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La cultura pasa por aquí
Cuadernos de Pensamiento Político 16 Cuadernos de Pensamiento Político

El sarcasmo de un godo

por José Jiménez Lozano
Cuadernos de Pensamiento Político nº 16, Octubre / Diciembre 2007

Número de páginas: 5
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Lo que ocurre es que las culturas decorativas cansan, y concluyen por ser consideradas inaguantables decorados cotidianos, y verborrea que ha perdido su sentido. Se busca su venta y alquilaje a cualquier precio, y así vemos abaratados y en almoneda nuestro mismo sistema político, modo de vivir, y nuestra propia alma, si por ventura la tuviéramos. Desde luego rifamos o regalamos a quien la quiera, y como algo ya para nosotros sin sentido, la herencia de los padres, y a ellos mismos, y, en realidad, estaríamos ante un verdadero asesinato de ellos. ¿Sin saberlo, como Edipo?.
En referencia al viejo laicismo del siglo XIX y primeras décadas del XX, que parece haber renacido hasta en el ámbito oficial de la U.E. por cierto -como un desecho histórico e ideológico, pero también como síndrome e instrumento de totalitarismo, porque ciertamente se trata de una religión de Estado o conformación cultural a su omnipresencia de poder-, cabría evocar simplemente la lacerante preocupación cultural y política que habría que sentir ante la retirada del judeo-cristianismo en tanto que cultura y presencia pública y entitativa en Occidente, si es que se tiene alguna idea clara de lo que éste significó siempre, en este sentido, y de lo que comportará su ausencia. De hecho, y sin ir más allá, podemos tocar la evidencia de que, desde la Revolución Francesa a la Soviética y sus epígonos de ahora mismo, todos esos pensares y sentires han estado, y están, viviendo de la laicización de las afirmaciones judeo-cristianas, prometiendo incluso la libertad o la liberación, la justicia y la igualdad, o la solidaridad, que saben muy bien que no pueden garantizarse ni realizarse fuera del ámbito de lo ético -religioso. Y que se tornarán puro crimen, si se intentase su funcionamiento, como siempre que la mística se convierte en política, según ya avisó Charles Péguy, y ya se ha demostrado con demasiados horrores, a través de la historia, incluidos, desde luego, los propios crímenes de la cristiandad. Pero también sabemos que no hay política posible sin mística o mítica -digamos en este contexto-, que es decir, sin el tuétano de una cultura que nos explique quiénes somos. Y mítica y política no se inventan, o estaríamos en la idolatría más primitiva, y también sabemos los horrores que produce.
Del viejo laicismo secularizador, heredero de la Ilustración, que entendía que el progreso era algo conseguido a despecho de la religión, dice Michael Burleigh que la suya era "una posición histórica que pasaba por alto que el monoteísmo cristiano había separado a Dios del mundo, y había impulsado así al hombre a hacerlo inteligible, pero también lo que podrían llamarse los orígenes paleoliberales de muchas limitaciones esenciales del poder secular que el mundo moderno había heredado de enfrentamientos muy anteriores entre la Iglesia y el Estado". Y, en el mismo sentido, subraya más explícitamente Jürgen Habermas lo que vengo diciendo: "El universalismo igualitario -del que salieron las ideas de libertad y solidaridad, de autonomía y emancipación, la idea de una moral de la convicción personal, de los derechos del hombre y de la democracia- es una herencia directa de la ética judía de la justicia y de la ética cristiana de la caridad. Esta herencia jamás ha cesado de ser objeto de nuevas apropiaciones críticas y de nuevas interpretaciones, pero sin que su sustancia haya cambiado. Y es que, hasta hoy en día, simplemente no hay alternativa. Incluso frente a los retos presentes de una constelación post-nacional, continuamos alimentándonos de esa sustancia ... Todo lo demás no es más que cháchara post-moderna".
Y no acabaríamos de amontonar recordaciones en este sentido, acudiendo igualmente, pongamos por caso a Burckhardt y a Comte o Toynbee, y a la constelación entera de quienes en el mundo moderno han tratado de repensar la historia, y han apuntado a una constante definitoria de Occidente como impensable sin su gran herencia. Y debemos señalar, desde luego, que todos ellos, con la excepción del marxismo, pero no de sus herejes, como indica esta advertencia, más perentoria aún que todas las otras, del marxista Ernst Bloch: "El cristianismo es altivez y voluntad de no dejarse tratar como ganado"; y quien dice el cristianismo dice también la herencia de Grecia y Roma, y todos los aportes de la propia historia europea. Y el caso es que, si también se rechaza o se entierra esta evidencia, no será ni siquiera pura cháchara lo que quede, ni pura estupidez, sino sencillamente servidumbre. No se necesitan grandes filosofías para comprender que, como ayer y ahora mismo ha ocurrido y ocurre, lo que sucede a Occidente sucederá a todo el mundo, y ya vemos la punta del "iceberg" del nihilismo feliz con que se sustituiría el paso de Europa a la irrelevancia política que apenas si puede ya cubrirse con la retórica y la propaganda. Y quizás tal salto en el vacío, mientras no ocurra nada demasiado traumático, pueda ser un juego para muchos y un cálculo para otros, pero ya se está mostrando como algo muy arriesgado hasta en los datos de la demografía. ¿Es Europa todavía Europa?.
Lo que comprobamos es que Europa -no digamos ya España, que va la primera por ese camino de la alegre disolución- se trae un juego suicida entre manos, y sus democracias bien pueden perecer a manos de algo que viene de ellas mismas: el discurso público convertido en palabrería, habladuría y abstracciones. Las democracias habían relativizado la política, reduciéndola a su sustancia que es el ámbito de los asuntos empíricos, sin sombra de ideología, pero la sombra de ésta y, por lo tanto del totalitarismo, se extiende cada día más sobre las llamadas democracias avanzadas, y la verdad ideológica, incluso en la forma rastrera de la llamada corrección política, que es un envite a los logros de la juridicidad, la libertad y la razón, vuelve a absolutizarlas, y a levantar un universo para-totalitario. Y frente a sus peligros más materiales, en Europa sólo aparece el miedo de quien no quiere defenderse porque no tiene nada que defender, como no sea su nivel de vida, que, a la vez, la hace odiarse a sí misma para distraer su acedía y su cansancio.
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