1. EDUCACIÓN Y VALORES
Seguramente todo comenzó el día en que la idea de un sistema de enseñanza, de instrucción, de transmisión de una tradición cultural, fue sustituida por la seductora pócima de la educación entendida como el moldeado de almas. Se trataba de la aplicación de las ideas roussonianas, inducida, por un lado, por los pedagogos teóricos con la evidente intención de sustituir a los profesores; y, por el otro, por los partidarios de un sistema a través del cual la ideología de la institución (del Estado, de la Nación, del Partido...) fuera inculcada en los ciudadanos. Lo que abría la -en algunos casos bienintencionada e ingenua- aspiración a la ‘educación' completa era el peligro -confirmadísimo- de hacer posible y hasta presentar como deseable la sustitución de la cultura por la doctrina.
Revertir esta rueda de molino, como tantas otras provenientes de la psicología y la pedagogía que han venido a superponerse a la religión en las sociedades secularizadas, y que han sido acríticamente aceptadas como nuevos dogmas, resulta ya ciertamente difícil. Pero es la única posibilidad y el único camino desde una opción liberal. Y creo que también desde una perspectiva cristiana, no como creencia, que es un asunto personal, sino como concepción del mundo, en la medida en que la libertad del hombre está en la raíz misma del cristianismo. Y de lo que hablamos es de libertad, de impedir la manipulación, el escándalo de inculcar conductas y opciones morales en niños y jóvenes en un sistema público que ha de ser exquisitamente respetuoso con la conciencia individual y la educación sentimental recibida en la familia. Eso es lo que sostiene el Art. 27.3 de la Constitución, que el legislador ha decidido ignorar.
No hablamos, en absoluto, de las familias como propietarias de las vidas de sus miembros, de los "padre padrone" tiránicos de otros tiempos. Las familias tienen la obligación de educar a sus hijos, igual que los centros de enseñanza, dentro de los grandes principios éticos universales, de los que ni unas, las familias, ni otros, las instituciones, deben apartarse. De lo que hablamos es de concepciones ideológicas en discusión en las sociedades democráticas, que por eso lo son, porque discuten, y que es sobre las que sutilmente -y en algún caso, como el de la LOE y la Educación para la Ciudadanía (EpC) de Peces Barba, sin sutileza alguna- se pretende orientar en un determinado sentido, curiosamente coincidente con las políticas de la actual izquierda.
Creo que el gran engaño gira alrededor de ese tópico que es la "educación en valores", consecuencia de unos padres dimisionarios que exigen de los poderes públicos lo que son incapaces de afrontar, y que nadie sabe muy bien en qué consiste. Pero que de consistir en algo habrá de ser en lo que antes de adjetivarla y usarla como arma política entendíamos por educación: respeto a los demás y a uno mismo, al mérito y al saber; impulso de perfección y emulación de los mejores; esperanza y fortaleza, voluntad y sentido del deber. Todo lo que adquiríamos "estudiando", tendiendo a los profesores, suspendiendo, repitiendo, copiando frases, quedándonos sin vacaciones de verano, asumiendo correcciones y castigos (nunca físicos, por supuesto), aprendiendo a distinguir el bien y el mal, fortaleciéndonos en las derrotas, incorporando la idea esencial de que el trabajo nos conduce al éxito y el incumplimiento y la marrullería al fracaso y el rechazo de los demás; es decir, todo lo que nos entrenaba y formaba viviéndolo cada día, creciendo en un medio en el que había justicia y se reconocían el valor y la verdad y se reprendían la pereza y el engaño; el afán por poseer una cultura y prosperar gracias a ella, y las cualidades que había que desarrollar para lograrlo, era lo que producían esos verdaderos valores que acabamos de enumerar.
Hemos de regresar, pues, a la enseñanza como objetivo a través del cual -como su efecto y sólo así- se logrará la formación de verdaderos ciudadanos. Y la enseñanza es poner al alcance de todos la cultura y los conocimientos que les permitan exactamente construirse en libertad, poseedores de un bagaje que dificulte ser manipulados y dirigidos, herederos de la tradición greco-occidental que nos trajo la democracia y los derechos humanos. Y hacerlo desde una vocación de neutralidad, por muy difícil que resulte, sin pretender imponer nuestra visión del mundo, confiando en que la verdad es lo que hace libres a los hombres, y la doctrina lo que los esclaviza, lo que los llena de unos prejuicios cuyo reaccionarismo bebe hoy del corpus de dogmas de bisutería en que consiste la "corrección política", esa plaga por la que la ignorancia se viste de progresismo, construida con el único fin de expulsar del ámbito democrático a quienes se le resisten.
2. LA EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA: EL NUEVO "PARADOGMA"
La "Educación para la ciudadanía" es el ejemplo más palmario de lo que ocurre cuando renunciamos a la enseñanza y la cultura cómo fuentes de transmisión de valores, para sustituirlas por la ideología impartida desde el Estado: que se nos puede colar cualquier cosa, sobre todo lo que interese al Gobierno de turno y propicie su perpetuación. Porque no nos referimos a informar de los principios de un régimen democrático, que han de basarse en un amplísimo consenso y no traspasar nunca el ámbito de lo público (es decir, que no podemos enseñar más que la democracia misma y sus límites, las reglas pactadas por todos), sino que hemos abierto la posibilidad de determinar las conciencias desde el mismo instante en que aceptamos que los valores morales, sentimentales, hasta la jerarquía de las emociones, puedan ser dictados por el sistema.
No por casualidad era la LOGSE un producto socialista que, al acabar con los conocimientos y el mérito para su consecución, destruyó los valores que llevaban con ellos -los verdaderos, repitámoslo, los que no se predican, sino que se practican- con la nada secreta intención de cambiarlos por el igualitarismo que ha conducido a la situación actual: la de que nuestros jóvenes ya no consideran, en efecto, que haya ninguna cultura que alcanzar, ningún trabajo que hacer, ningún logro que reconocer y premiar. Abandonan, contra lo que cree la señora ministra, no porque sea muy difícil, sino porque nunca lo fue, porque en el fondo lo que alentaba en la educación comprensivo-socialista era la idea de que destacar, diferenciarse, es siempre el resultado de una injusticia, de una situación de partida determinada por el origen social, lo que daña y limita, precisamente, a aquellos de origen social humilde que carecen de otros mecanismos de promoción. Abandonan porque se aburren, en unos casos, en medio de un sistema que no les propone ningún reto estimulante; y porque, en otros, al educarlos sin espíritu de superación, sin ponerlos a prueba jamás, sin darles a conocer su propia fuerza, carecen de toda autoestima y respeto por sí mismos, y se derrumban como eternos adolescentes inseguros. ¿Cómo no ver en ello una radical desconfianza en el hombre, en sus valores auténticos, en su capacidad para desbordar sus limitaciones, para rebelarse contra el destino como nos enseñó Grecia? ¿Cómo no percibir detrás la negación del individuo propia de todas las ideologías colectivistas? Se les hace, en fin, crecer en el sentimiento de que no son ellos los autores de su suerte, sino que todo viene dictado desde alguna instancia ajena: el colectivo, el Estado, en los que habrán de esperar. Quien nunca consiguió nada por sí mismo no puede desarrollar más que una disposición de dependencia y subsidio vitales.