En su altar era preciso sacrificarlo todo, y a ese horizonte apunta el escalofriante lamento de Felipe II ante la propagación de las ideas reformistas, cuando se dice dispuesto a aceptar la destrucción de sus reinos "antes que ser señor de herejes". Desde luego, cabría interpretar los episodios del Quijote según la clave nacionalista que utilizaron los autores españoles del tercer centenario y creer que Cervantes carece de intención precisa cuando hace que el morisco Ricote elogie la libertad de conciencia con la que se vive en otros países de Europa.
Pero cabe además la interpretación opuesta, en especial cuando se observa que Cervantes no fue autor de una única obra, sino de un poderoso universo literario en el que elabora y reelabora la totalidad de su experiencia, incluido el cautiverio en Argel, para descifrar el mundo en que vivió. Desde esta perspectiva, la alusión de Ricote a la libertad de conciencia, al igual que otras múltiples insinuaciones a lo largo de la novela, vienen a subrayar el convencimiento, a la vez erasmista y cervantino, de que cualquier alternativa en la que, como había hecho Felipe II, el poder contemple la destrucción en uno de sus extremos no es, en realidad, una alternativa, sino una afirmación indirecta de la superioridad de la propia causa. Una causa que, por lo demás, puede revestir los ropajes más variados, y no sólo el de las controversias teológicas que ensangrentaron Europa y el Mediterráneo durante los siglos XVI y XVII , con motivo de las guerras de religión y del simultáneo conflicto contra el turco.
La naturaleza fanática de la fe que Don Quijote profesaba en el ideal de la caballería andante, parodia o trasunto de otras creencias más mortíferas de su tiempo, no es así distinta de la que mantuvieron los colonizadores en las virtudes de la ciencia como expresión de una civilización superior, en cuyo nombre se sacrificó a miles de africanos. Ni tampoco era diferente de la fe que enarbolaban quienes imaginaron que una raza o una clase podían encarnar, por su misma condición, por su simple existencia, los ideales de emancipación y de progreso, promoviendo en consecuencia el exterminio de sus propios compatriotas. En realidad, tampoco se trataba de una fe alejada de la que hoy exige considerar Occidente y sus valores como un don irrepetible que la historia ha concedido a algunos pueblos, colocándolos por encima de los demás. La pretensión de propagar ese don sin reparar en sacrificios ni sufrimientos, de transformarlo en un fin de tal naturaleza que nunca podrá resultar mancillado por los medios, lo irá convirtiendo en lo que ya habría empezado a ser: un ídolo sediento de sangre que, al cabo, obligará a repetir, puesto convenientemente al día, el escalofriante lamento de Felipe II.
Abordado el Quijote desde esta clave, la conclusión se impone por sí misma: quizá se deba a Cervantes uno de los más bellos y concluyentes alegatos contra ese género de construcciones ideológicas que imaginan haber hallado el primer motor del comportamiento humano y de la historia, el argumento definitivo que explicaría la totalidad del pasado o que determinaría hasta los mínimos detalles del porvenir. Si la lectura nacionalista auspiciada por el tercer centenario dejó en la penumbra la aproximación de Cervantes al islam, la del cuarto no debería alentar una interpretación que, sin ser nacionalista, provoque sin embargo una tiniebla tanto o más impenetrable, en la que se puedan escuchar, como ya se han escuchado, apresuradas afirmaciones acerca del valor de la lectura y de que el simple hecho de leer un libro, cualquier libro, hace más libres a los hombres. ¿También Mein Kampf o el Manifiesto comunista? ¿También esos trabajos que, tras el final de la guerra fría, retomaron la más fatídica cantinela de los anteriores, que era la de augurar un futuro de inevitable conflicto, limitándose, acto seguido, a suministrar los instrumentos conceptuales -ahora ya no la raza, ya no la clase, pero sí la civilización- para que se desencadene? En cada uno de estos libros, en cada una de estas obras de género, se lleva a cabo una estilización de la realidad que reduce la imagen del mundo y de los seres humanos a un esquema o caricatura, que dice más de los autores que de la materia que pretenden reflejar.
Cervantes, por su parte, propone en el Quijote el trayecto inverso, concentrando la atención sobre la naturaleza abigarrada y multiforme de cuanto ofrecen los sentidos y recordando, con sabia socarronería, que cada caracterización del mundo o de los seres humanos es exactamente eso, una caracterización, a la que cabe oponer infinitas alternativas. Alternativas, sin duda, como las que sugieren contemplar el problema morisco desde la libertad de conciencia. Pero también como las que inspiran la conducta de un hidalgo enloquecido de La Mancha, obstinado en ver implacables enemigos en unos molinos de viento. Esto es, en unos objetos tan ajenos a su delirio como siempre lo estuvieron respecto de otros delirios no menos notables, tantos y tantos individuos a los que se ha venido tomando por integrantes de razas inferiores, de clases superadas por la historia o, según sostendría Samuel Huntington -autor de una saga de tanto éxito como la de Belianises, Felixmartes y Olivantes-, de civilizaciones inexorablemente condenadas a chocar.
¿Algo más?
Para quienes están a punto de embarcarse de nuevo o por primera vez en la lectura de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, es esencial la reciente edición dirigida por el académico Francisco Rico: Don Quijote de La Mancha, Edición del IV Centenario (Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, Alfaguara, Madrid, 2004), que pretende ser la definitiva y ha supuesto 10 años de trabajo. Son innumerables los estudios críticos sobre el Quijote. Entre los más interesantes destacamos los de Américo Castro, Martín Riquer y Daniel Eisenberg. De Américo Castro recomendamos El pensamiento de Cervantes y otros estudios cervantinos (obra reunida), editado por José Miranda (Trotta, Madrid, 2002). De Martín Riquer, Aproximación al ‘Quijote' (Teide, Barcelona, 1993), y de Daniel Eisenberg, Cervantes y Don Quijote (Montesinos, Barcelona, 1993), disponible online en http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/02449452090811053754491/index.html. Vida de Don Quijote y Sancho, de Miguel de Unamuno (última edición: Alianza, Madrid, 2004), Idearium español, de Ángel Ganivet (última edición: Diputación de Granada, 2003) y Don Quijote, don Juan y la Celestina, de Maeztu (última edición: Visor Libros, Madrid, 2004). Para más información , consulte la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantesvirtual.com).
José María Ridao, licenciado en Filología Árabe y Derecho, diplomático, ensayista y novelista, ha publicado recientemente La paz sin excusa: sobre la legitimación de la violencia (Tusquets Editores, Barcelona, 2004), en el que analiza los discursos de la violencia y la construcción del enemigo y la frontera. En Weimar entre nosotros (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2004) reflexiona sobre la cacareada incompatibilidad de los valores de Occidente y el islam, entre la democracia y determinadas culturas, frente a la tesis que Samuel Huntington expone en El choque de civilizaciones y la reconfiguración del Orden Mundial (Paidós, Barcelona, 1997). En la misma línea, el politólogo estadounidense publicó años después ¿Quién somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense (Paidós, Barcelona, 2004). Consulte también el artículo ‘El reto hispano a EE UU', de Huntington, en FP edición española