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Cuadernos de Pensamiento Político 16 Cuadernos de Pensamiento Político

El sarcasmo de un godo

por José Jiménez Lozano
Cuadernos de Pensamiento Político nº 16, Octubre / Diciembre 2007

Número de páginas: 5
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Hay en una página de la novela de Joseph Roth, El busto del emperador , una lacerante escena en la que una especie de banquero, beneficiario de la caída del Imperio Austriaco hasta el punto de que ha comprado las joyas de la familia imperial, representa con sus amigos, igualmente eufóricos de que ya no quede en aquel mundo otra cosa que el dinero, y convertidos en bufones para celebrarlo, una farsa de subasta de la corona del emperador que lleva en su cabeza mientras baila, en un cabaret suizo. Y entonces el protagonista de la historia, un decidido partidario y convencido de la gran construcción política que era el Imperio, y que comprueba que, efectivamente, se ha venido abajo, y que se han convertido en crimen y vergüenza el nombre y la figura del emperador, al que había hospedado en su propia casa, comprende que la armonía del viejo mundo ha acabado y que la barbarie se ha presentado en forma de nacionalismos. Pero decide vivir como en sueños, vistiendo su viejo uniforme militar y saludando al busto del emperador, que instala en su jardín a la puerta de su casa, hasta que recibe la orden del gobierno, ahora polaco, de quitar de allí aquel busto. Y decide, entonces, juntamente con todo el pueblo, enterrarlo con unos solemnes funerales. Sabe perfectamente que las civilizaciones y culturas, que son construcciones humanas, también mueren, y sólo trata de que en este caso acaben con dignidad, al menos.
Y todavía podríamos poner los ojos sobre otra escena de otra novela, El puente sobre el Drina de Ivo Andric, en la que se averigua que en el puente precisamente, centro de la ciudad y de la vida de los hombres y mujeres cuya historia se narra, se ha instalado un cordón de dinamita que permita volarlo si es necesario, de manera que ya la historia no será la misma nunca más, puesto que se cuenta con la voladura del puente. Se pasa a otro tiempo, y a otra historia; y ambas escenas me parece que en gran medida evocan la situación de Europa en este momento, y esto en medio de la melancolía, las aprensiones y los temores de algunos y la alegría de lo nuevo para los muchos, pero lo cierto es que no sabemos si va a haber más tiempo, y si va a haber más Europa, o más algo. Y de tal manera angustia esto a los emperadores del mundo nuevo, que está prohibido tener tales pensamientos. Pero será preciso antes que nada decir qué es lo que entendemos cuando decimos Europa, o decimos Occidente, y queremos decir "el mundo entero", en resumidas cuentas.
Los cafés -escribía George Steiner en vísperas de las elecciones europeas de 2005 para refrendar la nueva Constitución europea- son un rasgo característico de Europa. Van del establecimiento preferido de Pessoa, en Lisboa, a los cafés de Odessa donde todavía se siente la presencia de los gángsters de Isaac Babel. Se extienden desde los cafés de Copenhague, ante los cuales pasaba Kierkegaard durante sus paseos meditabundos, a los mostradores de Palermo. No hay cafés antiguos o característicos en Moscú, que es ya un suburbio asiático. Hay muy pocos en Inglaterra, luego de una moda efímera en el siglo XVIII. No hay ninguno en América del Norte, con excepción de esa sucursal francesa que es Nueva Orleáns. Si uno dibuja el mapa de los cafés obtendrá una de las referencias esenciales de la "noción de Europa".
Y ciertamente que es así, pero en África, en la América Hispana, Asia u Oceanía está por lo menos la cafetería de los aeropuertos, y allí están el Occidente y la vieja Europa, algún aroma del fondo del vaso del racionalismo, o de la conversación civilizada y libre europea, hay allí.
Y no hay en esta última afirmación ni rastro de esa especie de orgullo eurocentrista, que naturalmente se ha dado de manera abundante, sino una realidad, una cuestión de "autoridades de naturaleza" que decía Pascal; realidades objetivas que nos obligan a ser reconocidas por su propia presencia y signos externos, mientras las autoridades convenidas o construidas, con que se trataría de sustituirlas, son negación de realidad y mero nominalismo y accidentalidad de acuerdos, o imposiciones. Y no se necesita ningún acuerdo, desde luego, para comprobar que la manera de ver el mundo, el modo de estar instalados en él y de actuar en él occidentales han sido prevalentes por doquier, y en todos los planos de cosas, incluida la desgracia de la guerra. Porque cada vez que Occidente ha tenido que defenderse de sus enemigos, y casi siempre en situaciones de inferioridad material, ha ganado incluso en virtud de un manejo de la fuerza bruta muy superior al de sus enemigos, gracias a un dato de su conciencia: el convencimiento absoluto de que sus modos de entender el mundo, de vivir en él, y de su misma organización política, merecen ser defendidos para las generaciones futuras más que la vida misma. Y esto desde Salamina y Poitiers, pasando por Tenochtitlán y Lepanto, hasta Midway y Tet. Los europeos habían integrado en la razón instrumental el uso mismo de la brutalidad en la guerra, y se hallaban frente a sus enemigos en la situación que Heródoto explicaba a los bárbaros, al decirles que ellos, los bárbaros, no comprendían por qué los griegos enterraban a sus muertos, pero los griegos sí sabían por qué lo hacían, y también por qué los bárbaros se los comían. Y, por ese mismo manejo superior hasta de la brutalidad, las guerras entre europeos han sido también las más bárbaras de todas.
Obviamente entonces, y por esta razón misma, Occidente ha estado siempre necesitado del recuerdo de la "hybris" griega para que no se crea inmortal como los dioses, y necesitado está igualmente de esas reflexiones y contraste que Pascal ha dedicado a la condición de los grandes de este mundo para que no tomen su condición de grandeza como natural, sino como establecida por los mil accidentes de la historia, como la propia condición de los reyes, decía él, se debe no a singularidad de la naturaleza, sino a los mil azares de la historia común humana, que también puede jugar en sentido contrario y atraer la ruina. Y lo que hay que decir es que Occidente mismo ha segregado este antídoto en su propia cultura contra su soberbia, y la depredación que ella ha producido a veces, y contra el peligro de su sentido umbilical o de centro del universo mundo.
Muy tempranamente fue avisado, pero pasaron tantas cosas en Europa que, ya es notable que, mientras un frailecillo español, hoy convertido desgraciadamente en martillo y escoba de ideología, como fray Bartolomé de las Casas, advertía al César Carlos, Señor de Europa y de los nuevos territorios de las Indias Occidentales, que sus nativos, recién descubiertos, eran hombres, trescientos y cuatrocientos años después, Marx, Freud, Nietzsche, y la constelación entera de las grandes mentes europeas que meditaron sobre la historia y su destino o sobre la naturaleza humana, ni se percataron de que había más hombres en el mundo que los europeos, y más historias, pensares y sentires de hombre que los que ellos manejaron para construir su pensamiento y sus resoluciones universales.
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