
Richard Artschwager. Book, 1987.
Cortesía The Museum of Modern Art, MoMA,
Nueva York
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Muchas veces hemos oído esa frase amenazadora de "Yo perdono pero no olvido". El olvido es la muerte, es lo último, después del olvido ya no queda nada. Es lo más parecido a la ignorancia. Entre olvidar y no saber la diferencia no se puede sentir. Pero olvidar también puede significar sobrevivir, no implicarse, no dar la cara. Si no nos acordamos, si hemos olvidado, si ya no tenemos nada en nuestra memoria, entonces somos como vírgenes sin pasado. Pero hay muchos que tenemos una buena memoria, que nos acordamos de todo, lo que no implica ninguna amenaza, sino que esa memoria se convierte en patrimonio de conocimiento. El recuerdo del pasado, sobre todo del pasado inmediato, ese que todavía no se ha convertido en una historia oficial, es el más importante, pues nos ayuda a saber quiénes somos, por qué somos lo que somos y lo que tal vez, en otras circunstancias, hubiéramos podido ser. Recordar a los que no están es un deber, y un deber es saber cómo se fueron, porque ya no están, mientras otros quedaron. Sí, estoy hablando de la memoria histórica y de su recuperación, pero también intento definir esa buena memoria del artista que recuerda cómo y con quién empezó su carrera, aunque ya no esté entre sus iguales, quiénes fueron sus influencias, aquellos que no se nos quieren presentar como inmaculados frutos nacidos por generación espontánea e intervención divina. Esos artistas que saben, que recuerdan la historia del arte y que, sobre todo, conociendo el pasado, lo pasado, atienden a su tarea y no se olvidan de quiénes son ni de su responsabilidad social. Apelo también a la buena memoria de los críticos, los que deben ser más expertos, mejores conocedores de lo que pasó en los 60, en los 70, en los 80, antes y después, y sepan, por lo tanto, relacionarlo con lo de hoy, distinguir la copia, la imitación de los que no teniendo ni memoria ni conocimiento descubren el Mediterráneo a la primera oportunidad.
El recuerdo y el conocimiento es algo que no cotiza en el panorama artístico actual, por eso los que tienen buena memoria son mirados con miedo, como amenazantes llamas que saben, saben quiénes somos, de dónde venimos y qué queremos. Fomentar el conocimiento es recuperar la memoria, es aprender a vivir con nosotros mismos y con los demás, es un paso básico en la cultura, en el respeto a los demás y a nosotros mismos, es un gesto de dignidad. El olvido es justo todo lo contrario, y fomentar ese olvido, esa tabula rasa, es cortarnos parte del cerebro, de la inteligencia, y de nuestra, de todos, dignidad.