La celebración del tercer centenario del Quijote, en 1905, consagró una lectura nacionalista de la obra que contribuiría a dejar en la penumbra, entre otros múltiples aspectos, la aproximación de Cervantes al islam. Aunque la tendencia más constante entre los escritores españoles que, como Unamuno o Maeztu, respaldaron aquella conmemoración fue la de menospreciar al autor de la novela frente a sus propias criaturas (la de declararse quijotistas antes que cervantistas), no resulta raro encontrar en sus trabajos alguna referencia encomiástica a la participación de Cervantes en la batalla de Lepanto (1571) y al hecho de haber perdido la mano izquierda en el curso del combate contra los turcos.
Junto a estos someros datos biográficos, citados de pasada y casi siempre para avalar la condición de España como baluarte de la cristiandad, alguna mención a su cautiverio de cinco años en Argel (en aquel momento parte del Imperio Otomano), apresado por corsarios berberiscos, cerraría el breve capítulo dedicado al autor en la fecha en la que se cumplían 300 años de la aparición, no propiamente de la más universal de sus obras, sino tan sólo de su primera parte.

Investigaciones y estudios posteriores, en particular los emprendidos por Américo Castro con la publicación de
El pensamiento de Cervantes, en 1925, vinieron a poner de manifiesto que la relación del autor del
Quijote con el islam y la consecuente reflexión sobre el problema religioso, dentro y fuera de España, constituían un material sustantivo de su creación artística. Castro, en efecto, destacó la filiación erasmista de Cervantes, presente tanto en el fondo como en la ejecución formal de la novela. Al igual que el autor del
Elogio de la locura, Cervantes se refiere con ironía a los ritos eclesiásticos que han llegado a ocupar el lugar de la fe a la hora de juzgar la religiosidad, y no duda en realizar permanentes guiños al lector sobre la materia.
Reconstruyendo el contexto histórico en el que apareció el El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, y evocando la impresión que determinados episodios y la manera de tratarlos suscitarían en
Jose María Ridao, diplomático y escritor, es embajador de España ante la Unesco. Su último libro es La paz sin excusa: sobre la legitimación de la violencia (2004). el ánimo de quienes -contemporáneos de Cervantes- se reunían para escuchar las extravagantes aventuras de un hidalgo enloquecido y su escudero, resulta difícil imaginar que pudiera pasar desapercibida la audacia con la que el autor bordea el precipicio al enumerar lo que Don Quijote come en los días santos de los tres credos conocidos en la Península. O la carga de irreverente ironía de la que hace muestra al comparar un cambio de albarda entre dos mulos con la mutatio caparum, rito en el que los sacerdotes mudaban sus hábitos talares durante la celebración de la misa. O la implícita mención a la compra y venta de genealogías, del estatuto de limpieza de sangre, que incluye una significativa observación acerca de un personaje accidental, del que se dice que era "cristiano viejo muy antiguo". O tantas otras frases y comentarios que, como al descuido, siembran la totalidad del texto.
UNA REALIDAD COMPLEJA
Por lo que se refiere a la ejecución de la novela, una interpretación banal de las posiciones de Américo Castro, quien se exiliaría en Estados Unidos tras la Guerra Civil española, ha llevado a creer que la influencia formal de Erasmo de Rotterdam se dejaría notar, sobre todo, en el hecho de que Cervantes hiciera perder el juicio a su protagonista, como si pretendiese colocarlo en la estela del Elogio. La impunidad del loco frente al poder es una estrategia documentada desde los tiempos clásicos, de la que se vale el teólogo y de la que se valdrá también Cervantes.
Pero la novedad formal que aporta el humanista neerlandés, y que retomará el novelista, y con él toda una saga de escritores europeos, es la reivindicación de la estética del sileno, esto es, una suerte de estuche que representaba una figurilla monstruosa y en cuyo interior se disimulaba un objeto de valor. Frente a las obras ideadas según los taxativos requerimientos de un género preciso, ya fuese la novela de caballería, la morisca o la pastoril, la imitación del arte del sileno permitía optar por un texto proteico, ajeno a cualquier norma de composición. Erasmo publicará una colección de fábulas morales, los Silenos de Alcibíades, que obedecen a este propósito de transgresión de las pautas de género consagradas. Inspirándose en su estética, François Rabelais concebirá, por su parte, ese prodigio de libertad narrativa que es Gargantúa y Pantagruel . Y siempre como parte de la misma tradición, Cervantes ideará el libro de libros que es el Quijote, por el que hará transitar y quedar en entredicho la mayor parte de las convenciones y de los hábitos literarios de la época.
Lejos de tratarse de una mera opción estética, de una simple preferencia entre técnicas narrativas a disposición del escritor, la ruptura y transgresión de los géneros conllevaba entonces, y tal vez siga conllevando ahora, una crucial consecuencia ideológica, y es que permitía reflejar en la obra literaria la naturaleza abigarrada y multiforme de la realidad, contraponiéndola a la abstracta estilización exigida por los moldes novelísticos consagrados por la tradición o el gusto público. Don Quijote es, en efecto, un caballero andante, pero, a diferencia del arquetipo, no sólo debe atender a las altas misiones exigidas por su vocación, sino también a necesidades básicas como comer cuando aprieta el hambre, dormir bajo techo al llegar la noche, arrostrar las rudezas derivadas del impago de facturas o, incluso, alejarse del hedor que desprende su escudero tras el episodio de los batanes, cuando el miedo le jugó a su vientre una mala pasada.
Siempre coherente con este propósito de mostrar el contraste entre la realidad y su reseca idealización literaria, con esta voluntad de contrapunto, Cervantes hará desfilar por las páginas del Quijote una interminable galería de personajes que, al cabo, acabarán alumbrando la atmósfera de problemática verdad que destila la novela. Cautivos y esclavos que, al ser manumitidos por lo avanzado de su edad, resultan encadenados a una privación mayor y sin remedio; doncellas que no entienden por qué han de sufrir fama de crueles o altivas por no corresponder al amor de quienes ellas no aman; gitanas que son honradas y discretas o, en fin, familias de moriscos en las que unos miembros son cristianos sinceros y otros, en cambio, mantienen el apego a su antigua religión.
PARODIA DEL FANATISMO
Penetrar en la prodigiosa modernidad de la mirada cervantina exige tener presente que, como ahora, estaban fraguando en su tiempo unas ideas, unas prescripciones que, por un lado, conducían a un enfrentamiento inexorable con el turco y, por el otro, a la consolidación de sociedades inquisitoriales, en las que el diferente era convertido en extranjero. Y también como ahora, esta deriva, que provocaba inestabilidad entre imperios y que asfixiaba la libertad de los individuos atrapados en ellos, procedía de un insensato sobrentendido, como era el de creer que las decisiones de gobierno no debían estar guiadas por la defensa de intereses concretos, entre los que el respeto a la vida humana habría de ser el primero y más indiscutible, sino por la necesidad de afirmar la superioridad de la propia causa.