En el plano cultural, y por lo tanto destiñendo sobre el resto de la realidad, desde el día en que Nietzsche vio al loco gritando en el mercado de la ciudad y en las iglesias, ante los perplejos habitantes de aquélla, que Dios había muerto hacía ya doscientos años, luego ha sido todo una cadena de noticias mortuorias del pasado, aunque también un festival por esto mismo, y por la aurora que se aseguró que amanecería con ello para la humanidad entera. Pero quizás podríamos señalar como síntoma obvio de todo esto, que todavía se tomó más claro en el festival de entreguerras de los ismos artísticos y literarios, pongamos que el día en el que el urinario pintado por el señor Marcel Duchamp recibió la misma honorabilidad, que una virgencita de Filippo Lippi o una estancia de Vermeer. O, más bien mayor, porque sobre este viejo arte, corrompido y obsceno, como gustaban decir los surrealistas y otros istas, se alzaba el nuevo; y cuanto más prusiano y bolchevique, mejor, añadía el grito de guerra de los sepultureros de aquel viejo arte, literatura, y pensamiento. Y del hombre.
Y, en adelante, todo será ya minucia, y divertimento, proclamas y retóricas, y horror no significativo; y, como descubre Sir Winston Churchill en un almuerzo con el Presidente Roosevelt y el Mariscal Stalin, el divertimento consiste en llegar a un acuerdo festivo sobre cuántos miles de oficiales alemanes hay que fusilar. Sir Winston protesta en nombre del honor del vencedor, y el Mariscal y el hijo del Presidente se ríen, y entonces Sir Winston abandona la sala, y se pone a pasear caviloso en su entorno hasta que siente que le ponen una mano sobre el hombro y se encuentra a Stalin, que, riéndose, le dice que se tranquilice, que sólo se trata de una broma.
Pero para Churchill se trató de una revelación, ciertamente; la comprobación de que el mundo de sus valores, que de algún modo subsistían en política e incluso en la guerra desde la profecía de Maquiavelo, sólo producía hilaridad. Porque ya era la no significatividad de todo, la aparición de una nueva estancia de la mente, y del último signo del vivir que hasta entonces significaba "civiltà". La cortesía y la bondad comenzaron a ser síndromes de gentes enemigas del pueblo, y, desde luego, la brutalidad, magnificada o tolerada con una sonrisa, y el amor gratuito puesto a irrisión o explicado por las ciencias sociales de la bajeza mental y moral, la plena explicación de lo mejor por lo peor, pero únicas ciencias de recibo y honorables. Y, así, todo quedó el hombre mismo -tan aligerado y convertido en puro útil, que Walter Benjamin comenzó a quejarse de que ya no había nada que contar-; y quienes narran "ya no crean un mundo verdaderamente humano, sino que sólo analizan embrollos intelectuales, reacciones psíquicas y circunstancias sociales", dice Löwith, pero porque los hombres no importan sencillamente, y el hombre de "cultura media" -el horror de los horrores, mantenido por las educaciones estatales-, cuya proliferación enfurecía a Goethe como la gran desgracia, no tolera que se cuenten historias, ni ninguna otra cosa. Y él es quien decide en la política y en todos los demás planos de cosas, y quien obedece encantado a esas decisiones.
Cada día oímos el ritornello de la pérdida y ausencia de valores, como si se tratase del problema de un ama de casa que, de repente, no es capaz de recordar dónde ha puesto su llavero y teme que quizás lo ha perdido. Y hasta hay quienes piensan que hay que ir a la búsqueda de esos valores y retomarlos, que sería como poner cerraduras nuevas, pero para aquellas llaves viejas. Porque ¿acaso los famosos valores que se echan de menos no son precisamente los que se disolvieron con tanto gozo en la fiesta de la modernidad, y en sus invocaciones a los prusianos y a los bolcheviques? La fiesta ha sido un éxito, y prusianos y bolcheviques acudieron a la invocación y a la cita, y la Gran Ecuación ha sido realizada: ni mal ni bien, ni víctima ni verdugo, ni justo ni injusto, ni fealdad ni hermosura, ni ignorancia ni saber, ni verdad ni mentira, ni virtud ni vicio o crimen; todo es lo mismo y pura circunstancia, y el crimen, simple iniciativa de la subjetividad regida por las mismas fuerzas que llevaron a Beethoven a crear su obra, y sólo descaminada circunstancialmente, en el caso del criminal, por la perversidad social; de manera que sería injusto y perverso su castigo. Los famosos valores que se dicen echar de menos, que nos permitían distinguir la mano derecha de la izquierda, y nos impedían ser un vile pecus, un vil ganado, eran la herencia de los padres que todos hemos rechazado y seguimos rechazando, y hemos puesto, y seguimos poniendo, a irrisión pública. O inscribiéndolo en la dogmática de lo "no políticamente correcto" y hasta en las leyes penales, y desde luego en nuestra "cultura media". Se diría que no se sabe lo que se está haciendo en esta Europa. ¿Mimetizando, consciente o inconscientemente, la situación de la caída de Roma?
Podríamos, desde luego, trazar un paralelo en varios sentidos, y podríamos mentar, por ejemplo, el fenómeno inmigratorio, el fenómeno de la fascinación por el enemigo, y el de "la cultura media" a la que he aludido, que es la cultura como juego y espectáculo. Pero, en relación con el primero de estos asuntos, debemos decir con el gran romanista Gaston Boissier, que ya hacía tiempo que Roma no era Roma, sino que era una "mezcolanza de libertos y extranjeros ... , [y] lo que aún seguía llamándose por costumbre el pueblo romano, [era un] pueblo miserable, que vivía de las liberalidades de los particulares o de las limosnas del Estado, que no tenía ya ni recuerdos, ni tradiciones, ni espíritu político, ni carácter nacional, ni tampoco moralidad ... El poder absoluto que habían llamado con sus votos, que acogieron con sus aplausos, estaba hecho para ellos". Pero, desde luego, ni siquiera era este pueblo cuasi-romano el que sentía fascinación por los bárbaros que presionaban en las fronteras y cada vez más cerca, sino las clases ociosas de diletantes y hartos de su propia prosperidad, que vivían en las grandes villas o eran huéspedes del banquete de Trimalción y buscaban excitantes del vivir, tenían poder político y económico, y desempeñaban sus responsabilidades como el deporte de los combates de carros en el circo. Y el rey godo Teodorico mostraba que los conocía muy bien cuando afirmaba que los romanos necios querían ser bárbaros, pero los bárbaros inteligentes querían ser romanos. Y ¿acaso no escuchamos hoy ingeniosidades semejantes a esas preferencias de las que se burlaba un rey bárbaro?.