Para muchas y muchos de nosotros fue una sorpresa cuando en el año 2002
cientos de miles de personas se manifestaron, en diferentes ciudades de la Península,
contra las reuniones del Consejo Europeo que tuvieron lugar a propósito
de la presidencia española de la UE. Fue además un lema radical,
"Contra la Europa del Capital y la Guerra", el que convocó
las movilizaciones.
Tal rechazo al "proyecto europeo" no se había visto hasta ese
momento. No obstante, hoy constatamos que aquellas plataformas, contracumbres,
seminarios, talleres, manifestaciones y charlas han dejado muy poco tejido social
organizado y crítico con la UE. De hecho el 13 de junio del 2004 se organizó
una Consulta Social para interrogar a la ciudadanía sobre la UE y su futura
Constitución, pero, a pesar de los muchos esfuerzos para vincular organizaciones
y colectivos a la propuesta, la participación a nivel estatal en aquella
iniciativa fue escasa
[ 1 ] . Incluso las plataformas constituidas contra la Constitución
Europea a finales del 2003 y a principios del 2004, han tenido durante meses una
actividad y una presencia pública más bien moderada. Por eso nos
alegra que, en estos meses antes del referéndum, se pueda observar una
mayor confluencia y actividad colectiva entre diferentes sectores políticos
en torno a esta cuestión. Máxime cuando los medios de comunicación
de masas han cerrado filas para boicotear cualquier crítica al Tratado
Constitucional. Pensamos que hoy más que nunca es necesario articular una
crítica radical a las estructuras fundamentales de la sociedad de consumo
y la economía capitalista, desvelando el papel que la UE juega en todo
ello.
Las tres organizaciones que impulsamos la revista que tienes entre las manos,
empezamos nuestra andadura conjunta en la campaña contra la Europa del
Capital y el Foro Alternativo "La Otra Cara del Proyecto Europeo"
[ 2 ]
en 1995, con ocasión de la presidencia española de la UE. Igual
que hoy los objetivos eran ayudar a introducir la reflexión crítica
en torno al "proyecto europeo" a escala estatal, y contribuir a la
ardua tarea de impulsar la movilización y resistencia social contra el
mismo. El manifiesto de entonces decía: "Contemplada con la perspectiva
de casi medio siglo, la historia de la UE no pasa de ser un caso más de
ampliación de mercados y defensa de intereses corporativos por procedimientos
políticos, en la más pura tradición capitalista.
Un espacio de mercado, sea cual sea su tamaño, nunca es suficientemente
grande para un sistema económico que lleva inscrita en sus genes la necesidad
de acumular y concentrar indefinidamente la riqueza y el poder.Todas las construcciones de imperios coloniales o de grandes unificaciones nacionales han ocultado sus verdaderos fines mercantiles y de concentración del poder
tras grandes ideales benéficos, que sólo han ido cambiando a lo
largo del tiempo para ajustarse a los valores socioculturales de cada época
y lugar de la historia. (...)
La construcción europea ofrecía a los ciudadanos la hermosa combinación
de un cierto progreso moral con un palpable enriquecimiento continuo de la renta."
[ 3 ] .
Las movilizaciones del 95 dieron paso a la construcción del Movimiento
contra la Europa de Maastricht y la Globalización Económica (MAM),
donde también nos volvimos a ver las tres organizaciones. Su declaración
política denunciaba las "gravísimas consecuencias económicas,
sociales y ambientales" para el mundo entero, a causa de "una intensificación
sin precedentes de los procesos de ampliación de los mercados y globalización
económica". La "expansión creciente de la precarización,
el paro, la marginación social y la exclusión", así
como una agudización de los desequilibrios ecológicos se concretaban
-según nuestro análisis colectivo en ese entonces- en
la integración al "proyecto europeo". En fechas más
recientes nos hemos vuelto a encontrar, nuevamente junto a mucho más grupos,
en las movilizaciones contra la UE del 2002, o la Consulta Social (2004) que antes
se reseñaban.
Pero nos equivocamos cuando dijimos, a finales de los 90, que "el mito de
la "construcción europea", en su día potente para el
conjunto de la sociedad, se desmorona progresivamente a los ojos de amplios sectores
sociales, especialmente de aquellos afectados por el despliegue del modelo. (...)
Esta creciente quiebra de la imagen del "proyecto europeo" se verá
incentivada como consecuencia de la exigencia del capital al poder político
de acceder a costa de lo que sea a la moneda única."
[ 4 ] Hoy vemos como
para la gran mayoría de la población del Estado español las
palabras "Constitución" y "Europa" guardan un valor
simbólico muy importante, vinculado al fin de la dictadura franquista y
el creciente poder adquisitivo del que disfruta una amplia capa social. Incluso
para gran parte de la izquierda institucional, ONGs y movimientos sociales sigue
pesando el mito de Europa como dogma
[ 5 ] del "progreso", "contrapeso
al unilateralismo de EEUU", "impulsor de la ayuda al desarrollo y
protector de los DDHH", "garante del estado de Bienestar y del pleno
empleo" o "salvoconducto para la conservación ambiental y para
el desarrollo sostenible".
Pero, con independencia de los elementos retóricos que contiene la Constitución
Europea (CE), ¿no demuestra suficientemente la trayectoria del "proyecto
europeo" su insostenibilidad ambiental y social. Quizás la debilidad
de nuestra crítica es, como ya decía la declaración del Movimiento
Antimaastricht, porque la ruptura de la imagen del "proyecto europeo"
adopta un carácter disperso, atomizado y por lo tanto no tiene ninguna
expresión política que represente un problema para las estructuras
de poder. Para la "izquierda", en general, resulta más fácil
oponerse a la guerra de Irak o manifestarse contra Bush que desmontar la retórica
de la "Europa democrática". Una actitud "europeísta",
piensan amplios sectores sociales, es el marco para solucionar los problemas existentes.
Sobre la Constitución Europea
El "Tratado con el que se establece una Constitución para Europa"
(CEu) pretende ser "el documento escrito en el que la ciudadanía,
ejerciendo la soberanía popular y encarnada en poder constituyente, se
dota de unas reglas básicas para su convivencia y sus relaciones con
el resto del mundo". Rara vez, desde los orígenes del constitucionalismo,
la retórica del orden social se corresponde con la realidad. La UE ha
sido, por encima de cualquier retórica, un proyecto económico
que en sus estadios más avanzados ha necesitado un proyecto político
y tiene su razón de ser en la búsqueda de un mercado unificado
a escala europea, para lo cual ha emprendido políticas como la liberalización
de los intercambios comerciales o la creación de una infraestructura
de transporte y comunicación. Pero la UE ha llegado más lejos
al establecer un sistema de administración y control político
y social unificados, e imponer una moneda única.
Para lo que necesita una autoridad unificada, dotada de adecuados poderes e
instrumentos administrativos, legislativos y judiciales, así como policiales
y, en última instancia, militares. En resumidas cuentas la retórica
del "europeísmo" va quedando reducida a la necesidad de impulsar,
como sea, el crecimiento económico, a través de la liberalización
y ampliación de los mercados. Además, la UE no sólo se
explica en clave interna, otro de los objetivos de su creación es permitir
a sus multinacionales y grandes capitales proyectarse hacia el exterior con
la ganancia de potencia que se deriva de la ampliación de su mercado
doméstico.