3. Sin perjuicio de las oportunas medidas de reinserción social, nos oponemos firmemente a cualquier clase de negociación política con ETA. Cualquier proyecto político debe validarse mediante el sufragio de los ciudadanos y debatirse en el Parlamento, institución esencial de nuestra democracia y lugar privilegiado para el diálogo político, pues en él únicamente existen dos fuerzas persuasivas y decisorias: los argumentos y los votos. Exigimos por ello de los partidos y representantes políticos que no consientan ni insinúen especie alguna de transacción o formalización de acuerdos sobre las exigencias políticas de ETA, pues una cesión al chantaje de las armas significaría la quiebra de la legitimidad democrática.
Si el Foro Ermua nacía para impedir que se borraran las huellas de la reacción social que había sucedido en Euskadi al asesinato de Miguel Ángel Blanco, también nacía para que no se olvidara que esa revolución democrática representaba la reafirmación del Estado frente al terrorismo y "dotar de ideología a Ermua". Traducir y transformar en discurso político aquel "espíritu" fue el objetivo del Foro que lleva el nombre de esa localidad, como lo indicaban los dos últimos puntos de su manifiesto:
5. Por las mismas razones rechazamos toda estrategia procedente de cualquier instancia mediadora, política, sindical o eclesiástica, dirigida a borrar las huellas de la movilización democrática iniciada en Ermua y a difuminar o tergiversar su inequívoco mensaje: acabar de una vez en el País Vasco con la ambigüedad en este terreno, poniendo definitivamente término a toda forma de colaboracionismo entre demócratas y fascistas.
6. Hacemos por todo ello un llamamiento a la sociedad vasca para que se comprometa en la defensa de la democracia y del libre ejercicio de la palabra. Para que exija permanentemente de las instituciones democráticas el amparo de sus derechos y libertades. Para que se movilice y actúe en defensa de estos valores en todos los ámbitos de la vida ciudadana, siempre de manera cívica, pero con la resolución y firmeza necesarias. Sólo así alcanzaremos la paz sin sacrificarle nuestra libertad.
CÓMO SURGIÓ EL MOVIMIENTO CÍVICO
Identificar el nacimiento del Movimiento Cívico con el del Foro Ermua no es gratuito sino una necesidad que responde a la propia cronología de los hechos, y para hablar de éstos no me queda otro reme dio que tirar de mi memoria personal, que me lleva a diciembre de 1997 y a un acto de presentación de la revista Cuadernos de Alzate en la Sociedad Bilbaína, durante el que se me acercaron tres profesores de la Universidad del País Vasco -José María Portillo, Juan Olavarría y Javier Fernández Sebastián- para hablarme de un manifiesto que estaban redactando y cuya primera versión acababan de presentar aquella misma tarde en la cercana cafetería Oliver a otro grupo de profesores de San Sebastián. Nos conocíamos sólo de habernos leído en la prensa y me pasaron aquel texto que aún no estaba cerrado para que aportara algún punto que me pareciera importante. Aquella misma noche lo examiné y tuvimos al día siguiente una comida en la que me acabaron de explicar que la idea del documento provenía de una reunión que había convocado Jon Juaristi unos meses atrás, convencido de que Ermua suponía un paso decisivo de la sociedad vasca que no se podía dejar caer en el olvido. A esa reunión -según se me explicó- habían acudido otros profesores que, como era el caso de Mari Cruz Mina, se habían retirado después por temor a las represalias o por otras razones personales. Luego Juaristi se había ido del País Vasco por cuestiones académicas, pero ellos habían recogido el testigo de aquel manifiesto y lo habían seguido trabajando hasta tener aquella primera redacción. Recuerdo que mis aportaciones fueron los puntos cuatro y cinco, o sea, los que marcaban la división del movimiento pacifista con respecto al movimiento cívico y de los demócratas con respecto a los fascistas respectivamente.
En otra comida posterior, en el mismo restaurante de Bilbao, que tuve con estos tres profesores al cabo de unos días y tras un viaje a Barcelona en el que entré en contacto con el ya creado Foro Babel, les propuse que el manifiesto rompiera definitivamente el ámbito de la Universidad y llegara a las trescientas firmas de los sectores más amplios de la sociedad civil, así como el propio nombre del Foro Ermua, claramente inspirado en el catalán que acaba de conocer. Se trataba de acertar por una vez periodísticamente y de que la iniciativa no se quedara en un manifiesto elitista. Por esa razón el nombre era muy importante. Debía tener la suficiente brevedad y entidad como para que siguiera flotando como un corcho en los medios de comunicación una vez lanzado el manifiesto. El despegue no pudo ser más efectivo. A los pocos días y unas semanas antes de que hiciéramos la presentación oficial, alguien de la Facultad de Periodismo que rondaba los despachos de esos tres docentes del Departamento de Historia se encargó de filtrarlo, y el diario El Mundo habló del Foro Ermua como si hubiera existido siempre.
Se ha dicho en serio y en broma que el Foro Ermua lo constituían un grupo de intelectuales o de profesores de la Universidad del País Vasco. Alguien en su día llegó a hacer en público la más espinosa de las preguntas -"¿Hubo alguna vez trescientos intelectuales en el País Vasco?"- que parafraseaba al famoso título -"¿Hubo alguna vez once mil vírgenes?"- de Jardiel Poncela. La realidad es que el Foro surgió precisamente del encuentro buscado y de la fusión enriquecedora de la Universidad con la sociedad civil. Si la iniciativa se hubiera quedado en la Universidad jamás habría llegado a ser el Foro Ermua ni a llamarse siquiera de ese modo. Se habría quedado en un simple manifiesto de un reducido grupo de profesores como tantas otras tentativas anteriores. En esa variedad estaba su fuerza y su debilidad también. Las gentes cercanas al mundo periodístico -como he explicado- tuvieron un papel decisivo en la rápida manera en que la idea cuajó en los medios de comunicación y muchas de las primeras discusiones fueron precisamente entre este sector y el académico por temas que eran más mediáticos que políticos y por el empeño de algunos de estos últimos de llevar a la prensa un discurso teórico y pedagógico que era ciertamente necesario pero que, presentado en bruto, no tenía cabida en los diarios, televisiones y emisoras de radio.