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Cuadernos de Pensamiento Político 21 Cuadernos de Pensamiento Político

OBAMA VERSIÓN EUROPEA

por Rafael L. Bardají y Florentino Portero
Cuadernos de Pensamiento Político nº 21, Enero / Marzo 2009

Número de páginas: 5
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Hay una vuelta a los programas sociales de la Great Society de Lyndon B. Johnson, pero cabe imaginar que con algunas lecciones aprendidas de su fracaso. Aquellos excesos llevaron a la revolución Reagan y a una prolongada hegemonía conservadora, que en el plano intelectual continúa. Para repartir el pastel antes hay que cocinarlo. Cuando la gente considera que tiene garantizada su parte pierde iniciativa, y de aportar pasa con facilidad a ser una carga. Johnson trataba de lograr mayor integración social a cambio de solidaridad forzada y sólo consiguió déficit y guettos de autosegregación. El equipo económico de Obama no responde a la filosofía de Johnson. Hereda un descomunal déficit público junto a una crisis económica mayor. Si quiere gastar tiene que crear riqueza y eso pasa por reanimar lo antes posible la economía y mejorar la capacidad comercial. A diferencia de los dirigentes europeos, es poco probable que Obama se limite a tratar de mantener la casa en pie, a adoptar una actitud conservadora confiando en que remita el temporal. Como todo demócrata sabe, y el presidente Clinton fue un excelente ejemplo de ello, el pleno empleo y el bienestar social pasa por una economía en expansión que no ceja en la conquista de nuevos mercados, el equivalente a las nuevas tierras de antaño. Su programa depende de un ajuste en profundidad del modelo económico y social así como de garantizar o mejorar su cuota de mercado mundial. Si para los republicanos el término hegemonía tiene un fuerte componente militar, para los demócratas la clave es el comercio. Obama no sólo buscará esa hegemonía: es conditio sine qua non para poder afrontar sus propios objetivos políticos, el núcleo de lo que él espera sea finalmente su legado.
La magnitud de la crisis económica y sus consecuencias de todo tipo son la prioridad del futuro presidente. Sin embargo, los graves y urgentes retos que Estados Unidos tiene en su agenda internacional exigirán a Obama más atención y resolución de la que hubiera deseado. No se le ocultan estas dificultades, buena prueba de ello son los nombramientos anunciados sobre su equipo exterior y de defensa, viejos conocidos con mucha experiencia a sus espaldas y planteamientos moderados y pragmáticos. No es el equipo más adecuado para llevar a cabo la nueva diplomacia que dio a entender durante la campaña electoral. Puestos a buscar un precedente quizás el más adecuado sería el de Bush padre. Con este equipo tendrá que hacer frente a la crisis del régimen de no proliferación, al declive europeo, a la exigencia rusa de un área de influencia, a la emergencia de nuevos actores y a la tendencia de los regímenes no democráticos a colaborar entre sí en contra de las democracias. Por muy pragmático que quiera ser tendrá que dar pasos muy significativos en la definición de una nueva política exterior. Obama es cambio, pero no el que los europeos sueñan.
En Estados Unidos son muchos los que creen que la "Doctrina Bush" sobrevivirá a su fundador, a pesar de las duras críticas que sobre ella han recaído desde todos los frentes, internos y externos. Cuando Bush publicó su primer documento de estrategia, analistas que habían formado parte de la Administración Clinton le acusaron de plagio, demandando la autoría. El matrimonio Clinton ha mantenido una posición moderada en su crítica. La continuidad de Gates al frente del Pentágono y la llegada del general Jones al Consejo de Seguridad Nacional no parecen augurar cambios radicales respecto de la política que se venía aplicando. Bush se encontró ante una situación que interpretó como el inicio de una nueva época. Comprendió que el discurso aislacionista con el que había ganado las elecciones no tenía sentido y pasó de criticar a Clinton por jugar a nations building a convertirse en el adalid del regions building. Ordenó a su equipo, caracterizado también por su experiencia y pragmatismo, una revisión en profundidad de los principios de la estrategia nacional, y sus miembros acabaron planteando una propuesta renovadora ajena a sus planteamientos de partida. No era la expresión de sus posiciones de escuela, sino el reconocimiento de que una nueva época requería de nuevos enfoques. Hasta dónde llegue Obama en su revisión es una incógnita que muy probablemente él desconoce en estos momentos. Sus declaraciones primeras daban a entender que nos encontrábamos ante una nueva versión de Jimmy Carter, de nuevo con Brezinski a sus espaldas, pero con mucha mayor disposición a decir en cada momento lo que el público quería escuchar. Las posibilidades de que sus iniciativas en Oriente Medio y en el terreno de la proliferación sólo logren dar más tiempo a los radicales son grandes. Puede fácilmente convertirse en el puntillero del ya seriamente amenazado régimen de no proliferación. Sin embargo, Obama no es un pacifista. Una cosa es criticar una política y otra bien distinta elaborar una estrategia alternativa. No sería de extrañar que la futura estrategia nacional se pareciera a la vigente mucho más de lo que sus defensores quisieran, en especial los europeos.
EUROPA, PRESA DE SUS PREJUICIOS
El Obama mítico sólo existe en la conciencia de una sociedad que voluntariamente da la espalda a la realidad porque no se siente capaz de asumirla. Ese personaje nunca fue real, era sólo la expresión de quien rechaza a Estados Unidos pero o no quiere reconocerlo o no es capaz de asumirlo. En la anterior campaña presidencial, mientras los europeos apoyaban mayoritariamente a John Kerry, sus dirigentes reconocían que deseaban la continuidad de Bush porque el senador por Massachusetts les pediría ayuda para resolver las crisis iraquí y afgana y no estaban dispuestos a concedérsela. Contra Bush se vivía mejor. Transformado en el Maligno de la progresía todo lo que tocaba se convertía en rechazable. Obama, ungido de legitimidad progresista, resulta más difícil de lidiar. Lo anunció ya en su discurso en Berlín. Quiere concentrar las energías militares en el teatro afgano que, en su opinión, es hoy el teatro central. Hay que acabar con los talibanes y eso requiere buscarlos y destruirlos. Aquí no se puede argumentar sobre falta de legalidad o legitimidad. La reconstrucción del país y el trabajo de las ONGs están paralizados por la inseguridad. Todos sabemos que mientras ésta no se garantice no hay nada que hacer y que el tiempo juega a favor de los talibanes. Pero da igual, no es un problema de lógica estratégica sino de falta de voluntad y de ausencia de valores. El Viejo Continente sueña con convertirse en una isla fortificada, ajena a los conflictos bélicos y con sus servicios sociales garantizados. Quiere creer que ha superado la guerra. Obama no espera mucho de Europa. Representa una generación que tiene asumida la decadencia del Viejo Continente y la paulatina descomposición del vínculo trasatlántico. Buscará la colaboración, argumentará en favor de la necesidad de que europeos y norteamericanos continúen trabajando juntos para garantizar la seguridad en todo el mundo, porque si los intereses son comunes también deberían serlo las políticas, desplegará todo su carismático atractivo para, a la postre, poner más difícil a los europeos decir que no. Obama hará más evidentes las contradicciones del discurso europeo, pondrá en evidencia que los argumentos esgrimidos no eran tales, sólo excusas para no hacer, para no asumir la cuota correspondiente de responsabilidad en la defensa del mundo libre.
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