
Mierle Lederman Ukeles. Hartford Wash: Washing, Tracks, Maintenance: Outside, 1973 |
La desazón que nos produce la actividad confusa y la desolación de las salas de los museos, no encaja con esa nueva moda teórica de debatir cuál es, cuál debe de ser, el modelo del museo perfecto. Esta idea de trazar un perfil de museo perfecto nos parece, de entrada, prepotente y excluyente. Si partimos de la convicción de que lo perfecto no existe, pero que si existiera sería inevitablemente aburrido, la idea de crear un museo perfecto nos desalienta tanto como nuestros muy imperfectos museos, nos aburre tanto como estos encuentros endogámicos que pretenden dictar modelos de existencia. Por otra parte, crear este artificial debate a partir de un club de amigos, a los que en alguna ocasión has tenido trabajando para ti, es un juego un tanto sucio para que ese perfil de museo perfecto (y aburrido) se parezca al que dirige el inventor del asunto. Una de las conclusiones de las últimas reuniones de los directores de museos españoles con teóricos extranjeros, da un resultado extraño, una excepcional unanimidad en fomentar un modelo de museo vacío, sólo ocupado por unas etéreas ideas que flotan como fantasmas por sus salas vacías, salas en las que no hay público y en las que posiblemente, a no tardar, tampoco haya obras, sólo documentos. El público, el espectador, parece no tener nada que contar. Tal vez nos olvidamos de que los visitantes a los museos somos todos, pero que cada vez somos más nosotros, es decir sólo nosotros. La politización de todos (iba a decir la mayoría pero no son la mayoría, son todos) nuestros museos nos deja un paisaje aterrador. Porque politización no significa solamente que están sometidos a los intereses y vaivenes de unos políticos mayoritariamente ignorantes en materias culturales (no quiero pensar en qué más son ignorantes) que ponen y quitan directores, cambian exposiciones, líneas de actuación, usando el museo como si fuera su sala de juegos. Politización también se puede aplicar cuando los directores de algunos museos usan a éstos y en general a la cultura como una estrategia de poder público o de enriquecimiento personal. Politización debería considerarse también la idea de que el museo y sus contenidos afectan, interesan y se desarrollan para todos, para la polis, para el pueblo. Para todos nosotros, no sólo para ese nosotros que está integrado por los actores (artistas, críticos, directores de museos y políticos) y que hoy por hoy es el único que pasea por los museos, tal vez solamente el día de la inauguración.
Sí, claro, me dirán que se han publicado las estadísticas de asistencia a los museos y que al Reina Sofía, según fuentes oficiales (como en las manifestaciones) han ido 1.190.000 visitantes, y al MACBA 432.533, más que a su vecino CCCB. Son cifras, pero las letras lo que dicen es que en el MACBA nunca coincides con nadie cuando vas de visita, mientras que en el CCCB siempre hay alguien más que tú solo. El Reina Sofía es muy visitado, no sabemos si por colegios, domingueros, guiris, o gente que va allí para ver si es verdad que está a punto de cerrar. También me dirán que en el Patio Herreriano, en coma gracias a los esfuerzos de su Ayuntamiento en un ejemplo de lo que es la política cultural en España, ha tenido 52.872 visitantes en todo el año. ¡Qué éxito!, casi la mitad que en un campo de fútbol un domingo en el que no se llene el estadio. Y, claro, siempre nos queda el MUSAC, con M de milagro, pues ha conseguido en un año más visitantes, 182.000, que habitantes tiene León (en torno a los 140.000), algo parecido sucedió en las Bodas de Canaá. Eso sí que es un éxito.
Para qué sirven los museos, entonces. Para hacer política, casi siempre mala, en la que se benefician los políticos, sus partidos e individualmente aquellos que se encargan de definir cuál es el museo perfecto: aquél que te permita hacer lo que te parezca mejor, cobrando lo más posible. El público interesado puede viajar al extranjero porque tal vez su política de museos no sea mucho mejor, pero como no pagamos impuestos allí, casi no nos importa. Por cierto, el próximo editorial tratará de para qué sirve el suicidio.