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FP, Foreign Policy edición española 7 FP, Foreign Policy edición española

Ningún país sin ayuda

por Colin Powell
FP, Foreign Policy edición española nº 7, febrero-marzo 2005

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En los últimos meses, a medida que se acercaba el final de la primera Administración Bush, mucha gente me pidió que resumiera los logros del presidente en política exterior a lo largo de los últimos cuatro años. De forma casi inevitable, sus preguntas se centraban en el 11-S y la guerra contra el terrorismo, los acontecimientos de Irak y Afganistán, el estado de las relaciones transatlánticas o las dificultades de las tareas de inteligencia. De forma casi inevitable, mis respuestas han intentado dejar clara la distinción entre los temas de este tipo, que suelen ocupar los titulares, y otros aspectos de igual o mayor importancia estratégica a largo plazo, pero que rara vez suscitan tanto interés.
Entre estos últimos, no hay ninguno más importante que el del desarrollo económico en las sociedades más pobres del mundo. Como escribió el presidente Bush en la llamada Estrategia Nacional de Seguridad, en septiembre de 2002, "un mundo en el que algunos viven en la comodidad y la abundancia, mientras que la mitad de la raza humana vive con menos de dos dólares diarios, no es justo ni estable". Ningún problema ha consumido tanta preocupación ni energía del Gobierno como éste.
Y ahora que George W. Bush se enfrenta a un segundo mandato, tiene intención de perseguir sus objetivos de desarrollo económico con el mismo empeño que ha hecho posible la liberación de Irak y Afganistán. El presidente ha dicho que pretende gastar el capital político obtenido gracias a la confianza del pueblo estadounidense, y el mundo puede estar seguro de que gran parte de ese capital lo va a gastar ayudando a sus ciudadanos más pobres.
Con ello, el presidente continúa el legado de John F. Kennedy, que, en 1961, creó en Estados Unidos el Organismo de Ayuda Internacional (USAID). Ayudar a las sociedades pobres a prosperar es uno de nuestros objetivos internacionales desde hace mucho tiempo. Sin embargo, obtener resultados de alcance y duraderos es más difícil de lo que los diplomáticos y economistas, en general, pensaban entonces. Ahora sabemos que la ayuda al desarrollo no sirve de nada cuando se concibe y se lleva a cabo como una actividad estrictamente económica. Cada vez está más claro que las actitudes políticas y las predisposiciones culturales influyen en la conducta económica de las personas, y que la historia ha determinado las instituciones económicas de las sociedades. Los factores externos, incluidas las condiciones de seguridad, también son un factor del progreso económico, sobre todo a medida que la globalización entrelaza cada vez más el destino de las naciones.
La primera Administración de George W. Bush tuvo muy en cuenta estas enseñanzas. Hemos visto que el desarrollo, la democracia y la seguridad están inextricablemente unidos. Hemos comprendido que es imposible aliviar la pobreza sin un crecimiento económico sostenido, para lo que es imprescindible que los políticos asuman con seriedad el reto de gobernar bien. Al mismo tiempo, no es posible sostener verdaderamente a las nuevas democracias, muchas veces tan frágiles, ni extender los valores democráticos, si no trabajamos con energía y prudencia para estimular el desarrollo económico. Y ningún país, por poderoso que sea, puede garantizar la seguridad de su población mientras la desesperación económica y la injusticia puedan mezclarse con la tiranía y el fanatismo.
El desarrollo no es un tema de política blanda, sino un aspecto fundamental de la seguridad nacional. Aunque es verdad que existe un vínculo entre el terrorismo y la pobreza, no creemos que la pobreza sea la causa directa del terrorismo. Pocos terroristas son pobres. Los líderes terroristas del 11-S eran hombres educados, muy alejados de las capas bajas de sus sociedades. Sí es cierto que la pobreza alimenta la frustración y el resentimiento y que los empresarios de la ideología pueden convertir esos factores en apoyo o aceptación del terrorismo, sobre todo en países en los que la pobreza va acompañada de falta de derechos políticos y libertades fundamentales.
La relación entre la pobreza y la falta de libertad no es casual. Aunque la existencia de recursos contribuye al desarrollo, no es inevitable que haya pobreza en países que poseen pocos recursos naturales. No hay más que pensar en Países Bajos y Venecia, antiguamente, o Singapur e Israel, en la actualidad: territorios pequeños y sin recursos naturales importantes, pero que no han padecido pobreza ni impotencia.
Las raíces de la pobreza están en la injusticia social y el mal gobierno que la consiente. La pobreza aparece y persiste cuando la corrupción es endémica y el espíritu emprendedor está ahogado, cuando la justicia fundamental que permite el Estado de Derecho está ausente. En esas condiciones, la pobreza es una agresión contra la dignidad humana, y en dicha agresión encontramos la semilla natural del odio.
Estados Unidos no puede ganar la guerra contra el terrorismo si no abordamos las raíces sociales y políticas de la pobreza. Queremos llevar a las personas que cometen actos de terrorismo ante la justicia, pero también queremos llevar la justicia a la gente. Queremos ayudar a otros a tener gobiernos representativos que ofrezcan oportunidades y justicia. Queremos liberar el espíritu humano para que la empresa, la inversión y el comercio puedan florecer. Este objetivo es un requisito social y político indispensable para que haya desarrollo sostenible y, además, el instrumento con el que podemos eliminar las estructuras de apoyo social del terrorismo.
El desarrollo no sólo es una tarea difícil y compleja, sino también muy amplia. La mitad de la población de este planeta, alrededor de 3.000 millones de seres humanos, vive en la indigencia. Más de 1.000 millones de personas carecen de agua potable. Dos mil millones no tienen servicios higiénicos ni electricidad. A pesar de la complejidad y enormidad del reto, lo hemos afrontado sin dudar y, para ello, estamos colaborando con otros países para reformar la política de desarrollo en todo el mundo. La Cumbre para la Financiación del Desarrollo que se celebró en Monterrey, México, en 2002, alcanzó un nuevo consenso sobre el tema. Es un acuerdo que suscribimos por completo y que se apoya en tres pilares: un compromiso común de favorecer el crecimiento económico encabezado por el sector privado, el desarrollo social y la gestión sensata de los recursos naturales, siempre sobre la base de un buen gobierno y el Estado de Derecho.
INCENTIVOS DE MERCADO

Los sistemas económicos funcionan mejor cuando hay igualdad de oportunidades, cuando las personas son libres de emplear sus aptitudes para ayudarse a sí mismos y a otros a prosperar. La ayuda puede ser un catalizador del desarrollo, pero los verdaderos motores del crecimiento son el espíritu emprendedor, la inversión y el comercio. Son lo que genera puestos de trabajo, y un empleo es la red social de seguridad más importante para cualquier familia. Para que la ayuda económica a los países en vías de desarrollo tenga éxito, debe formar parte de un sistema de incentivos al buen gobierno. La ayuda exterior realmente eficaz es la que consigue quedarse obsoleta. Si un país sigue necesitando ayuda año tras año, década tras década, se vuelve dependiente del auxilio de otros.
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