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Las raíces europeas del radicalismo islámico

por Olivier Roy
FP, Foreign Policy edición española nº 11, septiembre 2005

Número de páginas: 2
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Frente a lo que se cree, los jóvenes autores de los atentados islamistas que convulsionan Europa se vuelcan en una interpretación extrema del Corán, muy alejada de la religión tradicional de sus padres, que no es sino una expresión patológica de la occidentalización y de la crisis de la cultura musulmana tras su contacto con el Viejo Continente.
A los británicos les ha sorprendido comprobar que los terroristas autores de los atentados de Londres eran británicos de origen musulmán, bastante bien integrados. Se ha dicho que era un fenómeno nuevo. Pero no tiene nada de nuevo. Es evidente, desde hace años, que los terroristas islámicos que actúan a escala internacional (es decir, no los que se mantienen en un contexto nacional, como los saudíes, los iraquíes o los marroquíes, que actúan en su propio país) son producto de la globalización y la occidentalización del islam. Estamos más ante un proceso de radicalización interna de Europa que ante la importación europea de conflictos de Oriente Medio.
Resumamos las características de estos terroristas. Tienen una trayectoria occidentalizada : o son inmigrantes de segunda generación o llegaron jóvenes, como estudiantes, comerciantes o refugiados políticos. Están integrados, con frecuencia poseen la nacionalidad de un país europeo y, a veces, están casados con una europea. Hablan con soltura la lengua del Estado en el que viven. Pero, sobre todo, se radicalizan religiosa y políticamente en ese territorio de acogida. Son renacidos , según el modelo protestante estadounidense de los born-again : pocos proceden de una familia piadosa, y su vida es normal (con alcohol y mujeres) hasta que un día, de pronto, se acercan de nuevo a la religión, pero no al islam tradicional de sus padres, sino a formas muy fundamentalistas, como el llamado salafismo. Esta variante es la que atrae hoy a numerosos jóvenes de la segunda generación y a conversos. La presencia de estos últimos en las redes de Al Qaeda es un fenómeno muy extendido y minusvalorado por los observadores, porque demuestra que no es Oriente Medio lo que impulsa esta transformación, sino el atractivo del radicalismo religioso.
El acercamiento a la fe y la conversión al islam suelen realizarse dentro de un grupo de amigos, en un barrio generalmente habitado por inmigrantes, un campus universitario o incluso la cárcel. A pesar de lo que se cree, los jóvenes no se vuelven fanáticos en las mezquitas en las que predican los imames extremistas ni tampoco en las madrazas (escuelas religiosas) de Pakistán. Primero, se radicalizan y luego buscan un sitio en el que encontrar a personas que compartan sus ideas. En una palabra, la radicalización religiosa va unida a la búsqueda de la acción violenta, y el primer paso es la radicalización política.
Esta realidad contradice la visión habitual en Europa y plantea varios problemas. Aunque el paso al terrorismo sea un fenómeno muy minoritario (varios centenares de posibles terroristas y unos miles de voluntarios que participan en la yihad en todo el mundo), es un síntoma patológico de las mutaciones que experimenta la población musulmana en Europa. Por consiguiente, es preciso examinar las connotaciones políticas de esos cambios.
El primer problema es la falta de análisis pertinentes en Europa. Sigue viéndose el extremismo islámico como consecuencia de la importación de las culturas y los conflictos de Oriente Medio. Hasta tal punto que no existen respuestas apropiadas ni en el plano social y cultural ni en el de la seguridad. Se piensa en función de la diáspora y el multiculturalismo, pero ése es un punto de vista anticuado. Por ejemplo, en cuestión de seguridad, las autoridades consideran que hay redes nacionales , es decir, militantes vinculados a sus países de origen, que actúan en Europa de acuerdo con determinadas estrategias políticas. En Francia, a principios de los 90, se hablaba de la "trama argelina"; en los últimos tiempos, en España, se menciona la "trama marroquí", y en el Reino Unido, la "trama paquistaní". Sin embargo, si se examina la situación con detalle, se ve que los militantes tienen las mismas características y no actúan en función de objetivos marroquíes , paquistaníes ni argelinos . El responsable de los atentados de Madrid, el marroquí Yunis Mohamed Ibrahim Al-Hayari, murió el 3 de julio de 2005 en Riad mientras luchaba junto a grupos radicales saudíes (incluso se dijo que era el jefe de la rama local de Al Qaeda). Si hay más marroquíes implicados en España y más paquistaníes en el Reino Unido es, sencillamente, por el distinto origen de la inmigración en cada uno de esos países, no por una estrategia específica. Por otro lado, Al Qaeda no es una organización centralizada, estructurada y dirigida desde Pakistán: algunos grupos que actúan en su nombre son, en realidad, franquicias que utilizan el concepto y la marca, pero que se han radicalizado y organizado de forma local en Europa u otros lugares. El papel de Internet en la movilización y organización demuestra que nos encontramos ya ante un fenómeno de alcance desterritorializado, no de ámbito regional.
CRISIS DE IDENTIDAD
También se menciona el papel teórico de los conflictos en Irak, Afganistán o Palestina, pero ninguno de los terroristas es iraquí, afgano ni palestino de origen. ¿Qué pensar, por ejemplo, de los autores del atentado fallido del 22 de julio en Londres, entre los que había un etíope que se hacía pasar por somalí? El discurso contra la guerra da a Al Qaeda la capacidad de legitimar sus acciones. Mohamed Buyeri, el asesino de Theo Van Gogh en Holanda, no ha mencionado prácticamente nunca a Oriente Medio como justificación de sus actos, sino que insiste en hablar de blasfemias y la defensa del islam en general, en un entorno occidental que considera hostil porque la religión ha perdido su arraigo social y su presencia cultural y, por tanto, parece frágil y amenazada: la violencia -que no es la expresión de una identidad de origen- nace precisamente de una crisis de dicha identidad. Además, en casi todas las redes de Al Qaeda hay conversos (como Germaine Lindsay, en Londres) sin ningún lazo identitario asociado a Oriente Medio y que adoptan las causas de liberación nacional (Irak, Palestina) de la misma forma que lo hacía la extrema izquierda europea con Vietnam en los 60 y 70: una lucha por "la defensa de los pueblos oprimidos", "contra el imperialismo" y por "la revolución", pero carente de una estrategia concreta. Hoy se hace la yihad por la yihad , como en otro tiempo se hizo la revolución por la revolución.
Por último, el islam que reivindican los radicales, el salafismo, se opone de forma explícita a todas las culturas nacionales, incluidas las musulmanas, y defiende un credo depurado de toda influencia cultural y particularismo local. De ahí su posible atractivo entre jóvenes culturalmente desarraigados, como los musulmanes europeos de segunda generación. Efectivamente, el salafismo presenta ese desarraigo, no como una pérdida, sino como la oportunidad de reencontrar un islam puro, universal y verdaderamente internacionalista. Por contra, basta destacar que la población turca en Europa, que mantiene lazos muy estrechos con Ankara (por el uso de la lengua, la televisión y las asociaciones), no participa en el terrorismo, lo cual demuestra que, cuanto más fuerte sea el vínculo con el lugar de procedencia, menos radical es la religión que se practica.
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