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Libre Pensamiento 45 Libre Pensamiento

La falta de tiempo

por Ramiro Pinto Cañón
Libre Pensamiento nº 45, verano 2004

Número de páginas: 2
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Un día tal que el 13 de abril de 2002, la CGT de León convocó una manifestación contra la falta de tiempo . Pudo parecer una anécdota, pero quienes la convocamos pretendimos lanzar un debate, profundo y libertador, a la sociedad. Hay algún foro específico sobre este tema en la red, pero está visto que la mayoría de las personas carece de tiempo para reflexionar al respecto. Semejante carestía afecta a nuestra relación con todo lo que nos rodea. Y, desde luego, es un problema sindical de primer orden. O debería serlo.
Hay un dato significativo, como es que entre 1850 y 1950 el incremento de productividad se tradujo en una reducción de la jornada laboral hasta lograr llegar a las cuarenta horas semanales. Sin embargo, en las cinco décadas siguientes, en las que se ha incrementado la productividad y la aplicación tecnológica es muy superior, la reducción no ha continuado e, incluso, en muchos casos el número de horas de trabajo es mayor y, además, mal pagadas. Según fuentes oficiales de la Organización Internacional del Trabajo, el estrés laboral es el segundo problema de salud europeo, sólo después del tabaco, sin que sea éste un dato conocido por la opinión pública. ¿Acaso no habrá que poner un cartel en las empresas que diga: "El exceso de jornada y el trabajo precario y temporal son malos para la salud", además de anuncios en televisión sobre esta cuestión?
Por sí sólos, estos datos son preocupantes. Pero es mucho más, porque se convierte en un problema social que se transmite de lo económico a las demás facetas de la vida. La falta de tiempo es un instrumento con el cual se nos domina y con el que "construimos el Poder". Nos impone pautas y conductas, pensamientos y emociones, a cada individuo concreto. Lo curioso es que, por paradójico que parezca, tales pautas parten de cada sujeto. Es a través de la falta de tiempo por donde podemos darnos cuenta de cómo se construye el Poder y somos dominados, sin advertirlo, porque somos los ejecutores y las víctimas, al mismo tiempo, de dicho proceso. Una situación que deberá ser estudiada en profundidad, ya que es un factor que si no se comprende es imposible controlar y, mucho menos, luchar contra él. Esta nueva categoría no es sino una fase más en la evolución del Poder. En consecuencia, la lucha contra la merma de libertades debe avanzar en este sentido. Si no lo hacemos así, las demás luchas serán estériles. Para entender esta situación pensemos en algo tan cotidiano como encender la televisión. Tenemos la libertad de elegir el canal que queramos, de poner en funcionamiento o no el aparato. Pero más allá de esas elecciones, la televisión se ha convertido en el electrodoméstico más usado y en una forma de ocio que ocupa un lugar privilegiado en nuestros hogares. Los programas más bodrios son los que más audiencias tienen, sin que en apariencia nadie ni nada nos obligue a ello. Como audiencia, construimos una industria de la imagen que mueve miles de millones de euros, y a la vez nos somete a su programación y a su visión del mundo-consumo.
No es lo mismo ir de prisa que ir con prisa
El problema es cuando las prisas forman parte de nuestro ritmo vital. Llegamos a tener prisa como una sensación permanente, independientemente de que tengamos que ir rápido o no. Dicha sensación es lo que, de una manera aproximada, podemos llamar estrés. Pero normalizamos tal sensación al querer justificarla y hacemos más y más cosas porque tenemos prisa, o mejor decir: tenemos sensación de prisa. O sea: no tenemos prisa porque tengamos mucho que hacer, sino que hacemos muchas cosas porque sentimos la prisa dentro de nosotros . Esto puede ser una paradoja teórica, pero nos va a permitir comprender muchas situaciones que tienen que ver con el mundo laboral moderno y con la economía actual.
La prisa es un ritmo que afecta a nuestra vida cotidiana. Nos impide elegir actividades que requieren reposo y sosiego, como son leer, reflexionar, asistir a reuniones, tertulias, charlar... No tenemos tiempo para este tipo de actividades, pero sí para otras, que requieren de un ritmo trepidante: dar una vuelta por un centro comercial lleno de barullo en el que el consumidor lo es compulsivamente, sin plantearse si no está cumpliendo con un ritual de rapidez/eficacia en el consumo que le perjudica, ir de bares, asistir a actividades masivas en las que siempre hay que estar entrando a empujones... Somos espectadores de espectáculos que hacen pasar el tiempo de manera rápida. Por ejemplo, en el montaje cinematográfico actual predomina la velocidad ante todo, agobiante en muchas películas, acostumbrando a generaciones de espectadores/consumidores que se aburren ante cualquier ritmo más lento y/o intimista. Semejante proceso provoca la costumbre de hacer zaping al ver la televisión o el convertir las noticias de prensa en un estímulo de ansiedad, en lugar de reflexión. Se ven a toda velocidad en los telediarios, o se leen rápidamente en la prensa, después de haberse escrito y realizadas a una velocidad de vértigo, para el consumo de sensaciones de actualidad. Se pierden, de esta manera, las referencias históricas de cualquier suceso, para convertirlo en un espectáculo mediático, y entramos en dicho juego cuando reducimos a ello las luchas sociales, sindicales o políticas. Se vacían de contenido.
La realidad ha cambiado tanto que muchos aspectos se han invertido, sin que nos hayamos parado a pensar sobre ello. Hasta hace medio siglo la actividad fue una manera de tener conciencia del mundo. Poco a poco, la actividad insistente y acelerada hace que ocurra lo contrario: perdemos la conciencia sobre el mundo cuanta más actividad tenemos, especialmente la actividad material del trabajo.
Ya no es una realidad externa la que nos domina, sino que hay un conflicto interno, que deja de serlo cuando nos doblegamos a las condiciones que nos impone un ritmo que aceptamos como lo real, como el inevitable peaje de la modernidad, cuando ni mucho menos lo es. Es una construcción social, como cualquier otra, que asumimos. No sólo eso, sino que las prisas son un elemento socializador de primer orden. A los hijos e hijas se les mete prisa para llegar pronto al colegio, para coger el autobús, para que recojan los juguetes: las prisas son una constante en la educación de la infancia. No es desechable el dato de que un 40% de niños españoles padecen estrés como enfermedad y otro 10% depresión. Añadamos a este dato el de los accidentes de tráfico, fundamentalmente entre jóvenes, que se deben en el 87% de los casos a un exceso de velocidad, que se nos vende como factor diferenciador incuestionable.
La prisa es un elemento dinamizador, símbolo de eficacia, y nos acabamos sacrificando para su consecución, igual que en otras épocas se sacrificó la vida a los dioses. La prisa es una forma de creencia, que llevamos tan dentro que forma ya parte de nuestro ser. En el mundo laboral, la eficiencia se instauró con el modelo de producción taylorista; es decir, la eficacia por unidad de tiempo. Ello significó organizar de una manera determinada el empleo industrial en pro de la eficacia. Trasladado a los servicios, el mismo consumidor fue forzado a organizar su vida en función del tiempo. Un ejemplo ya clásico es el viaje programado de ir doce horas a París, nueve a Viena y recorrer en siete días varios países en cadena haciendo fotos y dejando constancia de haber estado allí. En la actualidad, los juegos de ordenador se basan en lograr unos objetivos en unidades de tiempo cada vez más rápidas. Poco a poco la eficiencia es un modo de producir y de consumir. También de vivir.
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