
James Balog. Transformation, Anima, 1993.
Cort.del artista |
No hace falta morirse para ser reconocido como un intelectual. De hecho, puedes morirte y que nadie se de ni cuenta. Al funeral de Karl Marx sólo asistieron once personas, sin contarle a él mismo (al que por cierto no reconoce ni el corrector automático de mi ordenador). Pero si algún famoso mediático se fija en ti, entonces es otra cosa. Y si no que le pregunten a los miembros de las asociaciones ciudadanas que llevan luchando por defender a los árboles (y de paso a los animales e incluso a nosotros mismos) de su destrucción desde siempre y que nunca salen en televisión y, por supuesto, sin que nuestro alcalde señor Gallardón se moleste en atenderles. Claro que si juntamos la modestia de estas asociaciones y la humildad de sus manifestaciones con los aires a lo Tutankamón construyéndose la pirámide que se gasta el alcalde lo comprendemos enseguida. Pero lo que se puede deducir de la estúpida situación que se vive en Madrid por quítame-allá-unos-miles-de-árboles-centenarios, nos sirve de ejemplo de los estilos y las ausencias que vive la sociedad española actual.
Cuando un miembro de la nobleza defiende a los árboles, y no es la duquesa de Medina Sidonia, hay que buscar alguna razón para devaluar su actitud. Pero sólo unos pocos pueden comprender que un árbol de más de cien años no tiene valor simplemente porque no se puede valorar económicamente, no crece con dinero, sino con el tiempo, con cuidados y con amor. Algo que el gobierno de Madrid no tiene (ni Ayuntamiento ni Comunidad, para que no discutan). Tienen dinero y están dispuestos a comprar miles y miles de brotecillos que morirán con la polución y la sequía. Pero se compran más, y si se mueren, se ponen macetas, y plantas tropicales, ¡será por dinero!
Vivimos en una incomprensión atávica por lo que significa y por quiénes son la cultura y los intelectuales. De hecho, hace poco la vicepresidenta del gobierno socialista realizó una cena para las mujeres de la cultura y la que salió en todas las fotos fue Ana Rosa Quintana, conocida por la revista que lleva su propio nombre, haber dado a luz a mellizos (¿o eran gemelos?) mas allá de los 40 años (por lo menos), y haber contratado negros para escribir libros firmados por ella, negros que además se dedicaron a plagiar, algo bastante común, por cierto. Esa es la cultura de este país, claro que con gobiernos anteriores las recepciones que se daba en el Palacio de Oriente al "mundo de la cultura" eran un circo en el que las fieras eran las folklóricas, con Carmen Sevilla y Marujita Díaz a la cabeza, seguidas por futbolistas, toreros y otras profesiones destacadas por su aportación al pensamiento, es decir, los auténticos protagonistas culturales. Hoy estarían Fernando Alonso y Beckham, con Mariñas y Karmele Marchante. La verdad, prefiero a los monos.
Así que, por favor, conceda el Congreso los derechos necesarios a los animales y quítenselos a esta panda de chupópteros que se quedan no sólo con el dinero y la fama, sino que además presumen de no leer, de no ir al cine, ni al teatro (¿pero sigue habiendo?) y ponen sus ganancias en el extranjero. Y dan una imagen penosa, por cierto, y es que no saben ni cómo se escribe glamour.
No sé quién se sorprende de que si estos son los intelectuales del mundo de la cultura, el resto de la población invierta sus ahorros en pisos para especular (el deporte nacional, además de esquiar en Baqueira, jugar al golf en alguna zona con restricciones de agua para el consumo humano, y correr en las autopistas los fines de semana, como Alonso ¡nuestro ídolo!) y en sellos, no sabemos para qué. Porque, sobre todo lo de los sellos, tiene un morbo que ni se puede contar. Así que yo, sinceramente, prefiero a los monos.