Podríamos decir que la proliferación de lenguajes plásticos
en el momento actual tiene alguna similitud con la antigua proliferación
de dioses paganos, mitos y ritos de pueblos supersticiosos. Entre pintura, dibujo,
fotografía, vÍdeo, instalación, performances, luz, sonido...
el público se divide y los expertos se agrupan por tendencias, mientras
los espacios artísticos se asemejan cada vez más a catacumbas y
lugares ocultos en los que se ofician las misas profanas en las que los artistas
hacen de supremos sacerdotes y los críticos de monaguillos, mientras que
el pan y el vino lo ponen las instituciones.
La religión oficial, la pintura, ha sido revocada como tal y ahora entre
los nuevos credos la fotografía no ha alcanzado ese carácter místico
imprescindible, mientras que la instalación no pasa de ser una especie
de superstición atávica. Es el momento del vídeo.

Bill Viola. Emergence, 2002 |
Curiosamente este nuevo y transgresor lenguaje artístico ha conseguido
vencer todas las dificultades, se colecciona y se disfruta masivamente. Y este
triunfo en gran parte se debe al éxito popular que las obras de Bill Viola
están teniendo entre el público de todas las edades. Naturalmente
hablo de las obras recientes de Viola, y no de sus obras experimentales del principio
de su carrera cuando sin duda trazó momentos culminantes en la utilización
del medio, algunas de las cuales sí se pudieron ver en París en
el Pompidou en la exposición Sons et lumières. Pero no, esas cintas
no son las que ahora se ven en la muestra que llega a Madrid, cargada de un resabio
de misa de domingo que se hace difícilmente aguantable. Naturalmente es
una muestra que ronda la perfección: perfecto montaje, perfecto silencio,
ejecución impecable, o tal vez habría que decir implacable. No parecen
vídeos de un artista actual, sino de un cineasta actual, entre Spielberg
y Coppola se mueve esta selección de imágenes en las que el artista
se empieza a sentir un auténtico clásico. Podríamos decir
que es al arte actual lo que las producciones de Hollywood al cine independiente.
Y como artista clásico asume el carácter grandilocuente, entregando
al vídeo en brazos de la pintura, haciendo buena la crítica de los
pintores a un género que "cuenta lo que siempre contó la pintura,
pero en movimiento", y en este caso a cámara lenta. El trabajo de
Viola adquiere un carácter de producción cinematográfica,
con actores, montadores, efectos, y toda una troupe que le aleja del artista actual
para situarle en la época de Miguel Ángel y del taller con aprendices,
ayudantes y un elenco a la medida de los encargos que el artista, el maestro,
recibía.
Siempre me ha parecido curioso el éxito de estos últimos trabajos
de un Viola místico que se enzarza en una lucha con la abstracción
y la figuración en busca de los orígenes de la creación.
Ahora sé algo que intuía desde hace años, se trata de la
religión, de un concepto religioso basado en la representación física
no simbólica de esa religiosidad y en una sistemática reinterpretación
de los clásicos, siempre con una belleza cada vez más kitsch en
primer plano. Y aquí tenemos a tirios y troyanos, a modernos y conservadores,
a radicales y transgresores, arrodillados ante sus vídeos en el más
absoluto de los recogimientos. Bill Viola, ora pro nobis.
En contra de lo que muchos pueden creer el arte actual es profundamente religioso.
Tal vez no sea profundamente católico, pero desde luego sí que es
profundamente religioso. Sea por alusión o por elusión, la religión
está presente en gran parte de la obra contemporánea, y no solamente
como reutilización de temas, iconografías o estructuras plásticas
utilizadas en cuadros religiosos clásicos, sino como una actitud que a
veces está enfrentada a lo que significa la religión y que por eso
mismo les hace ser más dependientes de esas creencias. Desde la religiosidad
como tema de un Andrés Serrano hasta la religión como actitud y
método en Gilbert & George (aunque su Dios sea otro Dios), hasta la
búsqueda de liturgias, ritos y autoflagelación de muchos artistas
del conceptual, como Abramovic, o Gina Pane, por citar solamente algunos casos
muy concretos. Pero están también los exvotos de Annette Messager
o de Christian Boltanski, y la memoria ritual de Sophie Calle... Y tantos
otros. Pero por el momento el gran sacerdote es un Bill Viola que parece haber
elegido al gran público, ese pacto con todos, un tanto beatífico,
en el que ese regusto con olor a incienso de las viejas catedrales, esa oscuridad
de misa, se acompaña con el obligado silencio de un público que
finalmente acepta el arte como sucedáneo de la misa del domingo. Bill Viola,
ora pro nobis. editor@exitmedia.net