguir desempeñando un papel hegemónico en el mundo, igual que el Reino Unido a principios del siglo XX. En el caso de países como China, Alemania, Italia, Japón y España, donde las familias con un solo hijo son la norma, la calidad del capital humano puede ser elevada, pero se ha convertido en algo demasiado escaso como para ponerlo en peligro.
La caída de la natalidad también es responsable de muchos problemas financieros y económicos que copan titulares. La financiación a largo plazo de la sanidad, de la Seguridad Social y los planes de pensiones privados tienen poco que ver con que las personas vivan más. El aumento de la esperanza de vida a edades avanzadas ha sido, en realidad, muy modesto. El descenso de la proporción de personas en edad productiva frente a jubilados se debe, sobre todo, a los trabajadores que nunca nacieron. Dado que los gobiernos suben los impuestos a una reducida población activa para hacer frente a la creciente carga que supone mantener a los ancianos, las parejas pueden concluir que están incluso en peores condiciones que sus padres para permitirse tener hijos, desencadenando un nuevo ciclo de envejecimiento y descenso de población.
La reducción de los índices de natalidad también cambia el temperamento nacional. En EE UU, por ejemplo, el porcentaje de mujeres nacidas a finales de los años 30 que no tuvieron descendencia se acercó al 10%. Sin embargo, de las que nacieron a finales de los 50, casi el 20% está finalizando su vida reproductiva sin haberla tenido. El enorme segmento sin hijos de la sociedad contemporánea, cuyos miembros proceden, en una gran parte, de los movimientos feministas y contraculturales de los 60 y los 70, no dejará ningún legado genético. Tampoco tendrá comparación su influencia emocional o psicológica en la próxima generación con la de sus padres.
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