La costumbre, ya instaurada, de matar al mensajero que trae malas noticias, está diversificándose. Como ahora prácticamente todos somos mensajeros o intermediarios, hay que buscar responsables de que las cosas en determinados sectores vayan mal, para unos peor que para otros, claro. Ahora, en el mundo del arte actual parece que la responsabilidad de las malas exposiciones, de los malos artistas, de que el mercado esté como esté, de que no haya coleccionistas, de que los galeristas sean como son (¡y cómo son!), de que esto ya no lo entienda nadie, e incluso de otras cosas peores, la tienen -la tenemos- los críticos de arte y, cada vez más, los comisarios. Esto es en sí mismo una redundancia, pues en la actualidad, siendo trabajos, actitudes y cualificaciones distintas, casi todos los críticos son comisarios y casi todos los comisarios son críticos. Aunque, si lo miramos bien, hoy en día comisarios pueden ser y de hecho lo son: artistas, galeristas, profesores, poetas, funcionarios en general, gestores culturales, médicos, coleccionistas, periodistas..., es decir, son muchos los intrusos, en un territorio sin vallas ni puertas, que entran, hacen lo que quieren, y se van. No se puede entrar en sus territorios con la misma facilidad. Igualmente, del arte actual hoy todos opinan con rango científico, de expertos. Así, leemos recientemente los insultos y descalificaciones al comisariado especializado e incluso a los "llamados expertos del arte" vertidos por un historiador de la fotografía española, mediocre y con bastante mal gusto, que ha sido comisario, también mediocre, y por un escritor encumbrado mediáticamente y sobreprotegido por el sistema. Pero ellos juzgan desde su tribuna de marfil, desde las páginas de diarios sin derecho a réplica, y afirman que somos nosotros los que destruimos el gusto y el buen hacer de los artistas, los que confundimos al mercado, los que dictamos las tendencias... Nunca habría pensado tener tanta importancia ni tal responsabilidad.

Rodney Graham.
A Reverie Interrupted by the Police (detalle), 2003.
Cort. del artista y Donald Young Gallery, Chicago |
El trabajo del comisario no solamente es esencial para poner algo de luz, aunque a veces sea luz de gas, en un mundo complejo y en continua ebullición. El crítico que ejerce con honestidad y rigor es crucial para aproximar, para mediar entre el público, el autor y la obra. Tal vez la debilidad del comisariado estriba en que muchos que no son comisarios, que no son profesionales sino aficionados atraídos por el dinero y la aparente y engañosa facilidad del trabajo, se lanzan a comisariar sin pudor gracias a tener un amigo en tal institución, o a que, simplemente, en río revuelto ganancia de pescadores. Esa costumbre de que el artista se comisaríe a sí mismo, de que el ayudante del artista comisaríe la muestra del divo en el Reina Sofia, no tiene otro sentido más que el colega se gane una pastita. Pero lo haría mejor un comisario, alguien que sepa de museología, de arte, que haya visto alguna exposición, por lo menos. Así la imagen del comisario sería mejor, y la del arte actual también.