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FP, Foreign Policy edición española 11 FP, Foreign Policy edición española

Las raíces europeas del radicalismo islámico

por Olivier Roy
FP, Foreign Policy edición española nº 11, septiembre 2005

Número de páginas: 2
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El problema deriva, pues, de abordar el islam en Europa en términos de diásporas . El radicalismo es una consecuencia patológica (y minoritaria) de la occidentalización, y no la expresión de la importación en Europa de culturas y conflictos procedentes de Oriente Medio. No es el diálogo con las autoridades del país natal de los inmigrantes lo que va a permitir, salvo en casos concretos, intentar hallar soluciones. Igual que el concepto de "diálogo de civilizaciones" no tiene en cuenta que no nos encontramos ante dos civilizaciones diferentes sino ante una crisis de la civilización, una crisis de la relación con la cultura. Cuando una religión, sea cual sea, se reconstruye al margen de la cultura, desemboca forzosamente en formas de radicalismo.
Una consecuencia de este análisis es que el multiculturalismo no tiene razón de ser. La cuestión no es si ha fracasado: de todas formas, sólo tiene sentido si existen culturas bien diferenciadas que permitan crear la base de un vínculo comunitario, y es precisamente ese vínculo lo que se distiende. Los radicales no son la vanguardia violenta de una comunidad islámica en Europa: son marginados. Nunca se han integrado políticamente ni han militado en serio en movimientos políticos, musulmanes o no; en concreto, ninguno ha pasado por los grupos asociados a los Hermanos Musulmanes y, en cambio, muchos han pertenecido brevemente a una organización fundamentalista apolítica, Jamaat ut Tabligh, que propugna -al contrario que aquéllos- una especie de separatismo cultural por el que los musulmanes vivirían aparte del resto de la sociedad occidental. La solución, consistente en llamar a los líderes comunitarios a que se opongan al terrorismo, no sirve de nada, porque es el propio concepto de comunidad social y cultural el que está en crisis.
En realidad, los únicos que viven verdaderamente la diáspora, es decir, los que viven en función de su país de origen, son los auténticos refugiados políticos (como los Hermanos Musulmanes de Oriente Medio y los miembros del FIS argelino o de la Nahda tunecina), que se rigen por una estrategia que busca el cambio de régimen en los Estados de los que proceden, aceptan la democratización y buscan apoyos en Occidente. El problema no lo causan ellos, sino los desarraigados.
Así pues, hay que abandonar el ángulo del multiculturalismo, no porque produzca efectos negativos (el radicalismo surge independientemente de cuál sea la política oficial, multiculturalista en el Reino Unido o los Países Bajos, asimilacionista en Francia), sino simplemente porque la propia evolución de las sociedades occidentales lo ha superado.
La segunda consecuencia es que la cuestión fundamental no es ya la inmigración (que está ahí), sino la reconstrucción del islam (o, mejor dicho, varios islam) en un contexto de occidentalización y desarraigo cultural. En la práctica, los dos modelos de gestión que han dominado Europa con respecto a la cuestión de la inmigración durante los últimos 30 años están en crisis: el modelo multiculturalista de los países del Norte, porque está basado en la idea de la perennidad de las culturas -cuando lo cierto es que están en situación crítica-, y el modelo francés, porque, hasta hace poco, ha pretendido ignorar la permanencia e incluso el fortalecimiento de la identidad religiosa. Y lo cierto es que la nueva generación se caracteriza por la búsqueda de esa identidad.
Cuanto más crítica es la situación de la cultura, más se reafirma la religión. Es preciso alejarse del concepto de choque de culturas de Huntington, porque parte de la adecuación entre religión y cultura, y eso es lo que ya no funciona. Hay que abordar esta disociación de la cultura y lo religioso y favorecer la aparición de un islam europeo. Ahora bien, aquí nos encontramos con un gran malentendido: para la opinión pública europea, un islam europeo quiere decir un islam liberal, feminista y abierto. Por supuesto que existe, y es el que propugnan algunos pensadores reformistas, pero no es precisamente el que buscan los renacidos ni los conversos. El despliegue del islam en Europa sigue las mismas líneas que el cristianismo, y eso, en este momento, no quiere decir la modernización teológica, sino la reformulación de los preceptos religiosos en función de valores conservadores (la vida, la familia, la moral...). En este sentido, los musulmanes coinciden muchas veces con una Iglesia católica que, sin embargo, rechaza su presencia en nombre de la identidad cristiana de Europa. Entre ellos existen todas las formas de islam posibles -liberal, conservador, reformado-, pero la tendencia dominante es el conservadurismo moderado.
La idea de que el islam europeo sea liberal tiene tan poco sentido como decir que el cristianismo europeo es, por definición, liberal. La rigidez de la Iglesia católica sobre los aspectos del dogma y los valores morales, así como el carácter reaccionario de los movimientos carismáticos protestantes en lo político y lo social, demuestran que el liberalismo no es una característica inalienable de la europeización. En realidad, las autoridades políticas no deben intervenir en el ámbito teológico (eso supondría el fin de la separación entre Iglesia y Estado), sino favorecer la autonomía religiosa del islam europeo respecto a las culturas de los países de origen. Sus contactos deben producirse con las demás religiones presentes en Europa, más que con los países de Oriente Medio.
En vez de negociar con las autoridades egipcias o paquistaníes sobre el papel de las madrazas o la formación de los imames, hay que fomentar la creación de lugares adecuados en Europa. Trabajar para que el islam sea una religión europea no consiste en discutir sobre los dogmas, sino en promover su autonomía y su integración como simple religión (y no como cultura) en una Europa que no sea multicultural, sino sencillamente diversificada.
La inmigración ha producido desarraigados y rebeldes en busca de una causa. Pero también ha fabricado clases medias, intelectuales y profesionales que sólo pretenden poder vivir como musulmanes y europeos: a ellos es a quien hay que dirigirse, más allá de las consideraciones estratégicas y de seguridad, porque encarnan el futuro.
¿Algo más?
Olivier Roy, uno de los grandes arabistas franceses, analiza el papel de la religión musulmana en la sociedad actual en Islam, terrorismo y orden internacional y en Después del 11-S: islam, antiterrorismo y orden internacional (ambos editados por Bellaterra, Barcelona, 2003). Fitna: Guerra en el corazón del islam (Ed. Paidós, Barcelona, 2004), del otro gran especialista francés, Gilles Kepel, es un relato perspicaz sobre cómo el conflicto de Irak ha destapado la guerra en el seno del islam. Dentro de las filas del islamismo, destaca la figura del polémico Tariq Ramadán, que defiende la existencia de una versión liberal en El islam minoritario: cómo ser musulmán en la Europa laica (Ed. Bellaterra, Barcelona, 2002) y El reformismo musulmán, desde sus orígenes hasta los Hermanos Musulmanes (también en Bellaterra, 2000).
Polémicos, aunque por motivos contrarios, son también los análisis del politólogo italiano Giovanni Sartori, enemigo acérrimo de la inmigración sin límites y del melting pot , en La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros (Taurus, Madrid, 2003), y de su compatriota, la periodista Oriana Fallaci, que, en su cruzada particular, asegura que "la colonización musulmana de Europa" pretende destruir la cultura occidental en La fuerza de la razón (Ed. La Esfera de los Libros, Madrid, 2004).
Olivier Roy es politólogo francés y director del Centro Nacional de Investigación Científica de París (CNRS, en sus siglas en francés). Autor, entre otras obras, de El islam mundializado (Ed. Bellaterra, Barcelona, 2003).
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