Pero la situación cambió a finales del siglo pasado y principios del XXI. Es difícil mantener un anarquismo decimonónico cuando se vive en las autopistas, cuando usamos internet y queremos electricidad y calefacción en invierno; y el modelo se va mutando con nuevos ámbitos, el de la ecología, los disidentes, los antiglobalizadores que se oponen a un imperio económico mundial, etc. Antimilitarismo, antimultinacionacionales son algunas de las variantes a las que se ha asimilado el pensamiento libertario, y es que ahora, paradójicamente, no son tanto los estados los enemigos del pueblo sino las multinacionales que a veces parecen manejar a los estados, como las del petróleo, por ejemplo. De hecho, buena parte de los movimientos de izquierda ha utilizado en las dos últimas décadas la idea de que el estado del bienestar, lo estatal como público y de todos, ha de ser defendido frente a lo privado, entendiendo por lo privado el gran capital que maneja los mercados. De ahí la reelaboración que el anarquismo y sus diversas variantes está experimentando últimamente. Por un lado, la decepción de los sistemas de liberación con modelos represivos o estatalizadores, al estilo de los sistemas comunistas, sobre todo los que repiten el modelo estalinista, de modo que muchos seguidores de tales movimientos se han acercado con variantes al pensamiento libertario.
De otro, la necesidad de una organización social compleja, donde no son pocos los que consideran que es mejor cambiar lo que se pueda dentro, en los entresijos del Estado, desde la altura de las instituciones, como hicieron los ilustrados en parte. El aserto de Feuerbach según el cual uno piensa según come o habita una choza o un palacio, no siempre se cumple, para empezar, con los mismos Marx y Engels, que eran burgueses. Y es que hoy son miles los anarquistas que pertenecen al Estado como funcionarios, que pagan los impuestos y hasta algunos cumplen meticulosamente las leyes. Esas sociedades complejas hacen que no sea fácil, como nunca lo fue, distinguir lo que es bueno de lo malo, al amigo del enemigo, y que sean posibles los híbridos. Los que luchan contra la neoesclavitud que se hace con los inmigrantes no legalizados, precisamente porque viven al margen de la ley -¡todo lo contrario del modelo de libertad de Schiller en Los bandidos!-, los que se unen a los grupos feministas, grupos ecologistas, grupos alternativos en general, incluidos grupos religiosos de tipo cristiano próximos a la teología de la liberación o en línea con el anarquismo de Tolstoi, críticos con la estatalización religiosa, donde se buscan las posibilidades de desarrollar diversos modos de sociedad y no sólo uno.
Todo ello hace que los enemigos tópicos del anarquismo: el Estado, la propiedad privada y Dios, se vean reinterpretados; pocos quieren hoy un comunismo sin ningún tipo de propiedad privada; el Estado puede servir, si es pequeño y responde más o menos a los deseos de sus ciudadanos, a hacer frente a las multinacionales o a los otros estados de tipo imperial, estilo EEUU, o Dios puede ser un aliado que sacralice la libertad, como Ser máximamente libre al que el hombre ansiara emular.
Así, la violencia institucional no se da hoy tanto en las libertades individuales entendidas como derechos del hombre, sino en el mercado, en las imposiciones de las multinacionales, los grandes grupos de opinión que se camuflan como empresas de información , la cibercultura, donde el planeta depende de muy pocas empresas (Microsoft, IBM...), los partidos políticos que forman una elite al margen de la ciudadanía y tergiversan la voluntad popular por medio de la demagogia, etc. Las aportaciones de Chomsky o Ivan Ilich, unidas a las de Foucault, han conducido a otros modos de pensar que resultaban inviables para los ácratas del siglo XIX. Lo cual no impide que siga la estética de la violencia heredada del siglo XIX, los okupas, los que bajo banderas anarquistas, con indumentaria rota y normalmente sucia, quieren, rompiendo escaparates y farolas de alumbrado público, o quemando papeleras, hacer notar que otros modos de vivir son posibles; generalmente logran más rechazo por parte del pueblo -hoy aburguesado en su mayor parte y que no gusta que se destruya lo que todos pagan, lo público, lo que es de todos- que su adhesión, consiguiendo un antiefecto.
A partir del los atentados de fanáticos islámicos del 11 de septiembre en EEUU, con el comienzo de siglo, el mundo se ha vuelto a dividir entre el imperio que cree legítima su fuerza, como si fuera el templo de las libertades, y los que desde una religión, con modos fanáticos, se arrojan a la lucha contra ese primer mundo que teje los hilos prescindiendo de ellos y aun contra ellos, por medio de las instituciones pero desde las puertas traseras de éstas. Los que consideran que el mundo no es blanco sólo ni sólo negro, sino que hay matices, tienden a verse represaliados en la polarización entre bandos nítidamente definidos. Aquellos que desean el bien común, mejorar el sistema para todos, pueden verse conducidos por éste a posiciones inviables, si no son corrompidos por las ventajas del sistema o por las riquezas. Sin embargo, al igual que Jünger propone el emboscado como individuos a lo Stirner capaces de luchar pese a que todo parezca desmoronarse alrededor, hay muchos que siguen opinando y haciendo. El problema del hacer es por qué medios puede hacerse, aparte de las manifestaciones, de la prensa, la opinión -en parte secuestrada por las grandes empresas de comunicación.
Y es que un hacer contra la versión única del Imperio puede considerarse como terrorismo; así el ciberterrorismo -a veces simplemente anarquistas cibernéticos-, o la represión de la libertad de expresión por medio del espionaje en internet o en los teléfonos, además de las opiniones de los medios de comunicación de masas. Cierto que la violencia de ETA, inicialmente apoyada por algunos anarquistas cuando se luchaba contra Franco y el estamento militar, aunque usa de la estética mítica de la violencia propia de los nacionalismos románticos, no parece justificable en un estado democrático en el que la opción independentista puede ejercitarse por medio de las urnas y por medios pacíficos. Del mismo modo, los fundamentalistas islámicos justifican la violencia por medio de la religión - la estética de lo sublime a la que alude Jon Juaristi, aplicando las aportaciones de E. Burke al terrorismo vasco, une lo político a lo religioso-. Pero el revolucionario del siglo XXI no parece que tenga posibilidades de triunfo por la línea violenta, ni que ahora mismo tenga tal sentido en sociedades donde la opinión sigue siendo libre, al menos de modo particular, y por ello ha de repensar su papel y ver si sus aportaciones pueden ser parciales o totales y en ese caso construir, aunque de modo provisional y sin creérselos como dogmas, esquemas intelectuales, de asociación y de actuación -véase el ejemplo de Greenpeace- adecuados al mundo que hoy vivimos. Pensar que hay que demoler todo el sistema ya resulta difícil, porque se nos cae encima y de los escombros se tiende a reconstruir lo mismo, y porque tras los excesos iconoclastas, como ocurrió en Bizancio con los destructores de iconos, resurge la creación que se resarce de la destrucción, como si lo positivo tuviera que prevalecer siempre por encima de la negación, la creación sobre la destrucción.