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La cultura pasa por aquí

Cuadernos de Pensamiento Político 17 Cuadernos de Pensamiento Político

Contra la educación en valores (Volver a la enseñanza)

por Javier Orrico
Cuadernos de Pensamiento Político nº 17, Enero / Marzo 2008

Número de páginas: 5
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No estamos renunciando, por tanto, a formar a los jóvenes, ni propugnamos una mera instrucción aséptica -imposible-, carente de principios morales y referentes éticos: lo que creemos es que esa no es una función que deba recaer en el Estado -no más que de modo indirecto, como garante de la legalidad que recoge esos principios- ni en la buena o mala voluntad de unos profesionales sobre los que los modelos doctrinarios del socialismo arrojan una responsabilidad excepcional e injusta. Lo que sostenemos es que los valores son la consecuencia de esa tradición cultural a la que van aparejados y que la obligación del sistema público es mostrar toda su variedad de opciones e interpretaciones, desde la libertad sobre la que se ha construido la civilización occidental, desde la humildad para transmitir que la filosofía y la ciencia, la creación y el arte son la lucha de la razón y la espiritualidad humanas, tanto contra la oscuridad de la ignorancia como contra las soluciones totalitarias de quienes creen estar en posesión de verdades absolutas que buscan imponer a toda costa. En suma, hay que instruir a los jóvenes y acercarlos a los enigmas de la naturaleza humana con Shakespeare, Goethe, Rojas, Fray Luis, Aristóteles, Descartes, Pascal, Montaigne, Einstein, Ortega, Machado o Unamuno, ayudándoles a penetrar en su pensamiento, para que sean ellos quienes los iluminen, quienes les inculquen sus valores, y no, como pretende el modelo socialista, negándoles el saber, esa cultura general sin la que es imposible elegir y elegirse, para sustituirlos por los dogmas supuestamente progresistas de quienes quieren conducir -que eso es, etimológicamente, la educación, en su peor sentido- el corazón y las mentes de los niños y jóvenes. La libertad, la piedad, la justicia, la tolerancia y la generosidad han de aprenderse en Cervantes y no en las prédicas políticamente correctas del profesor de Educación para la Ciudadanía, formado en el socialismo subvencionado de CIVES.
Nos rebelamos, pues, contra la soberbia de quienes pretenden inaugurar el mundo y la educación, negar a otros una tradición milenaria en la que los hombres fueron construyendo paciente y dificultosamente la civilización. Todos los logros, los descubrimientos y avances que nos han traído hasta aquí es lo que estamos obligados a transmitir, porque no somos más que herederos y puentes de algo a lo que cientos de generaciones anteriores dedicaron su vida. Nadie puede tener la seguridad del acierto pleno, pero por eso el límite -y la palanca para apoyarnos y seguir- está también en lo que otros muchos, antes que nosotros, descubrieron, contrastaron, afirmaron. La cultura, en tanto que resultado de errores y rectificaciones, ha de ser nuestra guía. Y nosotros, sus humildes servidores, sus hombres-libro.
Muy al contrario, para los nuevos y falsos pedagogos, la cultura es culpable. Por una parte, y para todos los que reniegan de los principios civilizadores greco-occidentales, porque conlleva valores ‘equivocados' que ellos atribuyen a nuestra tradición: distinción, elitismo, individualismo, supremacía de la libertad sobre cualquier otro principio (pero también igualdad verdadera y democracia, que sólo son posibles en el respeto y protagonismo de la persona). Por otra, porque supone una pesada carga que muchos no pueden llevar. Algo así ha venido a decir Eric Charbonier, uno de los autores del último informe de la OCDE sobre el abandono prematuro, que nos coloca en el lugar vigésimo sexto entre 29 países, y que en vez de apelar a una mejor preparación desde los cimientos, desde el inicio de la Primaria, que dote a los alumnos de conocimientos y virtudes para enfrentarse a las dificultades, que los transforme de escolares en estudiantes otra vez, lo que recomienda es aligerar los contenidos y los requisitos. ¿Más? Es, como hemos dicho otras veces, la aniquilación del proyecto ilustrado, aquel sueño por el que la cultura se llevaría a todos y dejaría de ser, en efecto, una posesión de clase. Así hemos pasado, en esta Europa adormecida y en manos de quienes la niegan, de la utopía de la universalización del saber y el refinamiento, a la extensión imparable y progresista de la ignorancia para todos.
4. VOLVER A LA ENSEÑANZA
Apostemos, pues, frente a la ignorancia envuelta en ‘valores', por recuperar una enseñanza digna de tal nombre. Si instruimos, informamos y transmitimos lo que amamos; si lo hacemos desde la pasión y la honestidad intelectual de quien no aspira a imponer su visión del mundo sobre las almas de unos jóvenes ante los que hemos de volver a representar el saber; si mostramos que la cultura es la mayor y más sólida base para una vida plena, y que en su persecución nos forjamos y nos perfeccionamos; que es en esa tarea en la que adquirimos los verdaderos valores del amor a la verdad, el enaltecimiento del esfuerzo y el mérito, la gratitud hacia quienes se sacrificaron para hacer avanzar a la Humanidad, la admiración por los creadores y artistas, por los pensadores y los científicos, estaremos en verdad formando personas, ayudándoles a descubrir quiénes son, sus inmensas potencialidades, la fe en sí mismos y en que con la voluntad y el trabajo se pueden alcanzar los sueños. Esos sí que serán valores vividos, asumidos como el camino positivo en la vida, sin entrar en las conciencias y sin pretender manipularlas en un sentido partidario, sino habiéndoles fortalecido para que puedan luchar por una vida y un mundo en verdad, ahora sí, mejores.
Y esa mejoría empezará por las propias aulas: si lo que en ellas reina es el trabajo, la justicia en su reconocimiento, el ejemplo, la responsabilidad, la curiosidad, la búsqueda de la sabiduría, no habrá lugar a la envidia, la violencia, la dictadura de los mediocres, el acoso a los que destacan y la impunidad de quienes en lugar de alentar su propia mejora sólo buscan impedir la de los demás. No se trata de montar una asignatura sobre la sonrisa y el diálogo, que eso es la EpC, para que no ejerzas la chulería y el matonismo, tanto en el centro de enseñanza como en la vida posterior; sino de que te caiga todo el peso de la Ley (o del Reglamento de Régimen Interior) si asaltas la libertad de los demás y su integridad moral o física. No se trata de sermonear sobre una moral meliflua y arbitraria, sino de crecer sintiendo que existe una justicia de los hombres y que se aplica a quienes se la saltan por capricho o egoísmo. No se trata de moldear las conciencias, sino de mostrar que todos tenemos que atenernos al marco legal que hemos pactado también todos, la Constitución y los Derechos Humanos como referencia universal. Y que ese marco nos obliga porque también nos defiende, porque tampoco permite a la mayoría imponerse -como sí hacen los gobiernos antidemocráticos-, y sólo a través de los grandes consensos hace legítimos los cambios. Esa es la garantía de libertad que supone la Constitución, y la felonía que implica traicionarla.
El relativismo manipulador no se evita, por tanto, con "combates de valores", doctrina contra doctrina, sino con la información sobre la tradición cultural, moral, constitucional de la que venimos y de la que no se puede hacer tabla rasa. Estudiando Historia de España, Literatura, Ciencias, Filosofía, Cultura Clásica... Adquiriendo rigor con las Matemáticas, la Gramática, la Física y el Latín. Acercándose al misterio y la recreación del mundo con la Poesía y el Arte. Y así, bien informados y cultivados, respetuosos y comprometidos con los límites que a todos nos obligan, que cada cual sea, piense y viva como quiera (y no escribiré, por urbanidad, la frase que realmente me ha venido de lo más ‘jondo'), sin que tenga que aprobar una asignatura en la que le van a juzgar por el número de rayitas "as/os" que pone en sus escritos.
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