Nunca como hasta ahora las elecciones presidenciales norteamericanas se habían seguido con tanto interés dentro y fuera de Estados Unidos. Más allá de las implicaciones geopolíticas que a nivel global se derivan de cualquier elección presidencial estadounidense, estas primarias que culminarán con el voto de noviembre de 2008 y con la confirmación de un nuevo presidente en enero de 2009 resultan, a todas luces, extraordinarias. Entre las varias razones que pueden aducirse para ello, una de ellas radica en el turbio tiempo histórico en que Occidente vive sumido. El nuevo siglo veintiuno trajo bajo el brazo el 11-S, episodio que bifurcó un antes y un después en la política exterior norteamericana y que colocó desde entonces el tema del terrorismo y la seguridad nacional e internacional en el centro mismo de las venideras presidenciales norteamericanas. Hoy entendemos ya, como bien supo documentar Martín Alonso en esclarecedor libro, que aquel 11-S puso de manifiesto cuánto había cambiado nuestro mundo mientras Europa y Estados Unidos miraban para otro lado. En esta nueva historia marcada por el terrorismo yihadista, no sólo Estados Unidos, sino también toda Europa y Occidente empiezan a tomar conciencia de la importancia de estas próximas elecciones presidenciales norteamericanas. Otra de las razones para el interés suscitado por estas elecciones radica en que por vez primera, por ejemplo, dos representantes de las llamadas minorías étnicas (Barack H. Obama) o de género (Hillary R. Clinton) podrían ocupar la Casa Blanca en uno de los partidos políticos; en el otro, el ya nominado candidato presidencial (John S. McCain) sería también por vez primera -y de ser elegido- el presidente con mayor edad en la historia de Estados Unidos. Más allá de lo extraordinario de estas circunstancias, otra razón para explicar el interés mundial suscitado por estas elecciones se debe a la ejemplar representatividad que otorga a la ciudadanía el proceso electoral norteamericano. Para el europeo común, el proceso electoral parece complicado y aun complejo pero, bien mirado, muestra cómo el ciudadano se convierte en el verdadero sujeto político y su participación es clave para legitimar un proceso que no se limita sólo a poner el voto presidencial el primer martes de noviembre cada cuatro años. Una mirada al proceso electoral norteamericano prueba que, contrariamente a lo que ocurre en la mayoría de países del mundo -incluidos los que se llaman democráticos-, la democracia norteamericana funciona sobre la base de la representatividad, las listas abiertas y una serie de pruebas que exigen tiempo, esfuerzo y compromiso con la ciudadanía para quienes quieren optar de veras a la presidencia. Afortunadamente, el rápido crecimiento de las nuevas tecnologías y el nacimiento de la blogosfera ha permitido que el interesado se mantenga activo y alerta sobre el día a día que depara el actual proceso electoral norteamericano, sin duda el más interesante y extraordinario de los últimos tiempos. Estas elecciones norteamericanas de 2008 pasarán a la historia por haber tenido un seguimiento tan abierto como participativo, no sólo entre la ciudadanía votante norteamericana, sino bajo el impulso informativo y el interés por conocer cómo funciona el proceso electoral. En estas páginas, que confirman cuanto apuntamos, explicaremos de forma general dicho proceso y valoraremos a las figuras políticas que siguen en campaña y su visión sobre diferentes temas.
EL PROCESO ELECTORAL
En el proceso electoral norteamericano, los comicios internos permiten a los partidos políticos la presentación de sus candidatos con vistas a las presidenciales que se celebran el primer martes del mes de noviembre cada cuatro años. Nelson Polsby y Aaron Wildavsky han ido reeditando y mejorando un buen libro, que es ya hoy un clásico al respecto de las elecciones norteamericanas. El lector interesado encontrará en él puntual noticia del proceso electoral para las presidenciales norteamericanas. Los ciudadanos que quieren participar en el proceso de las primarias deben estar registrados para poder votar en esos procesos estatales y que anteceden siempre a las convenciones nacionales de los dos partidos mayoritarios, el Partido Demócrata y el Partido Republicano. A día de hoy, el Partido Demócrata cuenta con setenta y dos millones de personas registradas y más del cuarenta por ciento del electorado. Su base se compone de una mezcla de clase trabajadora (la mayoría) y de un sector progresista (compuesto por elites intelectuales ligadas a la academia universitaria). Por su parte, el Partido Republicano nació para luchar contra la esclavitud y se forjó fundamentalmente gracias a Abraham Lincoln, su primer presidente. Con cincuenta y cinco millones de ciudadanos registrados y con un tercio del electorado, el Partido Republicano agrupa una alianza de votantes de talante más conservador en materia social, fiscal y de seguridad nacional. El lector español entenderá la cercanía de ese conservadurismo norteamericano con el liberalismo clásico, según prueba también la mayor ligazón existente entre los libertarios norteamericanos y los conservadores, en mucha mayor medida que con el intervencionismo y el Gran Gobierno que propone el Partido Demócrata. Claro está que existen otros partidos minoritarios en Estados Unidos que también optan a las elecciones: el Partido Libertario, el Partido Verde, el Partido Constitucional y el Partido Independiente.
El sistema electoral previo a la elección presidencial de noviembre es un interesante proceso y constituye el primer paso para confirmar la representatividad que encierra la democracia norteamericana. Las primarias son elecciones abiertas organizadas por cada estado y localidad en los lugares donde no se celebran los llamados "caucus", que serían unas primarias cerradas -a modo de asambleas de ciudadanos votantes en varios distritos-. A diferencia de los "caucus" (o "caucuses"), en los que el electorado se reduce a miembros de cada uno de los partidos, las primarias abiertas se llevan a cabo mediante votación directa en todo el estado. Así se determina el número de delegados que tendrá cada uno de los aspirantes por parte de cada estado y de cara a las candidaturas de Demócratas y Republicanos en las mencionadas convenciones nacionales. En estas elecciones de 2008, todos los estados celebrarán primarias abiertas excepto Alaska, Colorado, Hawai, Idaho, Iowa, Kansas, Maine, Minnesota, Nevada, Nuevo México, Dakota del Norte y Wyoming, que operarán vía "caucus". En algunos estados, el ganador se lleva todos los delegados; en otros, se reparten proporcionalmente. En dichas convenciones nacionales que suelen celebrarse ya en el verano, la mayoría de las primarias estatales son vinculantes, o sea que los resultados obligan a todos o a algunos de los delegados a votar por un candidato en concreto durante la convención nacional del partido. Con todo, y en el espíritu abierto y representativo de la democracia norteamericana, esa votación no es vinculante en algunos estados, de manera que los delegados son elegidos para la convención estatal y sólo ahí hacen pública su decisión. En el caso del Partido Demócrata, la convención nacional tendrá lugar en Denver (Colorado) del 25 al 28 de agosto de 2008 ; los Republicanos tendrán su convención en St. Paul (Minnesota), del 1 al 4 de septiembre de este mismo año.