www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España


Última actualización: (CET)

La cultura pasa por aquí
Libre Pensamiento 47 Libre Pensamiento

La estética de la violencia anarquista

por Ilia Galán
Libre Pensamiento nº 47, primavera 2005

Número de páginas: 3
imprimir

Que alguien quiera eliminar calculadamente a otros porque le estorban o porque parecen inconvenientes desde una determinada ideología, estado o tipo de leyes, como hace el verdugo, parece execrable. Pero, si alguien, lleno de pasión, defiende su libertad o la de otros y se enfrenta a costa de la muerte a los opresores, matando, parece distinto. Sin embargo, la dialéctica violencia o no violencia tiene hoy, pese a nuestra propensión civilizada y tolerante a la paz con todos, máxima vigencia con la versión: guerra pretendidamente justa o terrorismo, y las adhesiones a uno u otro campo. Si se considera al ser humano como centro del universo y fuente primigenia de libertad, casi como algo sagrado, el homicidio tiene que ser necesariamente algo escandaloso, sobre todo en las sociedades democráticas de Europa, donde la muerte artificialmente provocada ha sido erradicada de las penas oficiales de cada uno de los estados, al menos entre sus miembros, aunque ahora vuelva, pero con el consentimiento y voluntad libre del que la reclama, en forma de eutanasia. Ahora bien, como es conocido, el ser humano, fuente de libertad, es también fuente de opresión, para sí mismo y para otros.
La ejecución en frío, lo mismo que los asesinatos calculados, parece repeler especialmente a la mente y al corazón -el ser humano no es sólo animal racional, como se ha pretendido desde Aristóteles, ni sólo con la razón mecánica comprende el mundo-; los sistemas que pretendidamente liberaban al mundo de ciertas opresiones, como los marxistas, han usado con gran profusión de métodos calculados de purga y exterminio, al igual que lo hicieron los nazis o se hace en determinadas dictaduras; lo mismo que en el antiguo régimen se justificaba bajo las marañas argumentales de las razones de estado o de la religión. En cambio, los asesinatos pasionales, aunque también repulsivos, parecen reclamar más indulgencia, pues ¿quién es el que en alguna ocasión no ha sido llevado por un acceso de furia y ha empleado la violencia, aunque sólo sea en la niñez? Y la violencia es fuerza muchas veces incontrolable, incluso para los que fríamente la calculan para lograr sus propósitos. Sin embargo, se admiten ciertos casos excepcionales donde sería posible matar a alguien, como es en la legítima defensa, o ante una amenaza grave a los principios fundamentales del ser humano: si una mujer mata a un agresor que va a violarla, no hallando otro medio de evitarle, o si no hay otro remedio que defenderse a tiros para no ser encarcelado de por vida, ser torturado, mutilado, etc. El principio se basa en la naturaleza que somos; cualquier animal atacado y vivamente molestado, si tiene defensas, no duda en repeler el ataque como puede, aun a costa de la muerte del agresor. Por eso matar puede ser bueno en algunos casos, cuando es la única opción, o cuando ya se han ensayado las demás y es la última salida; de hecho, las civilizaciones siempre han honrado a los héroes, a los defensores de la comunidad frente a los enemigos, grandes matadores o asesinos, a veces por una bandera, una corona, un dogma, etc.
El anarquismo del siglo XIX no tuvo más remedio que acudir a estas nociones para luchar contra sistemas extraordinariamente opresores e injustos. De ahí que fueran numerosos los seguidores de Bakunin o Kropotkin que se dedicaron a provocar atentados, algunos muy sonados e incluso acertados -derribando presidentes de gobierno, duques, generales, etc.-, y por los que fueron conocidos en general los anarquistas a principios del siglo XX. La justificación no era otra que la constatación de una guerra multisecular, establecida por un imperio profundamente injusto que manejaba una minoría de privilegiados, la guerra contra la opresión brutal que hacía a muchos morirse de hambre mientras otros nadaban en la opulencia, los mismos que a su vez, por medio de leyes elaboradas a su conveniencia, ejecutaban a los disidentes o emprendían guerras contra otros estados por intereses económicos, dinásticos, etc. Se entendía que estaban en guerra, pues al pueblo se le mantenía esclavo, y mejor morir a veces que vivir esclavizado, y por tanto el principio de la defensa personal se mantenía, ya que la violencia institucional, la que promovía el estado con sus cárceles, condenas a muerte, torturas y alistamientos militares para destruir y matar por injustificados motivos, se ejercía eminentemente contra aquellos del pueblo que no querían seguir viviendo bajo el yugo.
Así se consolidó, junto a la herencia propia del romanticismo, que ensalzaba al revolucionario, la imagen del terrorista como un héroe, un mártir del pueblo, a semejanza de los mártires del cristianismo, pues moría por liberar a todos de un estado de cosas profundamente injusto. Horadar la seguridad estatal con atentados diversos a sus instituciones más represivas y a aquellos que las dirigían se convertía no tanto en actos de terror indiscriminado sino fundamentalmente en hechos heroicos propios de un guerrero, un guerrero que se exponía por bien de la comunidad. Hallar argumentos para ello no era difícil, pues incluso en la Edad Media defiende un Santo Tomás de Aquino el uso de la violencia cuando no se halla otro para una situación insufrible y dramáticamente injusta -hay grados de injusticia y no es justificable la muerte por minucias-. Eso sí, una de las condiciones morales es que fuera útil tal violencia, es decir, que se calculase que el mal producido -surgido de otro mal mayor- iba a cambiar y mejorar notoriamente la situación, es decir, que hubiese ciertas garantías de victoria. Algunos, sin embargo, pensaron que hay circunstancias en que morir matando hace bien sólo porque el injusto opresor o el malvado se lo pensará dos veces antes de ejercer sus violencias, o porque sí, pues no somos corderos sino hombres libres. De hecho, matar podía entenderse como un acto de caridad, pues era quitar de en medio a un monstruo que dañaba a la comunidad, a muchos, matar a un asesino o a un tremendo opresor, y eso era hacer un bien a la mayoría.
Por el mismo y caritativo motivo se justificaba el tiranicidio, es decir, el atentado o acto de terrorismo -en lenguaje actual- contra un peligro para todos, contra un asesino consumado que maneja el poder y lo usa para aplastar a los demás. De hecho, caso hubo de curas que con una hostia emponzoñada entregaban junto al cuerpo y la sangre de Cristo, el Amor puro, la muerte del tirano y la salvación del pueblo. ¡Cómo hubiera sido el siglo XX si algún héroe hubiera atentado con éxito contra Hitler o Stalin al principio de sus carreras de atrocidades!.
Número de páginas: 3
imprimir


¿Desea opinar sobre este artículo en el foro? Pinche aquí.

Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Viernes, 4 de Julio de 2008 15:58:48