
Ester Partegàs. Barricades
(Tourists of Our Own Existence), 2006.
Cort. de la artista |
El balance final de la agitada estación veraniega de este año debería hacernos pensar un poco más seriamente y en profundidad a todos los que estamos en el mundo del arte como agentes activos, artistas, críticos, galeristas, supuestos teóricos, directores de museos y coleccionistas en general, sin importar tanto el reconocimiento internacional o la importancia en ese ranking mundial que, por cierto, siempre hacen los americanos. Lo más destacado de Venecia, Kassel o Münster, y ya de Estambul, Lyon y etc., es la cantidad de movimiento mediático que se genera a su alrededor, los precios que cobran sus comisarios, los presupuestos incomprensibles que cuestan estos eventos en los que cada vez es más difícil encontrar sentido al arte que se muestra. Hay quien ha escrito confundiendo ferias y bienales, quien ha declarado su sorpresa al no poder comprar nada de lo expuesto (directamente in situ) en la Bienal de Venecia y quien, sin reparos, y con más verdad de lo que él mismo cree, ha manifestado que el mejor de todos los eventos, el mejor por su contenido artístico, ha sido la Feria de Art Basel. Efectivamente, en términos de mercado es el mejor planteado, pero es que ni Kassel, ni Venecia, ni Munster, ni Estambul, o Lyon se plantean en términos de mercado. Evidentemente, es el más claro, y el que otorga unos rendimientos más altos, pero cada año son más cuestionables los parámetros de gran mercado absoluto de Art Basel, un lugar que no tiene ya una relación directa con lo que fue hace unos años. Antes era un mercado, por supuesto, pero un mercado serio y profesional, en el que tanto vendedor como comprador sabían lo que vendían, buscaban y comparaban. Este año, en los primeros diez minutos de apertura para coleccionistas y público especializado, ya se habían hecho ventas millonarias que sorprendieron hasta a los marchantes que repetían: "se está comprando a la americana: primero pagan y luego preguntan". Inconcebible para un mercado inteligente como siempre fue Basilea. Una estructura de mercado que apreciaba la inteligencia y el gusto y que ahora adora el glamour, el jet privado y a las estrellas de Hollywood.
Las Bolsas se tambalean y, aunque se siguen vendiendo horribles bolsos de Vuitton a 40.000 euros la pieza, el mercado del arte debe plantearse que hay una crisis que se acerca como el huracán Dean a las costas del arte.
Pero ¿y el arte? La rapidez y voracidad de un mercado que ha deglutido ya la idea de comisariado y se ha zampado a supuestos teóricos que sucumben ante la nueva cocina y a muchos de los artistas más brillantes que están mas pendientes de las cotizaciones de sus reventas que del estado de su taller, está socavando toda la estructura estética. Ahora Damien Hirst se asocia con Levi's para hacer pantalones vaqueros con cristal de Swarovski a 4.000 euros la pieza. Tal vez en alguna bienal o en la próxima Documenta se expongan y, por supuesto, Paris Hilton o Victoria Beckham se los compren por su gran afición al arte. La debilidad de ideas y, a veces, una estrepitosa ignorancia sobre el arte actual en sus diferentes orígenes geográficos, ha dado lugar a la Documenta más obtusa, débil en planteamientos, e inconsistente en montaje, catálogo y apuesta teórica de todas las que se recuerdan. La apuesta por un planteamiento radical del arte y su relación con la sociedad, basada en una ideología norteamericana ha dado lugar a la propuesta correcta museísticamente pero hueca ideológicamente del super yankee Robert Storr. Y los artistas, galeristas y publico en general hemos asistido a un planteamiento que sólo beneficia a las empresas hosteleras de las respectivas ciudades que, como Münster, ha pasado de sus apenas 250.000 habitantes a tener mas de 300.000 turistas en busca de la obra de arte perdida durante los tres meses de vacaciones. Con que cada uno de ellos coma un día, se tome un par de cafés y un refresco, calculen el beneficio de la ciudad. ¿A quién le importa el arte?