La estética de la violencia, del héroe revolucionario, del bienintencionado que no halla otro medio de cambiar las cosas que por la lucha abierta, produjo una gran ola de atentados en buena parte de Europa, pero de modo especialmente eminente en Rusia y en España. No son pocas las novelas que retratan a los anarquistas de aquella época. En algunos casos, cuando se trata de un frío cálculo el que motiva el atentado, puesto al servicio del pueblo, entendiéndolo como una ejecución de un ejecutor, como es el caso de jueces que condenaban a muerte a compañeros anarquistas y a los que se atentaba; su justificación era que no hacían sino cumplir la ley, como si la ley fuera más sagrada que los hombres que las hacen; como si no hubiese obligación de rebelarse ante ciertas leyes; como si uno no tuviese autonomía moral y no fuera sino un títere en manos de otros. Sin embargo, los excesos revolucionarios, los ejecutores sanguinarios y la violencia fuera de control motivaron muchos rechazos, como los que recibieron los nihilistas rusos, por ejemplo, incluso por parte de quienes estaban de acuerdo en cambiar el estado de opresión por medio de la revolución. Así lo refleja Dostoievski, a partir de su experiencia personal como revolucionario, en Los Demonios. No muy diferente es la novela de Baroja, Aurora roja, describiendo los grupos anarquistas y su predisposición a la violencia, así como el problema de las delaciones, los infiltrados, la represión y el hecho mismo de atentar. Hubo anarquistas que decidieron no soltar la bomba porque había niños que se verían dañados, pero otros se justificaron atrozmente, lo mismo que se cree justificar el militar que bombardea una ciudad y elimina, junto a sus enemigos, a unos cuantos inocentes. El horror causado por los atentados logró un doble efecto, junto con las revueltas callejeras que terminaron siendo revoluciones. Por un lado, el rechazo de las salvajadas por parte de los que simpatizaban con anarquistas, liberales, socialistas, etc.
Y por otra parte, la consecución de ciertos logros. No sólo fueron útiles los análisis de Marx y Bakunin al respecto sobre la evolución histórica, ese mito del progreso, por medio de revoluciones y violencia, método propio de la dialéctica hegeliana. Sin revoluciones, sin sangre, el Antiguo Régimen no hubiera cambiado caritativamente para compartir sus poderes con los burgueses. Sin revoluciones, atentados y sangre, los estados no se hubieran ido liberalizando. Aunque la sangre sin las ideas que la justificaban nada hubiera logrado por sí sola, no está tan claro si las ideas publicadas y asumidas hubieran cambiado por sí solas al pueblo y a los gobernantes que participaban en mayor o menor medida de ellas (no hay que olvidar la estirpe nobiliaria de Bakunin o el rango principesco de Kropotkin, así como los monarcas y nobles ilustrados que lucharon para cambiar un mundo en el que eran privilegiados, aunque minoría dentro de esa minoría).
El resultado fue el advenimiento de la sociedad del bienestar en la que pretendemos vivir casi todos. Se descubrió que conceder era una manera de evitar las tensiones revolucionarias, pues la violencia institucional, al acendrar los ánimos y provocar nuevas injusticias, quedaba más patente como aplastamiento injusto de la voluntad popular. Convertir los estados en una tibia mezcla de socialismo (seguridad social, leyes laborales, jubilaciones, paro... estado-padre, como en el marxismo de la dictadura del proletariado), anarquismo (en las costumbres, moralidad, modo de vida, libertad de expresión), liberalismo (económico y parlamentario, etc.), y capitalismo (banca, finanzas, leyes económicas...) logró evitar las revoluciones, porque el pueblo ya no malvivía sino que podía vivir con holgura y libremente, con acceso a una propiedad que antes le era negada. Hacer de los proletarios burgueses con derechos y grandes libertades evitó más derramamientos de sangre y propició una tranquilidad novedosa para los poderosos y ricos del siglo XX que podían volver a pasear tranquilamente por el centro de la ciudad sin un ejército que continuamente los vigilase -problema que sigue vivo en el tercer mundo-. Ahora bien, esto sucedió en Europa, y de un modo más evolutivo y mucho menos convulso, menos violento, en Inglaterra; en menor medida, en EEUU. El resto del mundo fue sometido imperialmente o revivió los sometimientos particulares de cada uno de sus dictadores, con ligeras islas democráticas, a menudo más ficticias, institucionales, que reales.
Sin embargo, a la vez que la violencia ejercitaba una fascinación práctica, con la fe en que se iba a lograr un mundo mejor por medio de la sangre, como una redención, también a veces fue el motivo de más grandes y severas represiones. Así pueden también analizarse algunos casos de la historia, donde por culpa de un atentado se ejercitaron brutales represalias y ejecuciones; y habría que ver hasta qué punto la guerra civil española del siglo XX no estuvo en buena parte propulsada, en cuanto al levantamiento militar y la concepción de Cruzada Cristiana, por los desórdenes y asesinatos que en Madrid y algunos pueblos se desarrollaban, quema de iglesias y conventos, por parte de grupos anarquistas y comunistas, entre otros. Los excesos llevan a su contrario. E incluso, en algunos casos, parece tener razón Foucault cuando señala cómo el Estado deja que se extienda cierto caos, cierta "anarquía" donde los abusos aterroricen a la población, para luego ejercer con más legitimidad y apoyos políticas represivas o restrictivas. Así ha sucedido recientemente con la violencia en las calles de los delincuentes, en muchos casos por parte de inmigrantes, debido en buena parte a unas fisuras en las leyes, hasta que el partido que gobernaba desde hace ya numerosos años decide obrar con apoyo generalizado de la ciudadanía, sospechosamente tarde y no mucho antes de las elecciones.
El siglo XX, con la división del mundo en dos grandes bloques, el comunista y el capitalista-socializado, tuvo tendencia a justificar la estética de la violencia sobre todo en las revueltas del Tercer Mundo, las revoluciones en América Latina, normalmente conducidas de modo marxista, estatalizándose, y la revolución en las costumbres y en la vida cotidiana que se hizo a partir de mayo del 68 en Occidente y de cuyos frutos todavía vivimos. La imagen del Che Guevara es un icono revolucionario repetido hasta la saciedad. Pero la disolución institucional de los estados oficialmente comunistas pareció provocar la victoria del capitalismo-socializado como si fuera el único pensamiento posible en lo político. El anarquismo siempre pareció residual, como un elemento de combate o de crítica, pero no creador de modelos, más destructivo que constructivo, en cuanto no creyente en modelo alguno basado en leyes estatales.