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Cuadernos de Pensamiento Político

OBAMA VERSIÓN EUROPEA

por Rafael L. Bardají y Florentino Portero

Cuadernos de Pensamiento Político nº 21, Enero / Marzo 2009

L as recientes elecciones presidenciales norteamericanas pasarán a la historia por haber tenido, de hecho, la campaña más larga, casi tres años. Pero no sólo. La movilización ha sido extraordinaria. Grupos que durante años habían vivido de espaldas a los comicios han sentido la necesidad de darse de alta en el censo electoral y emitir su voto. Todo un éxito para el sistema y, sobre todo, para el candidato que logró atraer la mayoría de esos votos nuevos: Barack Obama. Entre sus indudables méritos políticos hay uno que destaca, es capaz de ilusionar a la gente como muy pocos lo han conseguido. Una de las funciones del sistema liberal-parlamentario es forzar un permanente diálogo entre representantes, aspirantes a serlo y representados sobre valores, intereses, estrategias y tácticas. En ese juego, versión del “mercado” en la teoría económica liberal, aparece un elemento clave que humaniza esta relación: la necesidad que tenemos de sentir que nuestras ansias pueden convertirse en realidad. Obama ha estado hablando en público casi todos los días durante más de dos años sin comprometerse a casi nada concreto pero dejando creer a cada cual que había llegado su momento, que ahora sí se harían realidad sus deseos. De ahí la movilización final, de ahí la corriente de energía capaz de desbordar a una candidata sólida y bien arropada como Hillary Clinton, de ahí que en tiempos de crisis se eligiera a un novato desconocido frente a un veterano, experimentado y prestigioso candidato republicano.

Obama invita a soñar, pero no sólo a los norteamericanos. Hoy es un fenómeno global, porque global es el mundo que nos ha tocado vivir y ya resulta imposible que lo que conmociona a Estados Unidos no llegue a través de los modernos medios de comunicación a casi cualquier punto del Planeta. De la misma forma que el senador por Illinois ha sabido dar rienda suelta a las ilusiones de millones de conciudadanos, capitalizando sus deseos de cambio, millones de personas en todas las partes del Globo han creído ver en él la representación de un nuevo y emergente mundo sobre el que cabe depositar esperanzas. En el mercado de la política Obama se presenta como un catalizador de sueños, pero poco más. Lo que tienen en común todos sus votantes es el deseo de cambio, pero no hay acuerdo sobre qué cambio. Si esto resulta evidente entre sus votantes, cuando salimos de las fronteras de Estados Unidos y analizamos los puntos de vista de sus simpatizantes de otras nacionalidades, entonces es cuando reconocemos que nos encontramos ante un fenómeno social de enorme interés.

El cambio ya se ha producido. Obama será el próximo presidente de Estados Unidos a costa de las ambiciones de dos personajes más experimentados, conocidos y prestigiosos: Hillary Clinton y John McCain. Los primeros nombramientos realizados por el presidente-electo no responden en absoluto a las expectativas creadas. Si se comprometió a luchar contra el establishment de Washington, obstáculo del cambio ansiado, los elegidos son destacadas figuras de ese “cotarro”, traducción propuesta en su día por Torrente Ballester. Tanto en el área financiera como en la exterior y de seguridad los elegidos son de sobra conocidos, destacan por su alta cualificación, experiencia y por sus posiciones moderadas. No sólo no se ha apoyado en los progresistas que le hicieron la campaña y le auparon contra la senadora Clinton, poco amiga de guiños izquierdistas, sino que ha recurrido a republicanos para áreas especialmente delicadas. ¿Cómo explicar la continuidad del secretario de Defensa después de tan ácidas críticas a la política de Bush? Muchos de sus votantes pueden sentirse traicionados, pero ése no es un problema urgente para Obama. Su prioridad sólo puede ser la salida de la crisis económica en condiciones de ventaja para seguir compitiendo en un mercado global. Si lo logra se habrá ganado la confianza de su pueblo y podrá afrontar nuevos retos desde una base electoral más amplia. Mientras tanto prefiere parapetarse tras un muro de solvencia y pragmatismo.

Todo sueño finaliza en un despertar. Los europeos, como los habitantes del resto del mundo, se han inventado su propio Obama. Sobre él han proyectado sus ansias, sueños y deseos. El resultado resulta inútil para entender a Obama o la política norteamericana, pero es de gran interés para conocer lo que es Europa hoy.

ANTINORTEAMERICANISMO, UNA PASIÓN ÍNTIMA

Los europeos tendrán que enfrentarse a la realidad de un presidente tan americano como cualquiera de sus predecesores. Y aquí reside el problema, que no es menor. El Viejo Continente ha venido desarrollando una actitud claramente antinorteamericana. No estamos haciendo referencia al rechazo de una política o de un dirigente, sino de una forma de ser, sustentada en unos valores y unos intereses. En la izquierda europea esta actitud es muy mayoritaria, pero también es importante entre el mundo conservador. Pocos aceptan ser calificados como antinorteamericanos. Es algo que no viste, cuando ese país genera una atracción tan fuerte sobre los europeos. No sólo la forma de vida europea ha venido cambiando en un sentido cada vez más próximo al de la otra orilla del Atlántico, también la cultura, sus grandes ciudades, su paisaje... son parte de las referencias vitales de muchos europeos sin las cuales no se reconocerían. Estados Unidos está indisolublemente unido a Europa en la conciencia de muchos europeos, aunque esto no sea asumido de forma coherente. Pero el atractivo que genera la gran potencia americana sólo es comparable al rechazo que despiertan algunas de sus facetas más características.

La gran historiadora norteamericana Gertrude Himmerfald ha defendido la tesis de que la gran revolución intelectual que, en el marco de la Ilustración, dio a luz el Liberalismo sólo se ha mantenido en pie en Estados Unidos. Si en el Continente nunca acabó de arraigar como consecuencia de una fuerte cultura política estatista derivada de años de experiencia absolutista, en el Reino Unido, donde nació y más pronto se desarrolló, fue perdiendo peso ante la emergencia y difusión de las ideas socialistas. Este hecho sólo podemos explicarlo si tenemos en cuenta el papel jugado por las corrientes religiosas puritanas en la creación de Estados Unidos. De la misma forma que el liberalismo, aquellos colonos que acabarían dando forma a la primera democracia del mundo moderno y a la gran potencia económica, cultural y militar de nuestros días, actuaron a partir de un conjunto de valores arraigados en la tradición judeo-cristiana: libertad, responsabilidad, solidaridad, esfuerzo, una clara distinción entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto, así como la disposición a hacer uso de la fuerza si las circunstancias lo requieren..., unos valores que, en mayor o menor medida, han ido desapareciendo de Europa, pero que primero fueron europeos. Los europeos se reconocen en Estados Unidos, pero lo que allí ven son comportamientos de los que han renegado. Tras dos guerras mundiales, la Vieja Europa reniega de sí misma y trata de crear un estadio superior de civilización a base de engañarse sistemáticamente.

Europa es cada vez más antinorteamericana porque Estados Unidos representa valores que aquélla rechaza profundamente. No puede aceptar que el Capitolio reconozca su voluntad de mantener su posición hegemónica en el mundo, que tenga tan claro que la democracia liberal es el mejor sistema de gobierno conocido, que se vanaglorie de su individualismo, de sus certezas... Pero no quiere reconocerlo porque siente hasta qué punto supone renegar de sí misma y porque es mucho lo que admira de ese gran país al que debe su propia libertad, una humillación que se lleva mal o peor dependiendo de cada nación. Para disimular esta realidad trata sistemáticamente de distinguir entre políticas y país, entre gobernantes y nación. Es evidente que los norteamericanos, como cualquier otro pueblo de la Tierra, no están de acuerdo sobre qué político o qué políticas son las mejores, que ellos son los primeros en criticar a sus propios gobernantes. Pero bajo esta crítica selectiva se esconde otra que no lo es tanto. Si recordamos cómo Europa ridiculizaba a Reagan difícilmente podemos considerar que aquello era una crítica a un político. Fue reelegido con el apoyo de cuarenta y nueve de los cincuenta estados –Minnesota optó por apoyar a Mondale, una figura local– y nadie discute hoy que fue una figura política de dimensiones históricas. El propio Obama se ha referido a él en términos extraordinariamente elogiosos, sabedor de cómo sus compatriotas le recuerdan. A Reagan se le ridiculizaba porque parecía un instrumento apropiado para mofarse de la sociedad norteamericana por persona interpuesta. Clinton era demasiado europeo en sus formas como para utilizar la misma maniobra, por lo que se alabó su estilo pero se criticaron sus políticas, en particular su defensa del libre comercio, su propuesta de reforma de la OTAN y el uso continuo de la fuerza en política internacional. De este último caso hay que exceptuar lo ocurrido en los Balcanes, donde la incapacidad europea para afrontar una crisis local la llevó a humillarse una vez más ante Washington para que Estados Unidos resolviera un problema ajeno, precisamente cuando más se demandaba el fin del vínculo trasatlántico y la creación de un pilar europeo dedicado a la política exterior, de seguridad y de defensa. Una vez más la cesión norteamericana causó más resentimiento que gratitud entre una clase política y una sociedad empeñada en vivir en un mundo virtual.

Con Bush, la antítesis de Clinton en tantos aspectos, el discurso público volvió a las raíces de la política norteamericana. No había disimulo, ni en lo que se decía ni en lo que se hacía. Bush recuperó el papel de payaso, libre desde la retirada de Reagan. Sobre él se desató una violenta y grosera campaña mediática para exorcizar un liderazgo norteamericano a todas luces inaceptable. Pero de nuevo, Bush fue la excusa para criticar a Estados Unidos. El apoyo a la Guerra contra Iraq en el Capitolio, en los medios de comunicación y en la sociedad fue muy mayoritario en el momento en que se tomó la decisión. La imagen de un gobernante tachado de fundamentalista, porque cree en Dios y va cada domingo al servicio en su iglesia, no hace más que poner en evidencia hasta qué punto los norteamericanos creen en Dios y van a la Iglesia. Cuando los evangelistas votaron a favor de Clinton no fue un problema. Cuando lo hicieron por Bush estábamos ante un problema de graves consecuencias internacionales.

OBAMA COMO PROYECCIÓN

Barack Obama es un fenómeno mediático que rompe con los casos precedentes. Mucho antes de hacerse con la nominación del Partido Demócrata para presentarse a las elecciones presidenciales había logrado captar la atención de millones de personas en todo el mundo y capitalizar sus ideales. Europa no fue una excepción. Su imagen entre nosotros fue ganando en facetas y matices, que conviene reseñar y no olvidar como información para un mejor conocimiento de la conciencia política europea y de su inevitable efecto sobre las relaciones entre Europa y Estados Unidos y sobre el papel internacional del Viejo Continente:

• Obama emergió, sobre todo, como el anti-Bush. Frente a otros candidatos demócratas que a lo largo de sus carreras habían tenido encuentros con el presidente, el joven senador por Illinois representaba, y reiteraba, que él era inocente de toda connivencia con el tejano, que era posible otra América.

• Como hombre de color que ha realizado su carrera política en las barriadas negras de Chicago y ganado un acta de senador movilizando el voto progresista, Obama simbolizaba la emergencia de una nueva generación de dirigentes progresistas que representaba nuevos valores más acordes con la mentalidad europea.

• Obama no se limitó a pedir la retirada de las tropas norteamericanas de Iraq, además insistió en que la invasión había sido un grave error y en que los congresistas demócratas que habían votado en favor de la invasión debían pedir perdón a los ciudadanos por haberles llevado a un desastre.

• Como buena parte del resto de los contendientes se comprometió a desmontar la prisión de Guantánamo, pero como muchos de ellos tuvo cuidado de no apuntar la alternativa. Llegado el momento se estudiarían las alternativas legales posibles. Era suficiente. El candidato demócrata deslegitimaba la opción seguida por Bush que simbolizaba como pocas otras la disposición norteamericana de combatir duramente al islamismo yihadista. Desmontar Guantánamo suponía para muchos el público reconocimiento de que la América de Bush había violado los límites del Estado de derecho y que Europa tenía razón cuando lo denunció. Ése no era el camino para resolver los problemas de seguridad que al-Qaeda y organizaciones similares planteaban.

• Su crítica fue más allá de Bush y el Partido Republicano. Movilizó al electorado con el mensaje de que se podía llegar a la Casa Blanca y además regenerar el cotarro washingtoniano. No sólo venía a reemplazar a Bush, también se iba a llevar por delante a todo demócrata contaminado. Ningún otro entre los que habían iniciado la campaña de las primarias estaba más alejado del perfil bushita , ni ilusionaba más sobre hipotéticos cambios en profundidad.

• El senador por Illinois, como el resto de los demócratas, demandó un papel más creativo y positivo de Estados Unidos en el conjunto de los organismos internacionales y, muy en especial, en Naciones Unidas. No sólo criticaba a Bush por su invasión de Iraq sino también por entender la política exterior en términos unilateralistas.

• Obama manifestó su disposición a dialogar con el presidente de Irán y con cualquier otro mandatario con tal de escuchar las posiciones de los demás, tener una oportunidad para explicar las propias y, de esta forma, acercar posiciones, rebajar la tensión, evitar la escalada militar y encauzar por la vía diplomática la resolución de los conflictos. Era la misma música y la misma letra de los políticos y medios de comunicación europeos, la misma negación de los principios de la política de Bush.

En síntesis, para Europa Obama representaba la anti-América, la esperanza de que Estados Unidos podía ser otra cosa de lo que era y continúa siendo. Esta imagen se fue creando poco a poco, alimentada por unos medios de comunicación tan anti-Bush como antinorteamericanos, y por una opinión que veía lo que quería ver. Para los que seguimos la mayor parte de la campaña desde Europa, pero leyendo y escuchando diariamente a los medios de aquella orilla, resultaba fascinante observar cómo se ignoraba sistemáticamente lo que no gustaba, lo que, unido al tradicional desconocimiento que por estos lares se tiene de la realidad social y cultural norteamericana, facilitaba la invención de un personaje de tintes míticos. Obama, el joven y brillante político negro, reconocía públicamente la culpabilidad norteamericana y prometía encauzar la nave nacional por la senda del diálogo y el multilateralismo. En paralelo, la hegemonía blanca daría ya definitivamente paso a una generación multicultural y multirracial. Pero ni Obama responde a ese perfil ni la sociedad norteamericana está en esa línea.

A base de escuchar sólo lo que interesa y de ignorar la realidad norteamericana, muchos europeos acabaron por hacerse una idea poco precisa y muy escorada del hoy presidente electo. Obama es un miembro de la elite norteamericana. Su padre logró un máster en Economía por Harvard. Su madre era doctora en Antropología por Hawai. Él se licenció primero en Ciencias Políticas por Columbia y luego en Derecho por Harvard, dos universidades del máximo nivel. Optó por hacer una carrera desde su condición de negro y utilizó los argumentos que le interesaban. Si se situó a la izquierda de H. Clinton fue porque ella representaba al sector más moderado y venía arropada por dinero y apoyos mediáticos. Su discurso radical duró lo que Clinton en la campaña.

Tras la nominación, Obama se olvidó de la retirada de Iraq y de tantas otras cosas. La guerra se está ganando en tierras de Mesopotamia y ahora se trata de capitalizar el triunfo, no de ponerlo en peligro. En la cuestión de Guantánamo, que tanta pasión ha desatado, el problema no es el dónde sino el cómo. Cerrar Guantánamo puede ser un símbolo, un gesto o un guiño, pero no resuelve qué hacer con los prisioneros ni cómo se les va a juzgar. La ambigüedad mantenida durante la campaña se está tornando ahora crudo realismo, con el aval de los mismos medios que tanto denostaron a Bush. El marco legal establecido para el tratamiento de los prisioneros islamistas se fijó en el Capitolio, en la idea de que no podía aplicarse una normativa militar a quien sólo era un terrorista. ¿Va a romper este principio la nueva Administración? Muchos de los prisioneros sobre los que no hay cargos, porque su situación deriva de información procedente de fuentes de inteligencia que no pueden ser desveladas o utilizadas, ¿serán puestos en libertad en Estados Unidos? ¿Serán aceptados en sus países de origen? ¿Los recibirán en terceros Estados? En cualquiera de los casos estamos haciendo referencia a personas que forman parte de redes yihadistas y que muy probablemente volverán a su actividad previa en cuanto recuperen la libertad. Los prisioneros que sí tienen cargos, ¿serán juzgados como estaba previsto en la normativa establecida bajo la Administración Bush o se preparará una nueva? Si nos atenemos a lo que se está publicando en los medios de comunicación más próximos al futuro presidente la solución, también en este tema, apunta a una mayor continuidad de lo que muchos de sus votantes y la mayoría de los europeos suponían.

La defensa del multilateralismo siempre ha estado en el discurso de los demócratas, pero lo que un demócrata y un europeo entienden por este término no es exactamente lo mismo. Ni Obama ni ningún político norteamericano está dispuesto a aceptar que el Consejo de Seguridad de la ONU, no hablemos ya de la Asamblea, se convierta en un gobierno mundial o que tenga capacidad de veto sobre la política norteamericana en el mundo. Pueden emplear más tiempo en negociar, pueden utilizar un discurso más “políticamente correcto”, pero al final actuarán, porque sus intereses estratégicos no les permiten quedarse de brazos cruzados. Sobre su entrevista con Ahmadinejad el propio Obama rectificó haciendo referencia a la necesidad de unas “circunstancias” que nunca especificó, como también se desdijo de su promesa de un Jerusalén unido bajo soberanía israelí, que nadie le había pedido pero que pronunció en su intento de ganar hasta el último voto judío. De la renovación en profundidad del cotarro washingtoniano ya dimos cuenta al inicio de este texto, al comentar los nombramientos realizados.

OBAMA COMO REALIDAD AMERICANA

La llegada de Obama a la Casa Blanca supone un cambio importante en la política norteamericana. Una nueva generación representada por un negro accede a la Presidencia desde una plataforma política situada a la izquierda del espectro político y comprometida con cambios en profundidad. La coincidencia con una gran crisis económica le obligará a replantar muchos de los fundamentos del modelo económico y social norteamericano, con efectos muy importantes en el futuro de esta nación. Sin duda, el tratamiento del sector energético será prioritario, con evidentes consecuencias sobre el American Way of Life. Estados Unidos va a cambiar mucho los próximos años y lo hará desde el convencimiento de que un modelo de crecimiento y de vida ha quedado superado por la realidad, se ha convertido en anacrónico. Con el espíritu del pionero que continúa caracterizando a este país, los norteamericanos se disponen a levantar el campamento para establecerse en un nuevo enclave. En esta ocasión no se trata de movilidad geográfica sino de modelo. Ellos reconocieron la crisis mucho antes de que se produjera el crac financiero, aceptaron que sería de grandes dimensiones y, sobre todo, la afrontaron como una gran oportunidad. Quien “lea” la crisis correctamente, quien adopte las medidas convenientes, quien sepa adaptarse a un nuevo entorno mucho más global estará en condiciones de competir adecuadamente en el siglo XXI. Frente a lo que muchos europeos piensan o sienten, el senador por Illinois no ha luchado por llegar a la Casa Blanca para reconocer el fracaso del modelo americano y pedir perdón por años de hegemonía resolviendo problemas ajenos a cambio de rencor. Su objetivo es liderar un proceso de trasformación que garantice a su país el mantenimiento o la mejora de su situación relativa. La crisis es tiempo de oportunidad y Estados Unidos, con Obama o sin él, no piensa desperdiciarla. La elección del senador por Illinois supone aceptar que la nueva América será más social y menos individualista, más liberal (en el sentido norteamericano del término) y menos liberal (en el sentido clásico del término).

Hay una vuelta a los programas sociales de la Great Society de Lyndon B. Johnson, pero cabe imaginar que con algunas lecciones aprendidas de su fracaso. Aquellos excesos llevaron a la revolución Reagan y a una prolongada hegemonía conservadora, que en el plano intelectual continúa. Para repartir el pastel antes hay que cocinarlo. Cuando la gente considera que tiene garantizada su parte pierde iniciativa, y de aportar pasa con facilidad a ser una carga. Johnson trataba de lograr mayor integración social a cambio de solidaridad forzada y sólo consiguió déficit y guettos de autosegregación. El equipo económico de Obama no responde a la filosofía de Johnson. Hereda un descomunal déficit público junto a una crisis económica mayor. Si quiere gastar tiene que crear riqueza y eso pasa por reanimar lo antes posible la economía y mejorar la capacidad comercial. A diferencia de los dirigentes europeos, es poco probable que Obama se limite a tratar de mantener la casa en pie, a adoptar una actitud conservadora confiando en que remita el temporal. Como todo demócrata sabe, y el presidente Clinton fue un excelente ejemplo de ello, el pleno empleo y el bienestar social pasa por una economía en expansión que no ceja en la conquista de nuevos mercados, el equivalente a las nuevas tierras de antaño. Su programa depende de un ajuste en profundidad del modelo económico y social así como de garantizar o mejorar su cuota de mercado mundial. Si para los republicanos el término hegemonía tiene un fuerte componente militar, para los demócratas la clave es el comercio. Obama no sólo buscará esa hegemonía: es conditio sine qua non para poder afrontar sus propios objetivos políticos, el núcleo de lo que él espera sea finalmente su legado.

La magnitud de la crisis económica y sus consecuencias de todo tipo son la prioridad del futuro presidente. Sin embargo, los graves y urgentes retos que Estados Unidos tiene en su agenda internacional exigirán a Obama más atención y resolución de la que hubiera deseado. No se le ocultan estas dificultades, buena prueba de ello son los nombramientos anunciados sobre su equipo exterior y de defensa, viejos conocidos con mucha experiencia a sus espaldas y planteamientos moderados y pragmáticos. No es el equipo más adecuado para llevar a cabo la nueva diplomacia que dio a entender durante la campaña electoral. Puestos a buscar un precedente quizás el más adecuado sería el de Bush padre. Con este equipo tendrá que hacer frente a la crisis del régimen de no proliferación, al declive europeo, a la exigencia rusa de un área de influencia, a la emergencia de nuevos actores y a la tendencia de los regímenes no democráticos a colaborar entre sí en contra de las democracias. Por muy pragmático que quiera ser tendrá que dar pasos muy significativos en la definición de una nueva política exterior. Obama es cambio, pero no el que los europeos sueñan.

En Estados Unidos son muchos los que creen que la “Doctrina Bush” sobrevivirá a su fundador, a pesar de las duras críticas que sobre ella han recaído desde todos los frentes, internos y externos. Cuando Bush publicó su primer documento de estrategia, analistas que habían formado parte de la Administración Clinton le acusaron de plagio, demandando la autoría. El matrimonio Clinton ha mantenido una posición moderada en su crítica. La continuidad de Gates al frente del Pentágono y la llegada del general Jones al Consejo de Seguridad Nacional no parecen augurar cambios radicales respecto de la política que se venía aplicando. Bush se encontró ante una situación que interpretó como el inicio de una nueva época. Comprendió que el discurso aislacionista con el que había ganado las elecciones no tenía sentido y pasó de criticar a Clinton por jugar a nations building a convertirse en el adalid del regions building. Ordenó a su equipo, caracterizado también por su experiencia y pragmatismo, una revisión en profundidad de los principios de la estrategia nacional, y sus miembros acabaron planteando una propuesta renovadora ajena a sus planteamientos de partida. No era la expresión de sus posiciones de escuela, sino el reconocimiento de que una nueva época requería de nuevos enfoques. Hasta dónde llegue Obama en su revisión es una incógnita que muy probablemente él desconoce en estos momentos. Sus declaraciones primeras daban a entender que nos encontrábamos ante una nueva versión de Jimmy Carter, de nuevo con Brezinski a sus espaldas, pero con mucha mayor disposición a decir en cada momento lo que el público quería escuchar. Las posibilidades de que sus iniciativas en Oriente Medio y en el terreno de la proliferación sólo logren dar más tiempo a los radicales son grandes. Puede fácilmente convertirse en el puntillero del ya seriamente amenazado régimen de no proliferación. Sin embargo, Obama no es un pacifista. Una cosa es criticar una política y otra bien distinta elaborar una estrategia alternativa. No sería de extrañar que la futura estrategia nacional se pareciera a la vigente mucho más de lo que sus defensores quisieran, en especial los europeos.

EUROPA, PRESA DE SUS PREJUICIOS

El Obama mítico sólo existe en la conciencia de una sociedad que voluntariamente da la espalda a la realidad porque no se siente capaz de asumirla. Ese personaje nunca fue real, era sólo la expresión de quien rechaza a Estados Unidos pero o no quiere reconocerlo o no es capaz de asumirlo. En la anterior campaña presidencial, mientras los europeos apoyaban mayoritariamente a John Kerry, sus dirigentes reconocían que deseaban la continuidad de Bush porque el senador por Massachusetts les pediría ayuda para resolver las crisis iraquí y afgana y no estaban dispuestos a concedérsela. Contra Bush se vivía mejor. Transformado en el Maligno de la progresía todo lo que tocaba se convertía en rechazable. Obama, ungido de legitimidad progresista, resulta más difícil de lidiar. Lo anunció ya en su discurso en Berlín. Quiere concentrar las energías militares en el teatro afgano que, en su opinión, es hoy el teatro central. Hay que acabar con los talibanes y eso requiere buscarlos y destruirlos. Aquí no se puede argumentar sobre falta de legalidad o legitimidad. La reconstrucción del país y el trabajo de las ONGs están paralizados por la inseguridad. Todos sabemos que mientras ésta no se garantice no hay nada que hacer y que el tiempo juega a favor de los talibanes. Pero da igual, no es un problema de lógica estratégica sino de falta de voluntad y de ausencia de valores. El Viejo Continente sueña con convertirse en una isla fortificada, ajena a los conflictos bélicos y con sus servicios sociales garantizados. Quiere creer que ha superado la guerra. Obama no espera mucho de Europa. Representa una generación que tiene asumida la decadencia del Viejo Continente y la paulatina descomposición del vínculo trasatlántico. Buscará la colaboración, argumentará en favor de la necesidad de que europeos y norteamericanos continúen trabajando juntos para garantizar la seguridad en todo el mundo, porque si los intereses son comunes también deberían serlo las políticas, desplegará todo su carismático atractivo para, a la postre, poner más difícil a los europeos decir que no. Obama hará más evidentes las contradicciones del discurso europeo, pondrá en evidencia que los argumentos esgrimidos no eran tales, sólo excusas para no hacer, para no asumir la cuota correspondiente de responsabilidad en la defensa del mundo libre.

Europa ha disfrutado con el triunfo de Obama. No fue posible una derrota de Bush, pero sí de sus políticas. La campaña es ya historia y la realidad se impone. No es tiempo de sueños sino de acciones. El espectáculo de la prensa europea alabando los primeros nombramientos de Obama, como prueba de su sentido de Estado, resultaba patético por todo lo que ocultaba. Esos nombramientos mostraban lo que no se quiso ver durante toda la campaña, pero no estaban en condiciones de poner en tela de juicio al ídolo que habían levantado. Sólo en los sectores más a la izquierda se venía denunciando que Obama se mantendría dentro de las mismas líneas de acción que sus predecesores, que lo que pueden ser cambios importantes para un estadounidense no son más que asuntos de estilo para un europeo. Poco a poco la prensa menos radical avanza sus temores y prepara a sus lectores, oyentes o espectadores para la inevitable desilusión. El problema no era Bush. El problema es Europa.

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