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La cultura pasa por aquí
Cuadernos de Pensamiento Político 16 Cuadernos de Pensamiento Político

El sarcasmo de un godo

por José Jiménez Lozano
Cuadernos de Pensamiento Político nº 16, Octubre / Diciembre 2007

Número de páginas: 5
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Y, sin embargo, la razón de esto era tan sencilla como que al frailecillo se le ocurría esa advertencia porque era cristiano, y si ciertamente Aristóteles le había enseñado a pensar, era la Biblia la que le había descubierto esa humanidad en los indios, y por eso quería que como tales fueran tratados, y fueran beneficiarios por lo tanto de las instituciones de la romanidad. Y, por el contrario, aquellas grandes mentes, de las que hablaba, ya tenían a esa Biblia por una leyenda. Ya vivían en el tiempo nuevo de Europa, abierto con la Revolución Francesa, que comenzó disparando a los relojes públicos para anunciarlo, y concluyó por convertir todo el valor humano, que es decir la condición de persona, que era una condición ontológica y sagrada de cada individuo de la especie, en mera condición republicana y ciudadana, mera denominación convenida al fin y al cabo. Y, más tarde aún, llegaría el otro rebajamiento del darwinismo filosófico, o conversión de esa persona humana y de la condición ciudadana como sujeto de derechos en mera individuación física dentro de la clase de primates superiores.
De manera que todo el universo cultural europeo, y el del mundo entero, resultaba no sólo irrelevante, sino un amasijo de ridículas supersticiones, o "leyenda antropológica", como se definía ahora la cultura entera, y quedaba mudo y sin significatividad alguna; y reducidos quedaron los asuntos de la comunidad humana a una cuestión práctica de selección, alimentación, sanidad, reproducción y control de mortandad o sacrificio anestesiado, propios de una granja productiva y rentable. Y así Occidente, que desciende de Atenas, Jerusalén y Roma, aquí viene a parar. Y, si lo deseamos, podemos contemplar las estaciones intermedias, desde la filosofía a la ciencia, pasando por el arte y la literatura. Pero seguramente es suficiente que conversemos un instante con cualquiera de las gentes retratadas por Memling hace quinientos años, todas ellas un individuo inefable y diferente que nos dice muchas cosas, y luego tratemos de aproximarnos a cualquiera también de las otras gentes igualmente retratadas pero hace solamente unas décadas, y a las que ya no podemos ni reconocer como humanas, porque son "caras verdes, cuerpos de madera", que dice el crítico de arte Enrique Andrés. Porque "aquella encarnación, con su inefabilidad y todo, fue olvidada y toda carne tomada como un cuerpo objetivo, o sea, una cosa echada en el espacio y disponible al uso de la voluntad libérrima. Sólo objetos plásticos moldeables a voluntad, dijeron los artistas encontrar donde antes hubo sangre, alma y huesos".
Pero el caso es que ya estamos en esta "Estación Término" y final de trayecto de hombre e historia, incluso en la práctica más realista de los campos de muerte de los dos grandes totalitarismos, que imitaron aquellos juegos plásticos no en pintura, sino en deconstrucción de carne y sangre verdaderas. Y no sólo fueron éstas prácticas de ellos, sino también de las democracias vencedoras que también alzaron campos similares, y por ellos subió el contagio hasta los laboratorios científicos de estas democracias otrora esperanzadores sistemas de convivencia y de realización humana, y ahora en muy grave peligro, me parece. Europa es su ámbito pero ya no se reconocen. O reniegan de ser sí mismas, no sólo de su origen. Podríamos decir que Europa perdía incluso la conciencia cultural que era específicamente la herencia romana, o "vía romana" como la ha llamado Rémi Brague. Es decir, que "ser romano es tener, aguas arriba de sí, un clasicismo que imitar y, aguas abajo, una barbarie que someter"; y con la pérdida de esta conciencia ya se entraba en la disolución general de toda diferencia y en la irrelevancia de todo, que la modernidad conlleva. Aunque no será porque esta estancia de la ceguera y del reniego, o, más bien, de la disolución, como digo, y del nihilismo total y satisfecho, no estuviera avisada.
El listado que pudiéramos hacer de estos advertidores sería demasiado largo, y sus advertencias fueron tan claras y minuciosas que nos parece que no podrían haber dejado de ser atendidas; pero estamos en tiempo de hermenéutica en el que la realidad no es lo que es, sino lo que decimos que es, y tenemos un estúpido vocabulario y una gramática infecta para nombrarla, y no ya la gramática de Orwell que estuviera recién inventada, porque Tucídides ya prevenía contra ella como encubridora del desastre y del crimen. Porque es, ciertamente, desde tiempo muy lejano desde el que se nos viene advirtiendo; y podríamos citar "ad exemplum" desde las cortantes fórmulas del Maquiavelo que asiste a la ruptura total entre ética y política, y cree que no podrá haber en adelante en el Estado sino simulacros de la vieja justicia romana, hasta el Baudelaire que retaba "a todo hombre pensante a que me muestre qué queda de vida", aunque, "la ruina generalizada no se mostrará únicamente o de manera especial por las instituciones políticas o por el progreso generalizado o como se llame. Se mostrará en la bajeza de los corazones"; y, descorazonado y sarcástico, Flaubert definirá la evolución de Occidente en tres etapas muy netas: "Paganismo, cristianismo, e idiotismo".
Pero resumiré, en cualquier caso, el asunto de manera más académica aunque no menos afilada, citando, como lo hace Karl Lowith en su discusión de la trágica crisis occidental de que hablamos, el Anuario para el movimiento intelectual que se publica en los círculos de Stephan George, en 1912, bastante antes de la otra estancia de irrisión y liquidación de la cultura del tiempo de entreguerras, que fue tan exitosa y concluyó por ser "la ley y los profetas" de la modernidad de hoy: la transgresión y el espectáculo de la taberna, en la novela de Roth.
"Ni siquiera una vista ya nublada -se dice allí- puede ignorar la tristeza general que se extiende, a pesar de todas las mejoras, comodidades y diversiones, y que sugiere la comparación con el imperio romano tardío. Desde el emperador hasta el último trabajador, todo el mundo sabe, y lo admite, que esto así no puede seguir, al menos en cuanto a los ámbitos que no le afectan directamente. Sólo la preocupación del individuo por su cargo y sus bienes sostiene este entramado. Nadie cree ya seriamente en los fundamentos de la actual situación del mundo. Las intuiciones y premoniciones pesimistas son el sentimiento más auténtico de la época: comparadas con ellas, todas las esperanzas de construir algo sobre la nada parecen desesperadas".
Al año siguiente de la publicación de estas comprobaciones, el Viernes Santo de 1913, un tío abuelo, por cierto, de Jean-Paul Sartre abandona Europa para irse a África. Se llama Albert Schweitzer, y estaba "familiarizado con el miedo, el odio y la falta de fe disfrazada de religiosidad -ya sin disfraz - que impregnan el continente". Pero quizás ya sólo hay miedo o está la fascinación del fin, y de un final trágico en una versión que se presiente divertida.
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