L as recientes elecciones presidenciales norteamericanas pasarán a la historia por haber tenido, de hecho, la campaña más larga, casi tres años. Pero no sólo. La movilización ha sido extraordinaria. Grupos que durante años habían vivido de espaldas a los comicios han sentido la necesidad de darse de alta en el censo electoral y emitir su voto. Todo un éxito para el sistema y, sobre todo, para el candidato que logró atraer la mayoría de esos votos nuevos: Barack Obama. Entre sus indudables méritos políticos hay uno que destaca, es capaz de ilusionar a la gente como muy pocos lo han conseguido. Una de las funciones del sistema liberal-parlamentario es forzar un permanente diálogo entre representantes, aspirantes a serlo y representados sobre valores, intereses, estrategias y tácticas. En ese juego, versión del "mercado" en la teoría económica liberal, aparece un elemento clave que humaniza esta relación: la necesidad que tenemos de sentir que nuestras ansias pueden convertirse en realidad. Obama ha estado hablando en público casi todos los días durante más de dos años sin comprometerse a casi nada concreto pero dejando creer a cada cual que había llegado su momento, que ahora sí se harían realidad sus deseos. De ahí la movilización final, de ahí la corriente de energía capaz de desbordar a una candidata sólida y bien arropada como Hillary Clinton, de ahí que en tiempos de crisis se eligiera a un novato desconocido frente a un veterano, experimentado y prestigioso candidato republicano.
Obama invita a soñar, pero no sólo a los norteamericanos. Hoy es un fenómeno global, porque global es el mundo que nos ha tocado vivir y ya resulta imposible que lo que conmociona a Estados Unidos no llegue a través de los modernos medios de comunicación a casi cualquier punto del Planeta. De la misma forma que el senador por Illinois ha sabido dar rienda suelta a las ilusiones de millones de conciudadanos, capitalizando sus deseos de cambio, millones de personas en todas las partes del Globo han creído ver en él la representación de un nuevo y emergente mundo sobre el que cabe depositar esperanzas. En el mercado de la política Obama se presenta como un catalizador de sueños, pero poco más. Lo que tienen en común todos sus votantes es el deseo de cambio, pero no hay acuerdo sobre qué cambio. Si esto resulta evidente entre sus votantes, cuando salimos de las fronteras de Estados Unidos y analizamos los puntos de vista de sus simpatizantes de otras nacionalidades, entonces es cuando reconocemos que nos encontramos ante un fenómeno social de enorme interés.
El cambio ya se ha producido. Obama será el próximo presidente de Estados Unidos a costa de las ambiciones de dos personajes más experimentados, conocidos y prestigiosos: Hillary Clinton y John McCain. Los primeros nombramientos realizados por el presidente-electo no responden en absoluto a las expectativas creadas. Si se comprometió a luchar contra el establishment de Washington, obstáculo del cambio ansiado, los elegidos son destacadas figuras de ese "cotarro", traducción propuesta en su día por Torrente Ballester. Tanto en el área financiera como en la exterior y de seguridad los elegidos son de sobra conocidos, destacan por su alta cualificación, experiencia y por sus posiciones moderadas. No sólo no se ha apoyado en los progresistas que le hicieron la campaña y le auparon contra la senadora Clinton, poco amiga de guiños izquierdistas, sino que ha recurrido a republicanos para áreas especialmente delicadas. ¿Cómo explicar la continuidad del secretario de Defensa después de tan ácidas críticas a la política de Bush? Muchos de sus votantes pueden sentirse traicionados, pero ése no es un problema urgente para Obama. Su prioridad sólo puede ser la salida de la crisis económica en condiciones de ventaja para seguir compitiendo en un mercado global. Si lo logra se habrá ganado la confianza de su pueblo y podrá afrontar nuevos retos desde una base electoral más amplia. Mientras tanto prefiere parapetarse tras un muro de solvencia y pragmatismo.
Todo sueño finaliza en un despertar. Los europeos, como los habitantes del resto del mundo, se han inventado su propio Obama. Sobre él han proyectado sus ansias, sueños y deseos. El resultado resulta inútil para entender a Obama o la política norteamericana, pero es de gran interés para conocer lo que es Europa hoy.
ANTINORTEAMERICANISMO, UNA PASIÓN ÍNTIMA
Los europeos tendrán que enfrentarse a la realidad de un presidente tan americano como cualquiera de sus predecesores. Y aquí reside el problema, que no es menor. El Viejo Continente ha venido desarrollando una actitud claramente antinorteamericana. No estamos haciendo referencia al rechazo de una política o de un dirigente, sino de una forma de ser, sustentada en unos valores y unos intereses. En la izquierda europea esta actitud es muy mayoritaria, pero también es importante entre el mundo conservador. Pocos aceptan ser calificados como antinorteamericanos. Es algo que no viste, cuando ese país genera una atracción tan fuerte sobre los europeos. No sólo la forma de vida europea ha venido cambiando en un sentido cada vez más próximo al de la otra orilla del Atlántico, también la cultura, sus grandes ciudades, su paisaje... son parte de las referencias vitales de muchos europeos sin las cuales no se reconocerían. Estados Unidos está indisolublemente unido a Europa en la conciencia de muchos europeos, aunque esto no sea asumido de forma coherente. Pero el atractivo que genera la gran potencia americana sólo es comparable al rechazo que despiertan algunas de sus facetas más características.
La gran historiadora norteamericana Gertrude Himmerfald ha defendido la tesis de que la gran revolución intelectual que, en el marco de la Ilustración, dio a luz el Liberalismo sólo se ha mantenido en pie en Estados Unidos. Si en el Continente nunca acabó de arraigar como consecuencia de una fuerte cultura política estatista derivada de años de experiencia absolutista, en el Reino Unido, donde nació y más pronto se desarrolló, fue perdiendo peso ante la emergencia y difusión de las ideas socialistas. Este hecho sólo podemos explicarlo si tenemos en cuenta el papel jugado por las corrientes religiosas puritanas en la creación de Estados Unidos. De la misma forma que el liberalismo, aquellos colonos que acabarían dando forma a la primera democracia del mundo moderno y a la gran potencia económica, cultural y militar de nuestros días, actuaron a partir de un conjunto de valores arraigados en la tradición judeo-cristiana: libertad, responsabilidad, solidaridad, esfuerzo, una clara distinción entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto, así como la disposición a hacer uso de la fuerza si las circunstancias lo requieren..., unos valores que, en mayor o menor medida, han ido desapareciendo de Europa, pero que primero fueron europeos. Los europeos se reconocen en Estados Unidos, pero lo que allí ven son comportamientos de los que han renegado. Tras dos guerras mundiales, la Vieja Europa reniega de sí misma y trata de crear un estadio superior de civilización a base de engañarse sistemáticamente.